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Ínsula 738 Ínsula

La tertulia, un estado de ánimo

por Laureano Bonet
Ínsula nº 738, Junio 2008

Número de páginas: 4
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Por otro lado, y casi huelga recordarlo, siempre tiene lugar un proceso selectivo en la aceptación de los posibles integrantes de la tertulia, proceso a medias consciente e inconsciente: las afinidades electivas juegan aquí un papel crucial. Unas mismas ideas estéticas, políticas, sociales; una cierta igualación en la edad y en la procedencia social; intereses profesionales compartidos; tal vez unos gustos semejantes en la etiqueta de las bebidas: en esta orquesta dirigida con mano firme -pero comedida - por un maestro de ceremonias no suele tolerarse las voces que desafinen en demasía... J. M. Castellet ha confesado que, en sus años juveniles -y tras salir de la universidad-, tuvo bien claro el núcleo catalán del medio siglo el papel que jugaría la «inteligencia selectiva» para, con ello, autoprotegerse al máximo, pues nuestro grupo estaba rodeado de mucha gente y entre esa gente había poetas, algunos bastante malos. No sé si atribuirlo al rigor que exigía Manolo Sacristán, o a la no menor severidad de Gabriel Ferrater, pero es evidente que hicimos una criba y si el grupo alcanzó a ser homogéneo en tantos aspectos es porque valorábamos muy en particular la inteligencia, palabra mágica para nosotros. Solíamos decir en nuestras reuniones: fíjate, este ensayista o narrador es inteligente, pero aquel poeta no lo es... Ahora bien esta inteligencia debía estar acompañada, además, de una cierta capacidad de seducción y brillantez. Los escritores que carecían de tales cualidades eran excluidos con cierta crueldad de nuestras tertulias y actividades editoriales.
Para concluir Castellet que «esa arrogancia tan propia, además, de la juventud era consecuencia de nuestra falta de maestros, viéndonos forzados, por ello, a ser una generación por completo autodidacta: de hecho, ejercíamos nosotros mismos de maestros, pasándonos novelas, ensayos, poemas y discutiéndolos largamente -de ahí, no lo olvides, nació la inspiración para escribir La hora del lector -. Así, en estas tertulias los comentarios que cada uno hacía, sobre todo si eran originales -el último poeta inglés leído por Gil de Biedma, pongo por caso- nos daban un sentido de la amistad y de la coherencia como grupo que se está formando. Sí, la palabra inteligencia era mágica: nos fascinaba más que la bondad, lo reconozco» (Bonet, 18 de septiembre de 1990 ).
Esta rememoración coincide con lo que comenta -en un plano ahora académico- Ágnes Heller a propósito de las tertulias, especialmente la tertulia juvenil: «una comunidad de elección» que implica siempre una intensa «consciencia del nosotros», y conciencia que alcanza aún mayor brío cuando se comparte una «función común» (1977: 84 y 85). Todo eso (y volvemos a Escuela de Barcelona) es perceptible en los siguientes versos de Jaime Gil, versos que -a partir de un poderoso apóstrofe- van deslizándose en forma de reguero autobiográfico en unos tiempos juveniles orientados a construirse una nueva mentalidad, en pugna con los cánones vigentes entonces:
Mirad: somos nosotros. Un destino condujo diestramente las horas, y brotó la compañía. Llegaban noches. Al amor de ellas nosotros encendíamos palabras, las palabras que luego abandonamos para subir a más: empezamos a ser los compañeros que se conocen por encima de la voz o de la seña (1959: 11).
La tertulia, una abreviatura
