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Ínsula 743 Ínsula

A la búsqueda del yo: Montaigne y Azorín

por Montserrat Escartín Gual
Ínsula nº 743, Noviembre 2008

Número de páginas: 5
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Para expresar el problema de la identidad cambiante de la persona a lo largo del tiempo -«existe tanta diferencia entre uno y uno mismo, como entre uno y los demás» (II,1)-, Montaigne elige una forma espontánea, abierta y fluctuante, que intenta describir con la palabra Essais: ‘ensayos', ‘intentos', ‘aproximaciones'; pero también ‘experiencias'. Montaigne concibe su libro como una «marquetería mal unida» de muchas piezas -a semejanza de las Obras morales de Plutarco- y reivindica su desorden como rasgo de su libertad y «buena fe», pese a ser consciente de su rareza: «Es libro único en el mundo y en su especie, de propósito raro y extravagante». (II,8). Con todo, la «desorganización» se debe, en parte, al modo de escribir los Ensayos: el autor pensaba en voz alta y un secretario -existieron tres sucesivos- tomaba nota del dictado; lo cual le permitió usar técnicas modernas, como un entramado sin orden de materiales varios, yuxtapuestos a modo de collage (fragmentos narrativos, citas, reflexiones, anécdotas históricas, impresiones personales...), unidos por asociación libre y en una constante acronía ...-. Los 107 Ensayos sorprenden precisamente por su variedad y por los contrastes que contienen, siendo el yo del autor lo que asegura la unidad del conjunto. Si los más breves son anotaciones de lectura de una o dos páginas, otros suponen auténticos ensayos filosóficos, de inspiración estoica o escéptica - Apología de Raimundo Sibunde (II,12)-, con abundantes confidencias personales - Sobre la vanidad (III,9); Sobre la experiencia (III,13)- que abogan por la tolerancia: ni rebeldía ni pasión, sólo estoicismo -«mi deseo es pasar dulcemente y no laboriosamente lo que me resta de vida» (III,9)-. En cuanto al estilo, Montaigne prefiere un discurso conversacional: «Me gusta el andar poético, a saltos y a brincos» (III,9) al ordenado y metódico; así como una prosa abigarrada y diversa, a la erudita.
De todas las técnicas, sus mejores hallazgos son la subjetividad, el tono testimonial y el descubrimiento literario de la función del yo; pues escribir es una forma de mantener un registro fiel de uno mismo a cada instante, acechando la conducta presente, no los recuerdos del pasado, para tomar conciencia y asumir la transformación con relativismo -«No pinto el ser. Pinto el paso: no el paso de una edad a otra, [...] sino día a día, minuto a minuto». (I,2)-; de ahí la necesidad de adecuar la dinámica de la escritura a la de su yo: «Mi estilo y mi mente vagabundean igual» (III,9). Así, la primera versión de los Essais revela al Montaigne auténtico que quiere conocerse; la última, aquel que necesita mostrar al mundo cómo es. Tras diez años de retiro, el autor cierra una etapa e inicia otra a sus 48 años, cuando la fama lo convierte en escritor y decide escribir para los demás. Comienza entonces un viaje que durará 17 meses, un tercer volumen y a corregir el conjunto de sus ensayos; prueba de que su discurso es una meditación en proceso que no aspira a cerrarse tras un resultado.
Azorín y el maestro Montaigne
Relacionar a Azorín con Montaigne es ya un lugar común para la crítica especializada; en concreto la admiración del alicantino por el gascón -su modelo vital- cuyas ideas estoicas, epicúreas y escépticas cristalizan en una filosofía de vida y se traducen en una conducta y ética particulares: «yo amo a este gran filósofo por estas cosas: Montaigne representa la concepción ondulante, flexible, circunstante, contingente de la vida» (Martínez Ruiz, 1992: 176). Azorín confiesa identificarse con el pensador francés -a cuya sombra es un «pequeño filósofo»-, fundiendo como él literatura y biografía; binomio que se evidencia en sus novelas (La voluntad, Antonio Azorín y Las confesiones de un pequeño filósofo); en sus artículos de periódico, protagonizados por el mismo yo narrativo («Los buenos maestros: Montaigne», Helios , oct. 1904); en los textos personales (Memorias inmemoriales) o en aquellas obras donde analiza la creación literaria como un quehacer más del personaje (Capricho). No parece azar que el mencionado artículo de 1904 fuera el último que el autor firmase como «J. Martínez Ruiz» y no con el pseudónimo «Azorín», que ya había empezado a usar ese mismo año. En sus Memorias, el escritor quiere hablar de lo que ha sido; pero de lo que ha sido ¿quién?:
«Soy otro, soy otro». O sea: antaño fui un hombre escritor llamado «Ariman» y «Cándido», luego otro hombre escritor que firmaba sus obras con el nombre de José Martínez Ruiz, y después otro , Antonio Azorín, y poco más tarde otro , Azorín a secas, y ahora otro que ya no sé si es ese mismo Azorín en trance de envejecer...[ Valencia, 1941].
La tesis azoriniana no plantea que con el paso del tiempo «somos otros», sino que «somos de otro modo» (Laín Entralgo, 1974: 40-41), mezclando la realidad y el deseo. El alicantino no pretende hablar de uno, sino de todos y de ninguno: del hombre múltiple que quiso ser, al modo de los heterónimos de Pessoa y los complementarios de Machado. En suma, Azorín y Montaigne analizan sus inclinaciones personales y se afanan por retratarse en su constante evolución, viéndose con objetividad, a la vez que recreándose con la imaginación; lectores voraces en su paraíso libresco, pero también alquimistas escuchándose vivir para transmutar su experiencia en escritura.
Todas las novelas de Azorín tienen el aire de autobiografías (se han calificado de egopeyas) por la condición de los personajes, puras variaciones de la etopeya del autor. Aunque se afirma que Martínez Ruiz es uno de los autores más autobiográficos, por incluir siempre materiales personales en sus escritos, en ellos no muestra al hombre con sus sentimientos; sino al novelista, no en vano, en sus Memorias, el alicantino reconoce: «el subjetivismo de sus primeros años de escritor -el uso del yo que tanto se le reprochaba- era cosa encimera y que lo más recóndito y personal continuaba escondido.» [«Otras influencias », Memorias]. Incluso busca distanciarse del que fue hablando de sí mismo en tercera persona: «Y en estas cuartillas me propongo escribir de los gestos y dichos de X.» [«Nadie», Memorias]. Lo mismo sucede en los Essais, donde, pese a la interminable referencia a gustos, costumbres e ideas de Montaigne, se advierten verdaderas lagunas para el conocimiento de su personalidad, oculta tras el velo sutil del autobiografismo.
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