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Álbum. Letras-Artes 80 Álbum. Letras-Artes

Art Decó. Una mirada elegante / Pierre-Paul Prud' Hon

por C. de Sobregrau / Joaquín Lledó
Álbum. Letras-Artes nº 80, primavera 2005

Número de páginas: 3
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Art Decó. Una mirada elegante
A bientót! -despide cordialmente el por­tero del Atlantic-. Ça va bien? -saluda amigable el barman del Excelsior. Jugueteando por el aire, las canciones Maurice Chevalier-: París je t'aime, je t´aime! Paris je t'aime d'amour! -Envueltas en oropeles y plumas, nos aguardan las voluptuosidades del Music-Hall. Josephine Baker, fulgurante diosa del Folies Bergéres, derrama su erotismo ante nues­tros ojos-. ¿Qué tomará esta noche el señor? -La coctelera guiña sus ojos plateados desde el fondo de la barra-. ¡Savoy Tango, s'il vous plait!-. Y ante los inéditos y sofisticados sabores -¡Aviation, Cablegram, Upstairs, Window's Dream!-, la coctelera se agita enardecida. Con una agitación contagiosa y rítmica. La misma agitación y nerviosis­mo que ya había invadido la moda y la música.; las ­ciudades y las calles.

Fashion, 1919. Baron Adolphe de Meyer
Charlestón, Fox-trot, One-step, Jazz, ­¡Jazz! ¡Swiiiinnng! Inundando las noches de endiablados ritmos sincopados; inspirando salvajes madrugadas.
-Hello, my friend! Comment sava? -saludan en la mesa del lado.
Una aportación viene a incrementar la opulencia del universo con una nueva belleza -pregonaba Marinetti en su manifiesto Futurista de 1909-: La belleza de la velocidad .
En el porvenir inmediato, y debido a los avan­ces tecnológicos, esta velocidad transfiguraría profundamente a la sociedad: Por arte de la luz eléctrica, bulevares y avenidas se convierten en gigantescos escaparates; la mecanización transfor­ma el mercado, incitando al consumo: Nacen el Prét á porter y las fibras artificiales; los automó­viles se producen en serie, como los electrodomés­ticos, los muebles o la bisutería fina; las ondas radiofónicas cruzan por primera vez el Atlántico; un Atlántico que Charles Lindberg -a bordo del Spirit of Saint Louis- sobrevuela sin escalas.
Coches, trenes, barcos, aviones, ondas, luces: Avivando imaginaciones; transportándo­nos al futuro.
Adormecidas las secuelas de la Gran Gue­rra, los Felices Años Veinte fueron una deslum­brante explosión de vitalidad. Saborear el momento, con intensidad, felizmente despreo­cupados, imprimiría carácter al período: Son años de alegre frivolidad, vertiginosos, donde un refinamiento transgresor calará en las más diversas clases sociales, impulsándolas a romper con convencionalismos y tabúes:

Rudolf Koppitz, 1928
No hay para nosotros mayor felicidad, que el que nos atribuyan alguna perversidad , comentario crítico al cuadro Las Amigas de Tamara de Lempicka, cristianizado ya en eslogan, define un modelo de vida -en este caso, hedonista y excesivo-, del mismo modo que lo haría Scott Fítzgerald con El Gran Gatsby.
Bajo su desenfadado vigor, los residuos de la Belle Epoque y el Fin de Síécle desaparecieron para siempre. Motivado por la guerra, la mujer había accedido al ámbito laboral, De este viaje sin retor­no, emergió una joven emancipada, sin prejuicios, dispuesta a disfrutar. Es la Claudine de las novelas de Colette, cuya imagen vestiría Coco Chanel, con­virtiéndola en La Garionne. Posteriormente, al acer­carnos a los Años Treinta, las formas se dulcifican -orquídeas, guantes largos, pieles, escotes, sombre­ros- para que regrese al escenario la Gran Dama .
Un Al Jolson embadurnado de negro pone la voz en The Jazz Singer: El cine sonoro cobra un auge inaudito. Desde California, Hollywood fabrica sueños que desatan pasiones colectivas. Idolatrados, actores y actrices se convierten en deseo y mito. Fan­tasía y realidad a menudo quedan confundidos, como demostraba la reacción histérica ante la muer­te prematura de Rodolfo Valentino.
Convertido en fenómeno de masas, este cine modula gustos estéticos, pero también actitudes vitales. Despierta ilusiones miméticas que germi­nan en las conductas cotidianas.