Estos versos (como el anterior testimonio de J. M. Castellet) invitan nuevamente a reflexionar sobre los vínculos existentes entre tertulia y juventud, o, hilando más fino, entre una tertulia y la construcción de un grupo generacional: la misma Ágnes Heller estudia cómo la creación de un círculo de amigos con creencias afines implica, en mayor o menor medida, la «maduración de la personalidad» de sus miembros (1977: 70). Y, con ello, la solidificación de un foco intelectual que aspira, a menudo con singular agresividad, a ocupar los núcleos de producción cultural en un momento histórico, sobre todo cuando éste se halla inmerso en honda crisis: los llamados «puntos límite de la Historia», según expresión acuñada asimismo por la filósofa húngara (1977: 388). Hecho curioso: medio siglo antes que Ágnes Heller reflexionara sobre tales interacciones, ya Manuel Azaña en un agudísimo (y algo cruel) ensayo sobre los escritores del 98 apuntó cómo éstos activarían su propia identidad de grupo al coincidir su crisis de crecimiento psicológico, o intelectual -el «conflicto de la vocación»- con la crisis envolvente del «desengaño ante la derrota» (1966, I: 557).
Ahora bien, si el núcleo familiar puede considerarse como la miniaturización de la sociedad, bien podrían ser la tertulia, el círculo, una abreviatura de la propia comunidad literaria, con su poder hegemónico y los contra-poderes que pugnan por sustituir al primero para, de esa manera, hacerse una firma, amén de instaurar nuevos valores culturales, frente a inercias ideológicas (entienden) muy envejecidas: la forja, repitámoslo, de una nueva mentalidad. En algunas de las más deslumbrantes páginas de La novela de un literato, evoca Cansinos-Asséns cómo en el Madrid de finales del XIX , y a resultas del desenlace de la guerra hispano-americana, se extendió la miseria económica entre los jóvenes. Tal hecho y en el terreno, ahora, de las letras, se visualizaría en numerosas tertulias, corros y salones -como el presidido por Carmen de Burgos-, adonde iban a parar los desechos intelectuales que malvivían en los bajos fondos de la ciudad. Cenáculos en los que, además, las promesas aún en agraz se mezclaban con escritores ya maduros, sumidos en el fracaso y el alcohol. En resumidas cuentas, los «hampones literarios» que anegaban las tabernas, los cafés, las vías públicas haciendo tertulia alrededor de una mesa de pino, o formando corrillos por la Puerta del Sol (1982, I: 111). Como, en fin, recuerda Cansinos- Asséns, La Puerta del Sol era en aquel tiempo una especie de ágora donde pululaban literatos bohemios y filósofos cínicos. Siempre, al desembocar en ella, algún desconocido se destacaba de los grupos y os saludaba y obligaba a deteneros. Formábanse allí corrillos perennes, día y noche, y en unos se hablaba de política y en otros de literatura.
-Son los antiguos mentideros -comentaba Villaespesa. -Es el patio de Monipodio -definía Bargiela-. De allí salían aquellos individuos sucios y harapientos que os pedían un cigarro o unas perras para tomar un vasito a cambio de unas lisonjas hiperbólicas (1982, I: 110).
Estos últimos renglones hacen hincapié en la dimensión sociológica de la tertulia en el Madrid de entre siglos: la bohemia se daba la mano con el hampa. Pero una aproximación más plástica -resaltando determinados signos que conforman esos cenáculos- podría también sernos muy útil, situándonos ahora nuevamente en el espacio acotado de las élites. En el año 1933, por ejemplo, Edmund Wilson reseñó el libro de Gertrude Stein The Autobiography of Alice B. Toklas , en cuyas páginas se habla de la vida amorosa y social de ambas mujeres y, como telón de fondo, despunta bullicioso el París de las primeras décadas del siglo XX . Le atrae en particular al gran cronista de la Lost Generation el salón que presidió esta pareja en el 27 de la rue de Fleurus, definiéndolo como «un organismo artístico-social-intelectual », organismo decisivo, añade, para la implantación de las más osadas vanguardias en la Europa de aquellos días. Y salón -concluye ahora con dejo proustiano- donde Gertrude Stein imponía siempre su vigorosa personalidad, un poco a la manera de madame Verdurin, pues «Se tiene la impresión de que cuando sus protegidos (Matisse o Hemingway) se trasladan a otro lugar, o dejan de necesitarla, ya no puede creer en ellos tan firmemente » (1961: 575 y 576).
La tertulia, un «mirador»
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