Por su parte, el relato de Luis Mateo Díez, La gloria de los niños (Alfaguara), debe de tener su origen remoto en los cuentos populares y fabulísticos, no en vano el protagonista se llama Pulgar, así como un referente más cercano en el cine y la narrativa neorrealista, de Vittorio de Sica (en la cubierta aparece un fotograma de Ladrón de bicicletas) a Ignacio Aldecoa. En él se cuenta la encomienda que antes de morir le hace un padre a su hijo mayor, y que consiste en la búsqueda de sus tres hermanos menores, perdidos en la confusión de la guerra. El chico, a quien se define como «un hombre que supo buscar la felicidad entre los avatares y desgracias de la vida» (p. 79), deambula en soledad, va recorriendo calles y barrios, topándose con distintos personajes y viviendo diversas aventuras, hasta dar con su objetivo. En el camino hallará seres bondadosos que lo socorran y otros con los que intercambie favores. La gloria de los niños puede leerse como una novela sobre la maduración personal, que muestra cómo la fuerza de los niños radica en la inocencia y la bondad, y que bastan estas armas para dar con su hermana Ninfa y con los gemelos Nino y Vero, aunque él acabe solo, sintiéndose más huérfano que nunca, acaso recordando aquel momento de plenitud alcanzado en su infancia.
Ricardo Menéndez Salmón ha comenzado a obtener un cierto reconocimiento literario, tras publicar diversos libros narrativos en editoriales periféricas como KRK y Trea, de Oviedo, que desarrollan -junto a otras similares- una impagable labor en favor de la buena literatura. En realidad, La ofensa (Seix Barral) más parece el esqueleto de una novela que una novela corta, sin que este juicio esconda ánimo peyorativo alguno, claro está, bien al contrario, pues lo considero producto de una decisión estética. Esta narración simbolista y existencial, protagonizada por Kurt Crüwell, puede entenderse como un viaje que concluye con el regreso al punto de partida, en el que un individuo resulta arrasado por el peso de la Historia. Así, este sastre alemán, amante de la música, un típico antihéroe, se ve inmerso en los horrores de la guerra, del nacionalsocialismo, acabando por insensibilizarse y desvincularse de una realidad que le resulta completamente ajena. Ya exiliado en Londres, donde trabaja como vigilante en un cementerio, el amor de Ermelinde, el hijo que espera y la adopción de una nueva identidad y lengua, lo encaminan a una cierta normalidad. Al fin y a la postre, el relato, que tampoco carece de detalles humorísticos, desemboca en un final metafórico y misterioso, ya que el reencuentro del protagonista con su peor pasado, su experiencia en la guerra, aunque sólo sea a través de las imágenes de un documental, termina con él, lo mata justo cuando acababa de comprender que «el asombro [...] es una categoría de lo cotidiano, y que sólo hay un dios, el azar, y que sólo existe una religión, la casualidad» (p. 132). El autor ha definido su novela, yo no sería capaz de hacerlo mejor, como «la odisea de un hombre bueno en un mundo en el que la inocencia ya no es posible», o de qué modo una locura colectiva arrolla siempre a los seres indefensos.
Entre las narraciones de entidad literaria, me parece que la que ha cosechado una mayor aceptación entre el público ha sido la de Almudena Grandes, El corazón helado (Tusquets). Novela realista, de estirpe galdosiana, y no por ello menos ambiciosa, en ella se cuenta la historia de dos familias, desde la guerra civil hasta nuestros días: los Fernández Muñoz, ricos republicanos que deberán exiliarse, tras ser despojados de su patrimonio, y los Carrión, enriquecidos durante el franquismo de manera fraudulenta. Pero toda la trama gira en tono al encuentro entre dos de sus vástagos, Raquel y Álvaro, quienes se enamoran y deciden aclarar el pasado, una historia familiar de víctimas y verdugos, para dar con la verdad. Lo que da pie a una lectura de nuestra historia durante los últimos ochenta años, con una apuesta en favor de la cultura republicana. Y aunque, en lo sustancial, sea una novela lograda, pues la autora maneja bien tanto la historia como las relaciones individuales, a mi juicio se recrea demasiado en algunos episodios, pecando de prolija, acaso dosificando mal lo sentimental, mientras que zanja demasiado rápido -por ejemplo- el escalofriante episodio de Araucas. No digo que sea larga, sino que es innecesariamente larga. Y aunque hubiera mejorado con una prosa algo más austera, casi siempre logra dar con el tono adecuado para lo que desea relatar. Es, además, una de esas novelas que se leen con placer, que engancha, al interesar desde el inicio su relato, capaz -en suma- de atraer lectores.
Finalmusik (Anagrama), de Justo Navarro, no es obra fácil de sintetizar y valorar en pocas líneas. Sí podemos decir que es una novela arriesgada y atípica dentro del panorama español. Relato sobre el fin de una época, la acción transcurre durante el verano del 2004, en una Roma amenazada por el terrorismo islamista. Su original desarrollo la convierte en lectura para avezados, en consonancia con la trayectoria del autor. Puede leerse, en suma, como una versión simbólica de los tiempos que corren, de la fauna que nos rodea (aquí representada por la Italia de Berlusconi, pasada de rosca...), pues no faltan ni terroristas, criminales, curas, políticos, profesores, traductores (el mismo narrador protagonista, J. N.), como tampoco películas, móviles, gentes de éxito y fracasados, boxeadores olímpicos que quieran ser barberos, ni la debida confusión entre realidad y ficción, lo vivido y lo leído o visto en una pantalla, problemas con la identidad, el sexo, abandonos sentimentales y las consiguientes disputas familiares. Tras la placentera lectura, sólo queda exclamar que ojalá se tratara del fin de una época y una manera de vivir la existencia, aunque todos los síntomas apuntan a que las cosas no irán precisamente a mejor.