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Álbum. Letras y Artes 97 Álbum. Letras y Artes

El Café de la Paix

por Joaquín Lledó
Álbum. Letras y Artes nº 97, Verano 2009

Número de páginas: 2
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                         EL CAFÉ DE LA PAIX

 

 

Una tarde, sentado en el Café de la Paix, observaba la miseria y el esplendor de la vida parisina, asombrándome, con mi vermouth en la mano, de la imagen de orgullo y desamparo que se mostraba ante mí.

                                                   Oscar Wilde

 

 

Sentarse en uno de los sillones de mimbre de su famosa terraza y con una copa en la mano, como dice que hacía Oscar Wilde, dejar pasar París ante nuestros ojos. Contemplando los bulliciosos bulevares o, llegada la noche, observando al público que se dirige hacia la Ópera. Gozando del constante y variado espectáculo, pero también, a veces, dejándonos llevar por las ensoñaciones, por los recuerdos, pues muchas son las anécdotas que acuden a nuestra imaginación aquí, en el Café de la Paix del Grand Hotel. Si entornamos los ojos incluso nos parecería estar viendo, allí, en aquella mesa del fondo tal como era su costumbre, al mismísimo Proust. Tal como lo describe Léon Daudet, bebiendo oporto a sorbitos mientras pela una pera con gestos lentos, con “la piel mate, el cabello color ala de cuervo y una mirada de cervato”.

El Café de la Paix. Por supuesto, un café que han estado frecuentando desde hace más de un siglo y medio famosos escritores y artistas. Desde la Belle Epoque a nuestros días. Pero el Gran Hotel y el Café de la Paix no son sólo eso. No sólo. Porque de alguna manera son las ciudades que habitamos y la manera de vivir en ellas, es decir, el mundo que conocemos, lo que comenzó en este lugar. Aquí, en el mismísimo corazón de esa reforma del barón Haussmann que transformó París e inauguró una nueva era del urbanismo. Una reforma que dio nacimiento en París a los bulevares, a la Ópera y, por supuesto, al Grand Hotel. Pero una reforma que no se limitó a París, sino que también sería imitada en otros lugares de Europa, inspirando las transformaciones urbanísticas de Budapest, Barcelona o las de otras muchas ciudades y transformando radicalmente el mundo.

En el proyecto que, en 1852, nada más instaurar su Imperio, Napoleón III había encargado al barón George Eugène Haussmann, participaron activamente todos aquellos que estaban implicados en la revolución industrial, muy especialmente el grupo de los sansimonianos, muy presentes entre los ingenieros, los arquitectos y los financieros implicados en el ferrocarril y en todas las importantes obras públicas que en este periodo se llevaron a cabo. Pese a ello el proyecto de Haussmann también despertó muchas críticas y creó muchos descontentos, pues fueron muy numerosos –más de 350.000- los parisinos de origen modesto que fueron desarraigados de sus hogares y trasladados a barrios de los alrededores. Borrando de un golpe los callejones oscuros y sucios –pero también cargados de vida e historia- del París medieval, más de 20.000 casas fueron destruidas. En su lugar se edificaron 40.000 nuevas, que vinieron a habitar los miembros de una clase que iba a hacer historia: la burguesía. Se trazaron 845 kilómetros de nuevas avenidas y calles, todas ellas pavimentadas, con alcantarillado e iluminadas con faroles de gas, y todas ellas flanqueadas por casas de una misma altura que armonizaban sus fachadas.

Es en el centro de este nuevo y elegante barrio donde el arquitecto Charles Garnier construyó, entre julio de 1862 y enero de 1875, su fabuloso Teatro de la Ópera. Y a su lado, en un solar triangular de 8.000 metros cuadrados, es donde se edifica el Grand Hotel con el objetivo de ofrecer un alojamiento de lujo a los ilustres visitantes que debían acudir a la Exposición Universal proyectada para 1867. Financiada la obra por los hermanos Pereire, unos banqueros sefarditas que eran fervientes sansimonianos, todo se cuidó con mucho esmero. Se trajeron piedras de las canteras de Chantilly, situadas a más de 60 kilómetros. Y se eligió como arquitecto a Armand Alfred, que había construido en París las estaciones de Saint-Lazare y Saint-Germain-en-Laye y algunas otras en las regiones del Norte, pero, sobre todo, que era quien había edificado el Hotel del Louvre, considerado entonces el más bello de la ciudad. Aunque por poco tiempo, porque éste era ahora un puesto al que aspiraba el Grand Hotel, con sus 800 habitaciones y sus 65 salones decorados por prestigiosos escultores, pintores y decoradores.

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