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Ínsula 735 Ínsula

La narrativa española en el 2007

por Fernando Valls
Ínsula nº 735, Marzo 2008

Número de páginas: 6
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Han aparecido simultáneamente dos primeras novelas, escritas desde Barcelona, que tienen sustanciales diferencias pero también elementos en común. Me refiero a las de Javier Pérez Andújar y Quim Aranda. La del primero, una novela de iniciación, apunta, por medio de la crónica de un suburbio urbano en los setenta, al modo en que un niño construye su educación sentimental en la subcultura de los tebeos, la televisión y los libros; a sus sueños, en suma, a través de la camaradería (inolvidable Ruiz de Hita), de una generación de príncipes que intentan conquistar su nueva ciudad, según definición afortunada del autor. La del segundo, a caballo entre la crónica y la ficción, se ocupa de la emigración andaluza que llegó a Cataluña en los 50 y 60, a la vez que relata una trágica historia de amor, por medio de la reivindicación de la memoria, en todos sus matices y complejidad, pero también a través de cómo funcionan los peculiares mecanismos del recordar, para llegar a saber quiénes somos, cómo se ha ido armando nuestra identidad.
La oportuna novela de Pérez-Reverte, sobre los sucesos del 2 de mayo (quien en sus declaraciones se decanta por los afrancesados, mientras que en su relato resulta imposible no sumarse al pueblo en armas), bien escrita y construida, resulta amena, un modelo de lo que debería ser siempre una narrativa dedicada a un público mayoritario, y ello a pesar de que a veces ahogue la historia con innumerables nombres y datos innecesarios.
Las novelas de Juan Cruz Ruiz y Juan Pedro Aparicio pueden leerse como dos cartas, dirigidas al padre, la una, y a la madre, la otra; la primera escrita a la manera de un libro memorialístico, mientras que la segunda se presenta en forma de ficción narrativa. El género de Ojalá octubre (Alfaguara), de Juan Cruz, aunque no resulte fácil de precisar, se mueve cerca de los presupuestos de las memorias noveladas. Quizá sea éste el formato en donde el autor se desenvuelve con mayor soltura y acierto. Un narrador en primera persona, el mismo autor, sin disimulo alguno, recuerda a su padre, pero también la España miserable del franquismo, en la que le tocó vivir, a partir de 1948. El libro nos muestra también un doble retrato, ya que el más pormenorizado del padre, pasa inevitablemente por el del autor, sobre todo de aquel Juanillo niño que fue, como si de unas memorias de la infancia se tratara, pero también por la visión de la madre, una figura de fondo, equidistante entre los dos hombres de la casa. Es, además, un libro sincero y emocionante, por el empeño que pone el autor en comprender a un padre algo distante y melancólico, a veces hosco, torpe para desenvolverse en la jungla de la España de la postguerra, y sin embargo vital. Quizás el otro tema del libro sea el ansia de felicidad, su búsqueda incesante en condiciones precarias. Si el libro de Juan Cruz puede leerse como una carta al padre, el de Juan Pedro Aparicio, Tristeza de lo finito , va dirigido a la figura materna, aunque sea en forma de novela corta. La muerte de Clara Álvarez Ortiz, madre del narrador, su incineración, motivo del que se ocupa, exigía intensidad, a lo que el autor añade una prosa medida, cuidada, en donde se impone una emoción contenida. Sin duda, el tema del relato es la infelicidad de esta mujer, víctima de las represiones de la España que le tocó vivir, pero también de un padre distante y autoritario, un marido que no logró hacerla feliz, de quien además no podría separarse, pero con quien decidiría, al menos, no compartir la sepultura. Y una vez más, en cambio, decepcionan novelas que han obtenido premios como el Biblioteca Breve, otrora prestigioso, y el Alfaguara, que en muy contadas ocasiones ha logrado dar con un rumbo adecuado.
El cuento
Por lo que se refiere al cuento, destacaría el regreso de Enrique Vila-Matas al género (Exploradores del abismo , Anagrama), así como los libros de varios nombres nuevos: Voces de humo (Páginas de Espuma), de Pablo Andrés Escapa; Trescientos días al sol (Xordica), de Ismael Grasa; Lugares comunes (Páginas de Espuma), de Irene Jiménez, y Gritar (Lengua de Trapo), de Ricardo Menéndez Salmón. Además, habría que añadir las irregulares entregas de dos autores consagrados, José Jiménez Lozano (La piel de los tomates , Encuentro), y Antonio Pereira (La divisa en la torre , Alianza ), cuyas piezas aunque tengan «vocación de cuento» y se nos presenten como tales, están más cerca del artículo o de la anécdota, sin que falten un par de microrrelatos. Siendo completamente distintos, recomendaría los volúmenes de Ramón Acín (Hermanos de sangre, Páginas de Espuma) y Montero Glez (Besos de fogueo , El Cobre), cuya prosa se ajusta a la perfección a lo que desea contar, y quien se lleva mi particular reconocimiento al mejor título del año, pues titular bien tiene su miga.
Lo que más me interesa de Vila-Matas, quien en esta ocasión se muestra dubitativo, es que sus libros nunca dejan indiferentes, siempre busca nuevos caminos, nuevas vías para encarar los pliegues de la realidad. Es uno de esos autores que ha encontrado una voz propia, casi siempre convincente para el lector, distinta de todas las demás, lo que le permite tratar cualquier asunto, hibridando géneros, barajando a su antojo ficción y realidad, narrativa y ensayo. Otras veces, Vila-Matas cae en la desmesura y entonces la prosa se le atasca; como si no acabara de encontrar la dimensión exacta para tratar un asunto. Su último libro me parece irregular, aunque quizá lo más valioso se halle en ese prólogo extraordinario que se titula «Café Kubista», con su divertido mea culpa (pp. 13 y 14); en el relato «Porque ella me lo pidió», donde se condensan los mejores rasgos de su nueva máscara, barajando vida y literatura con «ironía templada»; en la alternancia entre cuentos, microrrelatos y ensayos (como en «La gloria solitaria»); en lo que tiene de diálogo de besugos «Vida de poeta»; o en cómo, en «Nunca hizo nada por mí», el comienzo de un cuento queda transformado en microrrelato.
Número de páginas: 6
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