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Ínsula 743 Ínsula

A la búsqueda del yo: Montaigne y Azorín

por Montserrat Escartín Gual
Ínsula nº 743, Noviembre 2008

Número de páginas: 5
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«Yo mismo soy la materia de mi libro», «Es a mí a quien pinto»
«Otros miran ante sí, yo miro a mi interior»,
MONTAIGNE
Acaban de publicarse varias ediciones de los ensayos de Montaigne (1533-1592) (1), y ello obliga a reconocer de nuevo su proximidad con la cultura actual, tanto por el tema de sus escritos como por la forma y enfoque dispensados. Humanista por su formación, su dominio del latín y su gusto hacia las letras antiguas, Montaigne lo es aún más en el sentido filosófico, por sus valores procedentes de los clásicos y por su alto concepto del ser humano, cuyo respeto le lleva a convertirlo en el eje de su obra. Es un precursor de la modernidad por su interés en hablar no del «hombre», en general, sino de su yo concreto desde una visión subjetiva, razonada, curiosa y libre, en una forma que trasciende los géneros clásicos, y con un estilo espontáneo que anuncia la nueva prosa moderna; todo lo cual convierte a este escritor en un adelantado a su tiempo y en un referente para generaciones futuras que lo leerán con devoción -la de Shakespeare, Quevedo, Voltaire, Kant, Goethe, Flaubert, Nietzsche, Gide, Proust, Azorín, Lévi-Strauss, Pla...-, no en vano los Essais, obra a la que dedicó veinte años de su vida, es el libro de los libros después de la Biblia.
Montaigne y Descartes son los dos autores que más han contribuido a la construcción de la subjetividad moderna, al entender que el sujeto nace en soledad, consigo mismo y apartado de los otros, aunque el objeto de su reflexión sea el mundo del que se aleja. Entre la divisa socrática y los descubrimientos de Freud y Jung está Montaigne advirtiéndonos que no seremos felices hasta que no tengamos el valor de aceptar la condición humana y gozar de lo que uno es: «entre nuestras enfermedades la más salvaje es despreciar nuestro ser» (III,13). Su mensaje, útil para la vida práctica, hereda el de Séneca y Epicuro, con la ventaja respecto de los antiguos de ser una voz más cercana: la del europeo recién nacido, del cual descendemos y que en buena parte aún somos. Si Montaigne nos resulta cercano es por su defensa del individualismo y culto a la singularidad -«La cosa más importante del mundo es saber ser uno mismo» (I,38)-, razón por la cual el siglo XVII criticó su actitud, tildándola de egoísta, y el XVIII no la entendió. Serán las Confesiones (1782-1789) de Rousseau las que iniciarán el interés por la intimidad, que se afianza con el período romántico y culmina en el Modernismo. A pesar del calificativo de «egoísta» con que Pascal calificó a Montaigne, si hay una palabra que defina bien al autor es egotista (2) por su afán de explorar la identidad humana para hacerla comprensible: «Estúdiome más que cualquier otro tema. Es mi metafísica y mi física» (III,13). Su método no es otro que inclinarse primero a entender su caso para, una vez logrado, poder ir a la búsqueda de un principio más general aplicable a todos. No se trata de arrepentirse de los propios extravíos ante Dios -como San Agustín-, ni de convertirse en modelo de una actitud moral -caso de Séneca-; Montaigne busca hablar de sí mismo por sí mismo para conocerse, ignorando los juicios de valor y la tutela moral: «Los demás educan y forman al hombre, yo lo cuento» (I,2). Ayudado de unas andas -la ética y el estudio de la conducta y el carácter-, este autor no pretende una transformación de su ser que sirva de ejemplo, ni redactar un manual de autoayuda para desorientados; sino asumir la propia realidad de forma absoluta mediante la introspección y el reconocimiento del yo -«Esto no es mi doctrina, sino mi estudio; y no es la lección de otros, es la mía» (II,6)-; porque, a su entender, el primer deber moral consiste en ser uno mismo, saber vivir en sí y para sí, ya que hacerlo es la mejor manera de ayudar a la Humanidad: «La principal tarea que cada cual tiene es su propia conducta; y para eso estamos aquí». (III,10). Dado que no es posible ni aconsejable cambiar nuestra naturaleza, no sirve criticar a un semejante; en consecuencia, Montaigne desarrolla una ética o regla de vida, «la ciencia que trata del conocimiento de mí mismo, que me instruye para vivir y morir bien», cuyo objetivo es aprender a disfrutar de una existencia plena, natural, y de una muerte aceptada y digna; no en vano «El que aprende a morir, aprende a no servir. El saber morir nos libera de toda atadura y coacción» (I,20).
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