E. Halouze. 1925, París
En este mundo donde disminuyen distancias y confluyen hábitos de vida, Estados Unidos será en un nuevo referente: Bajo la sobrecogedora silueta de los rascacielos neoyorquinas, entre avenidas pobladas de lujosos automóviles, los grandes almacenes ofrecen productos de consumo con diseño aerodinámico -frigoríficos, aspiradoras, tostadoras, tocadiscos, radios-, quiméricos para la mayoría de europeos.
Pero, con todo, es París, con su Bon Goút y Charme, es quien dicta la moda. En colores, tejidos y formas; en pinturas, decoraciones, muebles o joyas. Un París cosmopolita, desbordante y creativo A1 igual que el cine, la radio y los periódicos conquistan un poder inusitado. Difunden noticias, más, asimismo, generan opiniones y encumbran personajes. El público, ávido de primicias, adora las imágenes de sucesos y lugares. Por otra parte, la publicidad aumenta y se profesionaliza, desarrollan­do innovadores lenguajes, que se concretan en anun­cios y carteles impactantes.
En las revistas ilustradas -Gazzette du Bon Ton, Vogue, Styl, Art Goút Beauté, Harpers Bazaar, Cos­mopolitan- estas imágenes adquieren un protago­nismo absoluto. Fotografías, grabados y dibujos, destilan elegante exquisitez propia del gusto de la época-, y en ellas se exalta el triunfo y el lujo -aspi­ración sublimada de los lectores-. Por sus páginas desfilan rostros famosos -actrices, aristócratas, escri­tores, artistas, empresarios-, soberbios coches, ves­tuarios esplendorosos y sofisticados diseños; ambientes elitistas y selectas recepciones; países lejanos, exóticos paisajes; majestuosos transatlánti­cos, sugerentes aeroplanos.
Como las películas, alientan anhelos y esconden frustraciones.
Con el nombre genérico de Art Déco, se reúnen diferentes tendencias creativas, con frecuencia divergentes, que surgieran entre las dos grandes guerras. Abarca desde el conservadurismo de la Compagnie des Arts Franjais al Esprit Nouveau de Le Corbusier; tan Art Déco es el Chrysler Building de Nueva York, como el vidrio de René Lalique, un tapiz de Sonia Delaunay, los vestidos de Paul Poiret o los Ballets Russes de Diagilev.
Esta riqueza y pluralidad, también se manifies­ta en la iconografía de las revistas y anuncios. Com­partiendo el decorativismo estilizado, unos autores mantienen el objeto y sus formas; otros, geometri­zarán el espacio y los colores.

P. Jiguet, 1928. París
Iribe, Lepape, Marty, Barbier, Mastín y tantos otros, con sus obras nos adentran en unos años deli­ciosamente alocados. De su mano, paseamos entre las líneas y texturas de los catálogos de moda -Satín moiré, velours chiffon, crépes de chine, organdi blanc-; acudimos al hipódromo, esquiamos en Saint Moritz y correteamos por el Lido de Venecia. Mediante sus pinceles generosos, nos invitan a fas­tuosas fiestas: Bajo lámparas de límpido cristal, las mujeres visten largos y vaporosos trajes, estola de visón, broches y collares de pedrería relumbrante; los hombres, esmóquines negros y sombreros de copa. Aparcados en el inmenso jardín, aguardan los Rolls Royces y el Cadillac. Mirándonos con descaro, gráciles figuras femeninas se nos insinúan desde las hojas de las revistas. El galán rubio propone un baile inolvidable en la Costa Azul. Audazmente, apuestas en el Casino de Montecarlo. ¡Otra copa de champán ¿Prefiere usted el golf o el tenis? Si soñar no cuesta dinero, eliges cabalgar sobre un corcel blanco, ligero como el aire. O flotar por el cielo en una avioneta. ¿Y por qué no hacer la Blau Band ?: Cruzar el Atlántico en un buque con lujos asiáticos. Desde el puente, gozar del potente amanecer en Manhattan. Y aun ir más lejos: Desembarcar en las playas de Río de Janeiro.
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