Reproducida innumerables veces en libros de historia y manuales escolares, podría decirse que la imagen que hemos conservado de la bella Joséphine de Beauharnais es la creada por Prud'hon. Cubierta por un vestido blanco sembrado de oro y un chále rojo de cachemire, su cabellera está ceñida por dos diademas y una piedra brilla en medio de su frente. Delante de ella aparecen algunas de las flores predilectas de esta aficionada a la botánica (reproducidas por cierto en el famoso álbum de Redouté, una de ellas recibió incluso el nombre Josephinia Imperatricis).
Cuando el 16 de febrero de 1823 la muerte viene a llevarse al artista le halla trabajando toda vía en dos grandes obras. La primera de ellas, ya acabada, aunque aún no entregada, es ese sombrío e impresionante Cristo que le había encargado la Catedral de Estrasburgo, pero que, finalmente, adquirirá el Museo del Louvre para honrar así la memoria de Proud'hon. La otra, aunque muy avanzada, inacabada, era, contrastando con la primera, una luminosa alegoría representando una mujer desnuda con alas que emprende el vuelo en un rocoso acantilado al que golpean las olas de un mar enfurecido y en el que repta, maligna y fascinante, la serpiente de la envidia. Titulada El alma rompiendo los lazos que la mantenían atada a la tierra esta obra es el último poema de Proud'hon.