Y tantos otros establecimientos que, con giro metonímico, dan nombre a importantes cenáculos: verbigracia, El Gato Negro; el Nuevo Café Levante (donde reinaba Valle- Inclán); el Café Colonial (a medias canalla y literario); Els Quatre Gats; el Lyon d'Or o, por último, y en la actual Barcelona, la cafetería Oxford, cuya tertulia conduce con gran calor Alberto Blecua, desde 1967, año de su fundación. Pero prosiguiendo con esta aproximación casi fisiológica de la tertulia, por medio de la recolección de unos pocos signos materiales, no se olvide otra obviedad: tal organismo emite sonidos, palabras sueltas o cruzadas, frases sin rematar, gritos, risas, burlas, agudezas, esparciéndose todo ese ruido por entre una neblina humosa. Así solía ocurrir en épocas no lejanas: el olor a tabaco era otra seña indispensable en esas reuniones, como lo es la mesa, la misma mesa siempre, fetiche a todas luces innegociable. Y, a menudo, se murmura, se difama, extendiéndose ahora entre los asistentes el amarillo del rencor o de la rivalidad, lo que demuestra una vez más la guerra cultural que suele tener lugar en el seno de la gran urbe. Núcleos ideológicos, o generacionales, en pugna que, en ocasiones, comparten el mismo café, cervecería o restaurante, pero respetándose las distancias con el máximo celo: unas distancias mentales que se materializan en los espacios físicos que separan una mesa de otra, pues cada cenáculo suele marcar su territorio de manera bien ostensible. El propio F. Fernán-Gómez rememora esas espaciosidades casi infinitas existentes entre tertulia y tertulia en el ya citado Café Gijón:
En el Gran Café de Gijón apareció una tertulia distinta de la nuestra, aunque también literaria. García Nieto advirtió un día que aquellos que se sentaban no cerca del rincón en que lo hacíamos nosotros, sino cerca de la barra, eran los jóvenes. [...]. Pero aquellos recién llegados, que no querían nada con nosotros, o todo lo más saludos a distancia, tenían diez años menos. Eran, efectivamente, y con todo derecho, «los jóvenes» y nosotros habíamos dejado de serlo (1998: 358).
Denso murmullo de sofisterías
La tertulia por tanto es (o era) un denso murmullo repleto de sofisterías que florece, se esparce por entre la bruma azulosa del tabaco y -no se olvide- logra reinventarse una y mil veces a lo largo de sus sucesivas convocatorias: tiene algo en común (si no resulta tampoco excesivo ese paralelo) con la escritura ensayística, con su fragmentarismo, sus sutiles incoherencias, sus paradojas, su fuerte personalización, sus sabias inconclusiones que tanto repugnan a la clerecía académica, como bien advirtió Adorno. Mas escritura que se torna oral, se materializa, se vuelve carnal , se enciende , por decirlo nuevamente con los símiles de Voloshinov y Jaime Gil. Si bien no siempre ocurre eso, por lo menos en alguno de tales rasgos: los más punzantes o belicosos. No se olvide que cuando una tertulia se adentra por los territorios de la privacidad, puede ocasionalmente alcanzar mayor placidez, moderándose un poco las aristas del arte de la murmuración. F. Fernán-Gómez evocará con efusión otra tertulia, la que tenía lugar en el domicilio de Edgar Neville, casi una anti-tertulia, y cuyos protagonistas eran el propio Edgar, Conchita Montes, Miguel Mihura, Mingote y Tono. Pocas veces, comenta el autor de El viaje a ninguna parte, «se ha producido una tertulia tan tranquila, tan candenciosa, tan sorda, tan falta de alardes de ingenio -y tan sobrada de serenidad- por parte de todos» (1995: 256). Sí, hasta cierto punto una antitertulia: sosiego, color deliberadamente grisáceo -a diferencia de los estallidos del rojo y del amarillo-, delicadeza, palabras casi disueltas en un largo susurrar...
Hasta aquí estas notas sueltas a guisa de introducción al presente monográfico, un monográfico donde se entrecruzan muy diversas perspectivas tipológicas e historicistas sobre una materia a buen seguro apasionante. Como habrá observado el lector, resulta muy arduo definir con precisión los trazos más estables que configuran ese fenómeno, tan fascinante, de la sociabilidad cultural llamado tertulia, círculo, salón, cenáculo -y hoy, en plena era de la «pluma electrónica», el blog o la bitácora virtual (Ayerdhal, 2007: 9)-: cada posible definición conlleva, pues, su réplica negadora. En parte porque tales organismos no se avienen con la rigidez corporativa y exhiben, en cambio, un armazón blando, poroso, que se reproduce sin más en formas múltiples, dispares, nunca enteramente cristalizadas: casi cabría hablar de un estado de ánimo que hipnotiza a todos sus participantes. Es muy revelador, a ese respecto, que Vicente Aleixandre le comente a J. L. Cano, en una vieja carta de 1944 -remitida desde su refugio de Miraflores- que lo imagina, una vez más, en Madrid y «Yendo al Gijón, que es tu pequeño vicio» (1986: 68). Fenómeno, por otro lado, que está sin duda avivando la atención de los estudiosos de la literatura y, vale reiterarlo, porque queda muy lejos el tiempo en que se analizaba el hecho artístico desde una atalaya en exceso formalista o, al contrario, exageradamente sociológica. Y desdeñándose en ambos casos lo que hoy constituye una de las tácticas dominantes en la nueva crítica: acercar el texto al vivir cotidiano y a sus múltiples azares, evitando con ello caer en la más gélida abstracción.
L. B.-UNIVERSITAT DE BARCELONA