En el aspecto teatral, poético y literario en general, la avalancha de revistas que pululan en la época, en todo el país (el fenómeno no se limita a las grandes capitales de siempre), aunque se sepa poco de su difusión real, participan activamente en la penetración de ideas y estéticas nuevas. Otra cosa serían la recepción o la digestión de todos los tipos de lectores, pero esta prensa «moderna» tan dinámica es un hecho clave de la historia cultural de todas las vanguardia en España que no se ha estudiado todavía dentro -precisamente- de una historia cultural de las vanguardias. Hasta diría que lo que caracteriza esta prensa es una bulimia de novedades de fuera que puede constituir un rasgo singular en Europa. Alrededor de 1900, la curiosidad de la prensa moderna es frenética. Por ejemplo, La Lectura , en 1903, en cada número publica informaciones sobre las literaturas francesa, inglesa, italiana, alemana, americana, escandinava, portuguesa, rusa, árabe, etc. Otro tanto pasa en Alma española, Los cómicos, Helios, Nuevo mundo , etc. El fenómeno no mengua con el tiempo. A finales de los años 10 y principios de los años 20, revistas como Cervantes o Cosmópolis (la bien nombrada) son revistas espesas que pueden llegar a las doscientas páginas con abundantes informaciones y traducciones de las literaturas mundiales.
Esta efervescencia debe mucho a un sinfín de «intermediarios» o passeurs culturales, escritores o periodistas, que desarrollan una actividad intensísima y que tampoco han recibido la atención que se merecen. La lista es larguísima. Eusebio Blasco, con el seudónimo de Mondragón, trabaja en el periódico parisino Le Figaro , entre 1881 y 1894, e inunda la prensa española con sus noticias. Luis Bonafoux es otro de estos fecundos corresponsales españoles en París. El prolífico guatemalteco Enrique Gómez Carrillo es una pieza clave de la circulación de la información entre Francia, España y América latina; su obra es inmensa y se le lee con atención. En los años 10, 20 y 30, Guillermo de Torre es indiscutiblemente el mejor conocedor en Europa de las vanguardias estéticas y se dedica a inventariar sistemáticamente todos los ismos habidos y por haber: su libro sobre Las vanguardias europeas , en 1925, es un libro de referencia, entonces como hoy en día. Algunos escritores también dedican tiempo y energía para saber y difundir lo que ocurre en el mundo: Valle-Inclán, Adriá Gual, Ricardo Baeza, Gómez de la Serna, Azorín, López de Ayala, Unamuno, Juan Ramón Jiménez, Ortega, etc., poseen una vastísima cultura europea y una curiosidad inagotable: incluso Jacinto Benavente que, antes de rasgarse las vestiduras teatrales y dedicarse a un teatro nada vanguardista para burguesías y aristocracias urbanas, se puede considerar, desde finales del siglo XIX , como uno de los intelectuales mejor y más informados de España.
La traducción
En este panorama realmente frenético, los traductores merecen un capítulo aparte. Esta legión innumerable que se dedica con ahínco y cierto heroísmo a verter al español o al catalán todo lo que sale en el mundo, también desempeña un papel decisivo en la circulación de ideas y obras que no analiza con la debida atención la (todavía inexistente) historia cultural de este período. Sin embargo, individual y colectivamente, han realizado una labor titánica. El inventario queda por hacer y el análisis de su trabajo espera todavía sus primeros estudiosos sistemáticos. El caso más ejemplar podría ser el de Ricardo Baeza, amigo y proveedor de Gómez de la Serna en novedades extranjeras, apodado «R. Baeza traduxit» por lo abundante de su producción, que ha dedicado su vida entera a traducir del inglés, francés, alemán, etc., a expensas de la obra propia. Ha traducido las obras completas de Oscar Wilde, las de D'Annunzio; también le hincó el diente a Dostoievski, Nietzsche, Ibsen, Diderot... Cansinos-Asséns es otro incansable que, en las páginas de Cervantes , por ejemplo, en su afán de dar a conocer la literatura mundial, traduce todas las lenguas «clásicas » y también el árabe, el yiddish, el rumano, etc. Gregorio Martínez Sierra (en realidad, es el cometido de su mujer, María Lejárraga, él se limita a firmar) traduce la obra completa de Maeterlinck y otros muchos dramaturgos, franceses principalmente. En los años 20 y 30, la moda de la literatura (y de la revolución) rusa inunda el mercado con traducciones de novelas y escritos políticos; hasta aparecen colecciones y editoriales que se dedican a esta tarea. De hecho, entre finales del siglo XIX y la guerra, todo el mundo se mete a traductor, hasta los más famosos, como Unamuno, que traduce a Kierkegard, Sudermann (La Honra) y otros.
Quizás sea en el teatro donde la furia traductora sea la más espectacular; no es una novedad, ya que el teatro español, en todo el siglo XIX , se ha alimentado a base de recetas francesas (pienso en Scribe, Hugo, Dumas, los más saqueados), pero el siglo XX , con el progreso de los transportes, facilita las comunicaciones. Según testigos dignos de confianza (aunque sólo fuera porque lo practican ellos mismos), muchos dramaturgos españoles no vacilan en viajar con regularidad a París y vuelven con los baúles llenos de futuras obras «originales» españolas. En los años 30, los empresarios catalanes y madrileños van a comprar en París o en Estados Unidos espectáculos completos de variedades, «clés en mains», y los montan directamente en sus escenarios. Son centenares y centenares de «dramaturgos», miles y miles de obras que circulan entre España y el resto de Europa (o Estados Unidos, cuando llega la moda de lo detectivesco), no siempre reconocibles siquiera, ya que la picardía nacional hace malabarismos sutiles entre traducciones, arreglos, «sobre una idea original de..;», «inspirado en...», o el mero plagio («fusilar» como se dice en el mundillo teatral) con la mayor desfachatez (para cobrar los derechos de autor sin compartir con nadie). El caso es que, de forma explícita o no, los escenarios españoles están plagados de obras extranjeras, sobre todo para el teatro ligero y comercial, y también para el teatro de vanguardia.