En dicha cita el término crucial es organismo, palabra que delinea claramente tanto el salón (espacio privado de la sociabilidad cultural), como la tertulia, un ámbito ya más público de esa misma sociabilidad. Si, en imagen de César González Ruano, es la tertulia un «mirador», cabría muy bien apostillar que se trata del lugar adonde nos trasladamos para ver y ser vistos, con la carga de esnobismo que ello implica (Bonet Correa, 1987: 35). Y posiblemente tal proceder no ande muy lejos de la descripción sobre las conductas humanas en los recintos urbanos desarrollada por Lionel Trilling en su ya clásico ensayo «Manners, Morals, and the Novel»: «¿Pertenezco? ¿Realmente pertenezco? ¿Y él, pertenece? » (1953: 204). En este espiarse unos a otros alrededor de una mesa, la frase que centellea como una cuchilla entre el humo es, sin disputa, la heroína de la reunión, pero no le van a la zaga el libro, la revista que el contertulio muestra con gestos ostentosos, o asoman astutamente del bolsillo de su chaqueta: hoy el Doctor Pasavento , de E. Vila-Matas, El adversario , de Emmanuel Carrère, o el número recién impreso del New York Review of Books . Y, treinta años atrás (¿departiendo este mismo tertuliano, pero con más brío juvenil, en el pub de moda de la barcelonesa calle Tuset?) Los últimos y los primeros , de Ivy Compton-Burnett, Retahílas , de Carmen Martín Gaite, y, por supuesto, la entrega aún fresca del New York Review of Books ...
Pero cabe preguntarse ahora, situándonos en una perspectiva levemente semiológica y recogiendo algún apunte anterior: ¿es la tertulia una entidad cristalizada por entero, con un armazón fijo, institucional, por reiterarlo una vez más? ¿Se trata, al contrario, de un organismo más bien elástico, sin excesiva cohesión? Es probable que lo segundo: en este caso (y soy consciente de la desmesura del símil, casi propia de algún lienzo de Francis Bacon) la tertulia sería algo parecido a un cuerpo cálido, asimétrico, hinchado de roja vitalidad, que se encoge o se ensancha a cada instante, respira, se aisla o entra en contacto con el resto del espacio que lo rodea. Una cervecería, pongamos por caso: en el Madrid de los primeros 1870, y en pleno hervor revolucionario, la Cervecería Inglesa, donde se reunían «Los Asturianos», el grupo de universitarios procedentes de Oviedo, entre ellos Leopoldo Alas, A. Palacio Valdés, Eduardo Bustillo y Pepín Quevedo. Aprendices de escritor en torno a una mesa de mármol y, rodeándolos, día tras día, los mismos grupos negros de siempre; periodistas, políticos, literatos, bolsistas, vagos y gente indefinible, vestidos todos casi lo mismo, afeitados todos, sin salir de tres o cuatro tipos de corte de barba, todos con ideas parecidas, con anhelos iguales; [...] servidos por imperturbables camareros, usureros de la propina, pálidos también [...] (Clarín, 1886: 17 y 19).
O el taller de un artista: la altillo de la calle Montcada, en la Barcelona de 1940, donde hacen tertulia una pandilla de estudiantes, según documenta Carmen Laforet en Nada y que más tarde, a la altura de 1949, y en Destino, logrará Ignacio Agustí desvelar la identidad de alguno de ellos: por ejemplo, Ramón Eugenio de Goicoechea, en su haber ya algún trabajo sobre Bécquer por aquellas fechas tan tempranas. Aquí se adivina, sin la menor duda, una atractiva muestra de esa aleación entre la realidad y la literatura que constituye el eje de nuestro artículo... Y aleación por partida doble: la literatura alude a la vida y ésta reaparecerá, algún tiempo más tarde, en forma de prosa periodística. Escribe y cita, en efecto, el autor de Mariona Rebull, montando un pequeño collage entre su propio texto y el texto de Laforet, tras referirse a unos «tiempos [...] tristes y arrebatados»:
«Aquí tienes a Iturdiaga, Andrea... Este hombre acaba de llegar del Monasterio de Veruela, donde ha pasado una semana siguiendo las huellas de Bécquer...». Este Iturdiaga, el inolvidable personaje que Carmen Laforet describe en Nada , seguidor de las huellas de Bécquer, no es otro que [R. E. de] Goicoechea. «El más notable de todos -dice Carmen Laforet, refiriéndose a Iturdiaga, en el cenáculo de jóvenes artistas que frecuenta Andrea- parecía ser Itudiaga. Hablaba con gestos ampulosos y casi siempre gritando. Luego me enteré de que tenía escrita una novela en cuatro tomos, pero no encontraba editor» (Laforet, 1946: 159 y 160; Agustí, 1949: 14).
O una librería: la del editor don Fernando Fe, en Madrid también, y en la Carrera de San Jerónimo, a últimos del siglo XIX , donde se daba cita la alta intelectualidad, hojeando las novedades recién llegadas de París: la librería «más literaria» de la Villa, al decir de Azorín (1941: 33). O una editorial: el Cuarto de los Sabios , en Seix Barral, cuyos muros oyeron engolosinados el brillo de tantas y tantas discusiones sostenidas entre algunas de las figuras más punteras de la generación del medio siglo -los Barral, Castellet, Ferrater, Gil de Biedma y J. M. Valverde-. O asimismo un domicilio particular: la tertulia presidida en su casa por J. V. Foix, en el barrio de Sarrià, los domingos por la tarde y a la que asistí, siendo todavía estudiante, en los primeros 1960 gracias al entrañable amigo Albert Manent. En ella, y a diferencia de los cenáculos públicos, se reunían gentes de diversas edades, mientras el creador de Gertrudis reflexionaba en voz alta sobre los ismos europeos de entreguerras, mostrándonos sus objets trouvés de las playas de la Costa Brava: maderos fosilizados por el salitre, en forma de extrañas esculturas abstractas; piedras con insólitas trazas humanas, pulimentadas con el ir y venir del oleaje, mientras, por la ventana, se filtraba una canción, entre melancólica y serena, de la bella Françoise Hardy. O, por último, una revista: nuestra siempre joven ÍNSULA y las tertulias pilotadas por José Luis Cano durante largo tiempo, en las que solían aparecer escritores (Francisco Ayala, José Hierro, Leopoldo de Luis, J. García Hortelano, entre otros) e hispanistas de ambas orillas del Atlántico...
Aquel olor a tabaco
Por lo tanto una tertulia suele ser su espacio, o sea, el establecimiento público donde se asienta y crece con el transcurrir de los años, quedando por decirlo de algún modo acotada para siempre -si seleccionamos, en este caso, un determinado lugar de encuentro-. Así, el café Gijón y sus múltiples peñas, evocadas por la pluma irónica de F. Fernán- Gómez: «nuestro café, mi café, el café por antonomasia», diría este escritor, cineasta y perenne contertulio (1995: 28). Al igual que en Barcelona, y en la década de 1950, lo fuera El Turia, según menciona ahora el inolvidable Lorenzo Gomis:
Este café fue, por así decir, la tertulia de las tertulias, y por ella pasaban jóvenes escritores de muy diversa ideología. Era la suma de todos estos grupos juveniles que proliferaban por los distintos bares y pisos de la ciudad, aglutinándolos y canalizando sus aficiones literarias. En El Turia leyeron sus escritos gente como Ana María Matute, Juan Goytisolo, yo mismo, Luis Carandell, José Agustín Goytisolo, Carlos Barral, Julio Manegat, Juan Germán Schroder y muchos otros amigos (Bonet, 27 de mayo de 1992 ).