En un lúcido y valiente artículo, «Fingiendo no ver nada», publicado en Revista de Occidente , julio-agosto de 2006, Julia Uceda denunciaba la corrupción de las palabras, la destrucción del lenguaje por los intereses económicos e ideológicos en un mundo amenazado y desorientado al mismo tiempo. Coherente con esa línea de pensamiento y esa postura moral, nos ha ofrecido su última entrega poética: Zona desconocida , Sevilla, Vandalia, 2006, una incursión en otros territorios de la existencia, más allá de la realidad visible; un adentrarse, con todos los riesgos que conlleva, en lo que Juan Ramón Jiménez llamaba la «realidad invisible», aquella que aún no ha sido nombrada, pero que necesita que se la dote de la palabra para hacernos sentir su presencia. No es una tarea fácil, y de ahí que el nuevo libro no forme parte, por fortuna, de las lamentablemente elogiadas «lecturas fáciles», muestras flagrantes de la debilidad de un pensamiento, que no quiere ver lo que pasa a su alrededor. Muy al contrario de esos laureles de plástico, de superventas y supercherías, la Zona de Julia Uceda es la de lo ignoto, la de lo no transitado, la del misterio en definitiva, pero que no está en las antípodas de lo cotidiano, sino en lo cotidiano mismo. Hay unos versos en una de las composiciones de mayor hermetismo del libro, de atmósfera más fantasmagórica -no en vano el poema se titula «The ghost and Mrs. Muir»-, que expresan muy certeramente esta fusión de lo fantasmal con lo diario. La misteriosa sensación de percibir una presencia que no tiene nombre se produce:
en un supermercado,
entre peces y panes
La ubicación no puede ser más realista y precisa: un lugar de asistencia diaria, entre elementales alimentos, peces y panes, que evocan aquella milagrosa multiplicación evangélica.
La palabra de Julia Uceda puede resultar, muy a menudo, difícil, porque el mundo que representa es con voluntaria insistencia el de lo inefable, lo que no se puede explicar con palabras, y las suyas nunca son mentirosas, vacías, contrarias a lo que quieren y deben decir, sino muy verdaderas, muy personales, nacidas desde dentro, descubiertas con la mirada interior que aprehende y penetra en lo que se fija. La dificultad en la comprensión de su discurso poético, no de todo él, sino de buena parte de éste para ser más exacto, puede provenir también no ya de lo inexplorado, sino de las limitaciones del receptor, habituado a comprender el mundo y a leerlo desde una determinada óptica: la de la mentalidad y el lenguaje occidentales, y Julia desde los inicios de su larga carrera poética, que abarca ya el último medio siglo, se ha ido colocando más allá de esos límites de Occidente para incorporar más y más cada vez los horizontes de Oriente. Así, para nada resulta gratuito que la cita que abra el poemario sea la de Daito Kanushi, un budista del siglo XIV , con todo un programa, como bien señala Miguel García Posada en el ensayo que completa la publicación del libro, de «comunicación sensorial con el mundo», la de que el ojo pudiera oír y la oreja ver: la maravilla de lo mínimo percibida a través de una sinestesia ideal; como coherente es con lo anterior la otra cita que figura al frente de la primera de las tres secciones del libro, «De las preguntas», la de la epopeya india del Mahabharatha : «Hay infinidad de criaturas. A unas las vemos, a otras no».
De esas criaturas que no vemos y también de las que vemos es de lo que trata Julia en estos 28 poemas, escritos entre 1995 y 2006, que conforman el libro. Nos habla de todas ellas, pero también se pregunta muchas cosas sobre ellas. Porque si nosotros los lectores no entendemos a veces lo que quiere decir, tampoco ella entiende siempre el lenguaje de las criaturas sean o no visibles. De ahí esa abundancia de interrogaciones:
La página inundada de silencio.
¿La entiende alguien?
se pregunta en el poema inicial, «La carta». En el segundo, «¿Dónde la casa?», las preguntas se multiplican ya desde el título mismo: «¿Dónde la casa?/ ¿Qué número, qué calle?/.../ ¿por qué no tengo miedo si es de noche/o noche me parece?/¿Por qué abro puertas a otras puertas?/¿Por qué no hay luz/...
Y muchas otras interrogaciones a todo lo largo de sus páginas: sobre el ser, lo que es, ha sido o pudo haber sido, o puede ser; sobre los sueños, los propios o los de los otros; sobre los recuerdos; los olvidos; la huida del caos; el dolor de las víctimas; el silencio de los dioses; la desmemoria para con los muertos. Preguntas y preguntas que nos revelan por una parte la decidida voluntad de la poeta de llegar hasta las últimas consecuencias, de alcanzar el alma de las criaturas, en un continuo afán de busca, de culminar su «aventura del conocimiento»; y por otra, la gran preocupación social, de hondas raíces existenciales, que le lleva a enfrentarse con las cuestiones más candentes de su momento histórico: los muertos de Normandía y del bombardeo atómico de Hiroshima, el horror de la actual guerra de Irak, la reciente profanación de Casas Viejas, al convertir ese lugar, «sagrado», en un hotel y campo de golf para diversión de «fugaces viajeros». Qué constancia en sus denuncias desde aquella lejana Extraña juventud (1962) donde su rebelión contra la injusticia de los poderosos se ha mantenido firme hasta el día de hoy, pese a los laureles o los abrojos de los años.
La mirada de Julia percibe muchas más criaturas de las que se suelen ver. Sus ojos, que semejan físicamente más los de una japonesa que los de una sevillana, tienen una luz especial, capaz de iluminar zonas de nieblas e incluso de tinieblas donde habitan esas criaturas, invisibles para la mayoría de los occidentales. Esa capacidad iluminadora la ha adquirido en buena medida a través de sus múltiples lecturas de poetas y escritores de otras tradiciones: budistas, taoístas, hindúes, japoneses, chinos, árabes, judíos; culturas y pueblos que han prestado más atención a ciertos aspectos de la realidad (el cuerpo, los sentidos y la relación entre éstos, la percepción del tiempo más allá del tiempo mismo, los sueños, la muerte, sus posibles reencarnaciones...), aspectos en buena parte relegados a segundos o últimos planos en Occidente por el racionalismo dominante, aunque progresivamente incorporados a partir del movimiento simbolista, los estudios psicoanalíticos, los surrealistas y otras tendencias modernas de las que Norteamérica, y Julia vivió allí años decisivos, ha sido pionera. Así, la cita del último poema: «... todos los muertos inquietantes, recordados », debida a Kenneth Rexroth, un poeta nacido en 1905, en Indiana, y muerto en California en 1982, mentor de la generación Beat y excelente traductor de poesía china y japonesa. Un poeta muy leído y recomendado por Julia Uceda por representar esa cultura totalizadora que absorbió lo mejor de Oriente y Occidente.