Desde la infancia,Montaigne fue consciente de que sólo en sí mismo podría hallar respuesta y consuelo a la ardua tarea de vivir. Su padre le procuró una exquisita educación -según principios erasmistas- con la que aprendió a cultivar su espíritu, con independencia de opinión y sin prejuicios. A los tres años fue confiado a un preceptor alemán, que se dirigía a él en latín, y, hasta los seis, vivió una infancia marcada por la libertad, la cual terminó abruptamente con su ingreso en la escuela y sus imposiciones: el aprendizaje del francés, una pedagogía religiosa y la filosofía escolástica: «Los maestros no cesan de gritarnos en los oídos como si vertieran agua en un embudo, y nuestro cometido se limita a repetir lo que nos han dicho», pero «saber de memoria es no saber» (I,25). Hombre de pocas relaciones -«soy animal de compañía y no de tropa» (III,3)-, conoció en el Parlamento de Burdeos a su gran amigo Étienne de La Boètie, personaje decisivo tanto en lo personal como en lo literario: «Esa amistad [...] que Dios ha querido tan entera y perfecta [...] ¿es mucho si la fortuna la logra una vez en tres siglos?» (I,28). Sus diálogos fueron para Montaigne método de conocimiento socrático -«El ejercicio más fructífero y natural de nuestro espíritu es, a mi entender, la conversación » (III,8)- y su temprana muerte, en 1563, le hizo descubrir la soledad y la certeza de no poder hallar en nadie -salvo en sí mismo- apoyo para sus reflexiones. Sin la voz de La Boètie, pero con la herencia de sus libros, Montaigne elige permanecer en su biblioteca hablando consigo mismo y con los textos, actitud que heredará Quevedo: «con pocos pero doctos libros juntos, / vivo en conversación con los difuntos / y escucho con mis ojos a los muertos» (Quevedo, 1995:103). Sus interlocutores serán Platón, Epicuro, Séneca, Plutarco, Lucrecio..., cuyas sentencias Montaigne hará grabar en el techo de su biblioteca -como homenaje a sus maestros- e incluirá en sus escritos, por centenares y hábilmente modificadas: «Platón cita a menudo este gran precepto: Realiza tus propios actos y conócete» (I,2). Consciente de la fragilidad humana por su reiterada experiencia con la muerte (las guerras, la peste, la pérdida de padre, de sus cinco hijos y de su amigo), Montaigne se aleja de la vida social y, a los 38 años, abandona sus cargos públicos para retirarse al castillo familiar del Périgord, donde dedicarse a leer y gozar de una existencia sencilla. Allí escribirá los Essais, cuya primera edición aparece en Burdeos,1580; y, una década después, la definitiva, 1588.
Defensor del pensamiento individual y libre frente a la imposición de credos e ideologías, Montaigne rechazó doctrinas e indagó en el propio yo sin apoyos: «prefiero forjar mi alma que amueblarla» (III,3). No trató de prescribir reglas, sino de poner ejemplos de cómo procuraba liberarse de todo aquello que pudiera limitarle: la vanidad, el miedo, el dinero, los fanatismos... Humanista convencido de la superioridad de los valores clásicos, no es de extrañar que la Iglesia incluyera su obra en el índice de libros prohibidos en 1676, por entender que ofrecía argumentos para una revolución secular con su defensa del hedonismo, del culto a la individualidad y a la libertad desde una mirada escéptica y relativista. Mientras Calvino o los nuncios proclamaban: «sabemos la verdad», Montaigne se preguntaba: «Qué sé yo?»; si aquellos pretendían imponer cómo vivir, su consejo era: «¡Pensad vuestros propios pensamientos, no los míos! ¡No me sigáis ciegamente, permaneced libres!» (I,27; III,2). En suma, para Montaigne, analizar la propia idiosincrasia conlleva alejarse de los dogmas y mostrarse escéptico ante nuestro saber: «no garantizo más certeza en lo que digo sino que es lo que entonces tenía en mi pensamiento, pensamiento tumultuario y vacilante. Hablo de todo platicando, no asegurando». (III,11); de ahí la divisa que mandó grabar en su medalla: Que sais-je?
Del «conócete a ti mismo» a la exhibición de yo
Montaigne explicita la finalidad de sus Essais: «Hace varios años que soy yo el único objetivo de mis pensamientos, que no analizo y estudio más que mi propia persona; y si estudio otra cosa, es para aplicarla al pronto sobre mí, o mejor dicho, aplicármela a mí». (II,6). Al descubrir sus gustos y opiniones, el gascón distingue al individuo público (un gentilhombre del XVI ) del privado: «El alcalde y Montaigne siempre fueron dos, con harto clara separación». (III,10). «No escribo mis acciones, me escribo yo, mi esencia» (II,6). Hacerlo le permite poder dar una visión plena de sí: «yo soy el primero en dar a conocer mi ser total, en mostrarme como Michel de Montaigne, no como gramático, o poeta, o jurisconsulto». (I,2). Tras reflexionar sobre su persona e interesarse por lo que le diferencia de los demás -su ser único-, Montaigne busca el elemento común que le asemeja a otros -su dimensión universal-, dando una acertada radiografía de la naturaleza humana; no en vano «cada hombre comporta la forma entera de la condición humana» (III,2).
El ser humano retratado por Montaigne muestra su miseria, su vanidad, sus miedos, pero también su dignidad -«Si se mirasen los demás atentamente como yo, hallaríanse, como yo, llenos de inanidad y necedad» (III,9)-; pues somos una suma de tradiciones, creencias y pensamientos heredados -«Las leyes de la conciencia, que nosotros decimos nacer de la naturaleza, nacen de la costumbre» (I,23); «Me casé, es verdad; pero no fui al matrimonio; me llevaron» (III,3); «no sotros no vamos; nos arrastran» (II,1)-; y, sobre todo, somos fluctuantes, y contradictorios, por la inconstancia del yo, que el autor ejemplifica en sí mismo:
Todas las contradicciones se dan en mí [...] Vergonzoso, insolente; casto, lujurioso; charlatán, taciturno; duro, delicado [...] y cualquiera que se estudie bien atentamente hallará en sí mismo, e incluso en su propio entendimiento, esta volubilidad y discordancia. (II,1).