Parece ya un rito casi obligado la elección, cada final de año, de los libros de mayor entidad literaria, entre otras razones porque los lectores esperan que cumplamos con él. Si algo caracteriza a este curioso género del balance literario es la absoluta imposibilidad, incluso física, de cumplir lo que el título promete. Es difícil decir, a ciencia cierta, si se trata de un género tan codificado como el soneto, aunque estoy tentado a afirmar que lo es, puesto que uno no tiene más remedio que empezar confesando sus limitaciones, las cuales consisten, en esta ocasión, en ocuparse sólo de aquellos libros que haya podido leer, y le hayan interesado, que no han sido pocos, como pronto verán. Tampoco quiero dejar de confesarles que he intentado leer todas aquellas narraciones que me suscitaban curiosidad o algún interés, o aquellas otras a las que algún que otro crítico apreciado, no son pocos, le llamaba la atención. En fin, debo reconocer, por último, que todas estas limitaciones no son sino otro aliciente más para ensancharle las costuras al género, intentando hallar algún pequeño resquicio por donde subvertir los cánones establecidos, que también los tiene.
A mí me parece que los balances del año literario pueden ser muy útiles para los lectores, además de un ejercicio sano para los críticos. Deberían lograr que aquéllos se decantaran por algún buen libro desconocido todavía; mientras que, en el caso de los críticos, se convierte en un ejercicio de literatura comparada, mediante el cual poder jerarquizar sus gustos y poner de manifiesto sus criterios. A la larga, supone una prueba de fuego para su débil credibilidad, siempre puesta en entredicho.
El resultado del año literario, en lo que a la narrativa se refiere, sólo puede ser tachado de bueno, puesto que a las tres novelas más destacadas, la de Rafael Chirbes, Javier Marías y Luis Mateo Díez, habría que añadir las también muy sugestivas de Almudena Grandes, Justo Navarro, Luis Landero, Ricardo Menéndez Salmón y José María Merino. Este último, además, ha recopilado en un solo volumen sus excelentes microrrelatos completos, siendo ya considerado un reconocido maestro del género en todo el mundo hispano. Con respecto al cuento, sobresale el libro de Enrique Vila-Matas, y un puñado de nuevos nombres: Pablo Andrés Escapa, Ismael Grasa, Irene Jiménez y de nuevo Menéndez Salmón. Están surgiendo, en efecto, voces nuevas interesantes, aunque no sean precisamente las de aquellos que más ruido arman en los medios. Mientras los que aduciremos han publicado ya unos cuantos libros atractivos; otros narradores, por lo visto menos discretos y más ansiosos, se han dedicado a hacer ruido, reclamando atención, aunque sus libros sigan sin convencernos. Y ésa es, hoy por hoy, la diferencia.
La novela
En Crematorio (Anagrama), novela de Chirbes, se nos muestra la trayectoria de una familia, los Bertomeu, y la de sus adláteres, protagonizada por dos hermanos (Rubén y Matías): uno constructor enriquecido (capitalismo, construcción y cocaína circulan estrechamente unidos), y el otro ex revolucionario dedicado a la ecología. Novela polifónica en la que todos exponen sus razones, y de ese contraste interno de voces se valerá el lector para juzgar los acontecimientos. Pero lo significativo es cómo muestra los efectos del paso del tiempo («la rata que se lo come todo», p. 136) sobre los personajes, lo que le vale a Chirbes para poner en solfa la conducta moral y su amanerada retórica, un lenguaje hueco, en donde palabras y hechos casi nunca concuerdan. Novela desesperanzada en la que no hallarán héroes, pues todos son villanos, aunque en diversos grados y por distintas razones. El autor, al diseccionar sus pensamientos, nos muestra a sus criaturas tal y como son, sin sus viejos ideales ni otras utopías o aspiraciones que las reemplacen, que no sea el dinero u otros autoengaños.
Con la novela de Javier Marías, Veneno y sombra y adiós (Alfaguara), se cierra brillantemente su ambiciosa trilogía Tu rostro mañana , uno de los empeños más perfectos de la narrativa española de las últimas décadas, quizá sólo comparable a la Antagonía , de Luis Goytisolo. Si Baile y sueño concluía con la paliza gratuita que Tupra le daba a De la Garza, con los consiguientes reproches de Deza, la nueva entrega arranca con el protagonista envenenado por los vídeos de escenas de violencia y torturas que su jefe en el M16 le muestra con el fin de conseguir información. De este modo se relaciona información y poder, que luego el intérprete de vidas utilizará para amedrentar a Custardoy. También aquí la hibridez (autobiografía y ficción, ensayo y relato) nos conduce a lo que se viene denominando autoficción , en donde predominaría en dosis similares narración y reflexión, junto con el análisis de caracteres, situaciones y conductas. Pero también asistimos al reencuentro de Deza en Madrid con su ex mujer y con su padre, así como a la conversación en Oxford con el viejo profesor Wheeler. En esta tercera parte, con su siempre singular prosa y valiéndose de la técnica del flujo de conciencia, se baraja acción y reflexión, el panorama general y la visión microscópica de la realidad. Y se resuelven los dos enigmas con que se cerraban las anteriores entregas de la serie. Gran parte de la acción transcurre en la capital española, en el ámbito de lo privado, alrededor de la vida de la difuminada Luisa, ex mujer de un Deza ahora tan celoso como preocupado, y sus amores con Custardoy. Tampoco escasean las digresiones, la reflexión en torno al lenguaje y la escritura, el humor templado y ciertas dosis de erotismo (así, el esperado y atípico emparejamiento con la joven Pérez Nuix). Pero como ocurre en el caso de Chirbes, ambos se valen de la ficción para reflexionar sobre la actualidad, puesto que también es ésta una novela acerca del «estilo del mundo», la banalidad del presente, el paso del tiempo (el cuadro de Baldung le proporciona, al respecto, una excelente excusa), sin olvidar el egoísmo y la traición, la memoria y el olvido, el amor y el desamor, la añoranza y la culpa. Marías, además, especula con la dificultad de conocer a los demás, a nuestros seres cercanos, e incluso a conocernos a nosotros mismos, quizá porque a menudo prefiramos, resulte más cómodo, no saber.