Aunque se ha dicho que dicha estrategia suple la falta de fantasía en los relatos del alicantino, lo cierto es que plantea un recurso muy actual en sus tentativas para crear una nueva novela: el uso distorsionado de los propios recuerdos como materia literaria. «La vida no es lo que uno vivió, es lo que uno recuerda», sentencia García Márquez en la primera línea de sus memorias Vivir para contarla (2002). Lo cierto es que en los siglos XX - XXI se impondrá una variante de la autobiografía -la autoficción- que funde lo biográfico con la narrativa al identificar el nombre del protagonista con el del autor, que busca así reinventarse (Alberca, 2007), caso de C. Martín Gaite, J.Marías, J. Llamazares, J. Cercas, A. Muñoz Molina o E. Vila-Matas... Mucho antes que ellos, en 1904, José Martínez Ruiz se convierte en personaje al firmar sus trabajos con el apellido de su ente de ficción, «Azorín», un joven rebelde y anarquista, como él, cuyo mentor (Yuste) encarna las ideas del alcalde de Burdeos: «Y como Azorín viese que se iba poniendo triste y que el escepticismo amable del amigo Montaigne era, amable y todo, un violento nihilismo, dejó el libro y se dispuso a ir a ver al maestro, que era como salir de un hoyo para caer en una fosa». No extraña que su evolución le lleve a convertirse en un intelectual resignado y contemplativo como el perigordino, a quien cita y parafrasea: «Ahora Azorín lee a Montaigne. Este hombre que era un solitario y un raro, como él, le encanta». (La voluntad, I,7).
Algún crítico ha puntualizado que Azorín no leía a Montaigne, sino a uno de sus descendientes más lúcidos, La Rochefoucauld. Lo cierto es que lo leía de joven diariamente: «Todas las tardes la filosofía de Montaigne iba entrando en mí...» y de adulto: «Montaigne ha pasado también en mi espíritu; dejó su sedimento», «Yo no leo a Montaigne; lo releo por tercera, por cuarta, por quinta, por sexta vez. Pocos filósofos hay que puedan soportar esta prueba». (Campos, 1964: 138 y Martínez Ruiz, 1970: 126). Con su habitual laconismo, Martínez Ruiz no anotaba al margen sugerencias o dudas; sino que se limitaba a marcar con lápiz la frase o párrafo de su interés. Los elegía de diversos colores (azul, verde, rojo y marrón) para destacar conceptos a los que regresar en lecturas posteriores: «Abro ahora el libro y voy buscando, por entre las múltiples señales hechas con lápices de colores, los pasajes en que el maestro escribe sobre este trance terrible...» (Martínez Ruiz, 1948:70). Algo parecido hacía Montaigne respecto de las ediciones que manejaba de autores clásicos, cuyas frases subrayaba, además de anotar al margen sus comentarios y la fecha de sus impresiones. Varias tratan del conocimiento propio a través del acto de escribir, y es el hecho de compartir dicho objetivo y verlo desarrollado por Montaigne de manera brillante, lo que explica el trato de maestro que el alicantino le dispensa.
La edición de Martínez Ruiz -de los hermanos Didot, encuadernada en piel, en cuatro volúmenes de pequeño formato, hoy conservada en la casa-Museo de Azorín en Monóvar- fue su texto de cabecera, por cuanto lo menciona en entrevistas: «El Montaigne que yo leía en el Bélix -aquí lo tengo- es el publicado en 1802 por Fermín y Pedro Didot, en cuatro tomitos [...] ahora mismo acabo de hojear a Montaigne en la misma edición» (Campos, 1964: 133 y 159). Es el ejemplar que aparece en sus novelas como preciado equipaje de su protagonista, el mismo que nosotros hemos manejado (3):
«... en la maleta va colocando unas camisas de finísimo hilo, unos calzoncillos, unos calcetines, unos pañuelos -cuatro tomitos impresos por Didot, limpiamente, en el año 1802-.Azorín los pasa, los repasa, los acaricia, los abre al azar». [Antonio Azorín, II, 21].
El estilo Azorín: el estilo de los Essais
Es innegable la tendencia de Azorín a la introspección y a la forma de un ficticio diario como estrategia literaria desde sus inicios: en artículos - Charivari, crítica discordante (1897)-; cuentos -«Fragmentos de un diario», Bohemia (1897) o Soledades (1898)-; y primeras novelas: Diario de un enfermo (1901) y La voluntad (1902). La afición de este autor por crear obras literarias donde la ficción se mezcla con los rasgos propios del diario -anotando una biografía de lo sentido más que de lo sucedido-, la racionalidad del ensayo y lo fragmentario del artículo de periódico acabará por conformar su estilo. El diario le permitirá dar respuesta a un problema acuciante, sufrido también por Montaigne, Larra, Amiel o Unamuno: la identidad del ser dividido entre su vida pública y privada, la del escritor-periodista frente a la del sujeto en crisis que se analiza: «El yo agresivo se enfrenta con el mí contemplativo y el ser está dividido sin esperanza y reducido al papel de espectador de su propia existencia» (La voluntad , I,25). El escritor proyectará dicha escisión en los personajes al registrar tanto sus acciones como sus confidencias. Las anotaciones en un diario ofrecerán a Azorín, además de la autenticidad perseguida, una alternativa formal novedosa para el nuevo concepto de novela que se busca hacia 1900: cronología discontinua, tono confesional e intimista, uso de la primera persona narrativa, bosquejo breve, yuxtaposición de contenidos, lengua conversacional, relativismo en el punto de vista (visible en las soluciones provisionales y finales abiertos), mirada contemplativa, sucesos cotidianos, descripciones pictóricas, tempo lento, impresionismo, sensaciones, matices, silencios..., rasgos distintivos de lo que se ha dado en llamar estilo Azorín .
Hallada la fórmula, el novelista creará sus obras repitiendo un número parecido (30-40) de unidades breves y autónomas de la misma extensión, a modo de cuadros o piezas heterogéneas más que capítulos de un conjunto, que suman: anécdotas, artículos periodísticos, párrafos de otros libros, circulares políticas... De este modo se quiere trasladar a la forma lingüística cada estado de ánimo e impresión, sin vínculos lógicos ni enlaces (frases yuxtapuestas), en una suerte de «impresionismo » novelesco, cuyo efecto es el de un estilo estático, repetitivo y cortado.