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Ínsula 738 Ínsula

La tertulia, un estado de ánimo

por Laureano Bonet
Ínsula nº 738, Junio 2008

Número de páginas: 4
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«... es evidente que en Madrid se vive demasiado en el café...» (Clarín, 1886: 19).
A lo largo de los últimos decenios ha tenido lugar -y perdóneseme la simplicidad de estos párrafos iniciales- el progresivo declive de dos corrientes hegemónicas en la crítica del siglo XX , aun cuando sería temerario rechazar algunos de sus logros más útiles: el formalismo a ultranza, con sus derivaciones estructuralistas, tan extremosas, y, frente a él, un sociologismo de cariz positivista o marxista. El primero, obstinado en alejar el texto literario de cualquier escenario autorial o histórico. El segundo, reduciendo la obra artística a mero documento, ausente no pocas veces el más mínimo asomo de expresividad autorreferencial. De acuerdo con Emil Volek, el formalismo juzgaba un poema, una novela como textos autosuficientes que flotan en un vacío ajeno a la Historia, y cuyos resortes estilísticos estarían «ensamblados mecánicamente tal como lo están las partes funcionales» de un automóvil (1992: 21). Mientras, por otro lado, y en palabras ahora de H. R. Jauss, la crítica marxista apenas pudo superar la reducción de la obra de arte «a una mera función reproductora», si bien a la larga algunas voces discordantes no pudieran ocultar el «carácter formador de (auto)realidad del arte» (2000: 148).
Con el actual cuestionamiento de esos dos presupuestos el texto ha retornado a la vida (y al autor), no por la vía de la abstracción, sino resaltando, al contrario, el juego convivencial entre ambas partes, con sus múltiples acciones y reacciones. En este sentido algunas ideas que vieron la luz en la primera mitad del siglo XX (y que, por su heterodoxia, no lograron fácilmente abrirse camino) inspiran con fuerza la teoría literaria de estos últimos tiempos: tal ocurre con Mijail Bajtin, su discípulo Valentin N. Voloshinov o Boris Eichenbaum, entre otros críticos no menos valiosos. Recuérdese la tan fértil noción de las contigüidades , o vecindades del primero, y el acento puesto por Eichenbaum en la «correspondencia », o «interacción», entre lo artístico y «los hechos exteriores», algunos de ellos parte sustancial en el trajinar cotidiano del escritor (Volek, 1992: 245). Pero no menos destacables son las ideas de Voloshinov acerca de los engarces entre la literatura y la realidad, una realidad que penetra en el texto, fecundándolo por medio de la parole o habla viva. Así lo abona esta cita, vieja en años pero rica aún en sugerencias:
Donde el análisis lingüístico ve sólo las palabras y las interrelaciones entre sus aspectos abstractos (fonéticos, morfológicos, sintácticos, etc.), la percepción artística viva y el análisis sociológico concreto descubren las relaciones entre personas, sólo reflejados y fijados en el material verbal. El discurso es un esqueleto que se cubre de carne viva en el proceso de la percepción artística y, por lo tanto, sólo en el proceso de la comunicación social viva (Volek, 1995: 217).
El arte de la conversación
Palabra carnal; seres humanos hablando entre sí; comunicación espontánea; percepción artística no menos nerviosa, etc. Tales enunciados nos invitan a estudiar dichas interrelaciones entre el existir, el convivir y el escribir que, en buena medida, pueden plasmarse en este hecho plural, y tan ruidoso, que conocemos como la vieja academia, el círculo, el salón, el cenáculo, el café, el bar, el club, el mentidero, el corrillo, el pub y hoy -en plena era cibernética- el blog , la charla entre internautas que supera las barreras físicas y se derrama por todo el planeta: por ejemplo, el recién inaugurado blog literario La nave de los locos, de Fernando Valls. La clásica tertulia, en ocasiones tan hermética, parece por tanto internacionalizarse, abierta como está a los cuatro vientos electrónicos, aun cuando en este caso sea a medias tertulia y escritura epistolar, pues, como exponía un tratadista del siglo XIX , «No es más una carta que una conversación entre personas ausentes; por lo mismo la elocuencia correspondiente a ésta, debe ser la que caracterice a aquélla; esto es, el mismo estilo que se usa cuando se habla» (J. M., 1858: 5). En suma, el arte de la conversación inserto en la vida que fluye, líquida e incontenible: la tertulia, sí, personaje central de este número de ÍNSULA .
No escasean los lienzos que recogen algunas famosas tertulias, esas figuras oscilantes, vibrátiles tan características, repitámoslo, del hecho literario más vivaz, desplegando sus humildes convenciones, el gesto huidizo, la efímera tensión dialogal, a diferencia de la gran liturgia (un tanto congelada) más propia de la moderna Academia y sus canónigos: el epicentro, en este caso, del poder cultural. Acude veloz a nuestra memoria el cuadro de J. Gutiérrez Solana, La tertulia del café Pombo, cenáculo que, casi resulta ocioso recordarlo, gobernó Ramón Gómez de la Serna. Pero trasladémonos a las letras inglesas para hacer hincapié en el óleo de Vanessa Bell The Memoir Club -tal era el nombre de la tertulia-, compuesto hacia 1943, y en el que asoma buena parte del Círculo de Bloomsbury en reposado coloquio: Leonard Woolf, E. M. Forster, Duncan Grant, Maynard y Lydia Keynes, mientras los contertulios fallecidos están representados en los retratos que cuelgan en una pared, entre ellos Virginia Woolf y Lytton Strachey. Una Conversation Piece, a no dudarlo, que refleja la gestualidad flemática, el elegante desaliño, la palabra saliendo de los labios entre bisbiseos, con aquella indolencia tan típica de las élites anglosajonas del pasado siglo: acaso lo más cercano al Jardín de Epicuro. Una seña de identidad, en fin, que los vendavales de la Historia habrán ya barrido y un tanto distinta a las tertulias hispánicas, donde abundan las palabras atronadoras, las frases que saltan como chasquidos -el sarcasmo suplantando tantas veces a la ironía.
¿Es posible hablar de una cierta institucionalización de la tertulia? Y, en caso afirmativo, ¿cabría realizar el recuento de algunos rasgos estables? Es decir, una fisonomía que se mantenga indeleble con el paso del tiempo y de las lógicas mutaciones en la convivencia de un pequeño círculo intelectual. Probablemente el término institucionalización no sea el más idóneo, pese a que las tertulias antes mencionadas -junto a otras que, en el caso de las letras españolas, han mantenido su fuego largos años- sean vistas como agrupaciones bien ajustadas, con un discreto ramillete de fórmulas que los integrantes del grupo han de respetar, fórmulas a menudo secretas, o sobreentendidas, nunca expuestas ante la mirada ajena. Lo indecible, por cierto, puede dibujar más fielmente, y por la vía negativa, la verdadera faz de cada cenáculo o peña (quizá el término peña ofrezca hoy una expresividad más bien festiva o lúdica).
«Encendíamos palabras»
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