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Ínsula

La narrativa española en el 2007

por Fernando Valls

Ínsula nº 735, Marzo 2008

Parece ya un rito casi obligado la elección, cada final de año, de los libros de mayor entidad literaria, entre otras razones porque los lectores esperan que cumplamos con él. Si algo caracteriza a este curioso género del balance literario es la absoluta imposibilidad, incluso física, de cumplir lo que el título promete. Es difícil decir, a ciencia cierta, si se trata de un género tan codificado como el soneto, aunque estoy tentado a afirmar que lo es, puesto que uno no tiene más remedio que empezar confesando sus limitaciones, las cuales consisten, en esta ocasión, en ocuparse sólo de aquellos libros que haya podido leer, y le hayan interesado, que no han sido pocos, como pronto verán. Tampoco quiero dejar de confesarles que he intentado leer todas aquellas narraciones que me suscitaban curiosidad o algún interés, o aquellas otras a las que algún que otro crítico apreciado, no son pocos, le llamaba la atención. En fin, debo reconocer, por último, que todas estas limitaciones no son sino otro aliciente más para ensancharle las costuras al género, intentando hallar algún pequeño resquicio por donde subvertir los cánones establecidos, que también los tiene.

A mí me parece que los balances del año literario pueden ser muy útiles para los lectores, además de un ejercicio sano para los críticos. Deberían lograr que aquéllos se decantaran por algún buen libro desconocido todavía; mientras que, en el caso de los críticos, se convierte en un ejercicio de literatura comparada, mediante el cual poder jerarquizar sus gustos y poner de manifiesto sus criterios. A la larga, supone una prueba de fuego para su débil credibilidad, siempre puesta en entredicho.

El resultado del año literario, en lo que a la narrativa se refiere, sólo puede ser tachado de bueno, puesto que a las tres novelas más destacadas, la de Rafael Chirbes, Javier Marías y Luis Mateo Díez, habría que añadir las también muy sugestivas de Almudena Grandes, Justo Navarro, Luis Landero, Ricardo Menéndez Salmón y José María Merino. Este último, además, ha recopilado en un solo volumen sus excelentes microrrelatos completos, siendo ya considerado un reconocido maestro del género en todo el mundo hispano. Con respecto al cuento, sobresale el libro de Enrique Vila-Matas, y un puñado de nuevos nombres: Pablo Andrés Escapa, Ismael Grasa, Irene Jiménez y de nuevo Menéndez Salmón. Están surgiendo, en efecto, voces nuevas interesantes, aunque no sean precisamente las de aquellos que más ruido arman en los medios. Mientras los que aduciremos han publicado ya unos cuantos libros atractivos; otros narradores, por lo visto menos discretos y más ansiosos, se han dedicado a hacer ruido, reclamando atención, aunque sus libros sigan sin convencernos. Y ésa es, hoy por hoy, la diferencia.

La novela

En Crematorio (Anagrama), novela de Chirbes, se nos muestra la trayectoria de una familia, los Bertomeu, y la de sus adláteres, protagonizada por dos hermanos (Rubén y Matías): uno constructor enriquecido (capitalismo, construcción y cocaína circulan estrechamente unidos), y el otro ex revolucionario dedicado a la ecología. Novela polifónica en la que todos exponen sus razones, y de ese contraste interno de voces se valerá el lector para juzgar los acontecimientos. Pero lo significativo es cómo muestra los efectos del paso del tiempo («la rata que se lo come todo», p. 136) sobre los personajes, lo que le vale a Chirbes para poner en solfa la conducta moral y su amanerada retórica, un lenguaje hueco, en donde palabras y hechos casi nunca concuerdan. Novela desesperanzada en la que no hallarán héroes, pues todos son villanos, aunque en diversos grados y por distintas razones. El autor, al diseccionar sus pensamientos, nos muestra a sus criaturas tal y como son, sin sus viejos ideales ni otras utopías o aspiraciones que las reemplacen, que no sea el dinero u otros autoengaños.

Con la novela de Javier Marías, Veneno y sombra y adiós (Alfaguara), se cierra brillantemente su ambiciosa trilogía Tu rostro mañana , uno de los empeños más perfectos de la narrativa española de las últimas décadas, quizá sólo comparable a la Antagonía , de Luis Goytisolo. Si Baile y sueño concluía con la paliza gratuita que Tupra le daba a De la Garza, con los consiguientes reproches de Deza, la nueva entrega arranca con el protagonista envenenado por los vídeos de escenas de violencia y torturas que su jefe en el M16 le muestra con el fin de conseguir información. De este modo se relaciona información y poder, que luego el intérprete de vidas utilizará para amedrentar a Custardoy. También aquí la hibridez (autobiografía y ficción, ensayo y relato) nos conduce a lo que se viene denominando autoficción , en donde predominaría en dosis similares narración y reflexión, junto con el análisis de caracteres, situaciones y conductas. Pero también asistimos al reencuentro de Deza en Madrid con su ex mujer y con su padre, así como a la conversación en Oxford con el viejo profesor Wheeler. En esta tercera parte, con su siempre singular prosa y valiéndose de la técnica del flujo de conciencia, se baraja acción y reflexión, el panorama general y la visión microscópica de la realidad. Y se resuelven los dos enigmas con que se cerraban las anteriores entregas de la serie. Gran parte de la acción transcurre en la capital española, en el ámbito de lo privado, alrededor de la vida de la difuminada Luisa, ex mujer de un Deza ahora tan celoso como preocupado, y sus amores con Custardoy. Tampoco escasean las digresiones, la reflexión en torno al lenguaje y la escritura, el humor templado y ciertas dosis de erotismo (así, el esperado y atípico emparejamiento con la joven Pérez Nuix). Pero como ocurre en el caso de Chirbes, ambos se valen de la ficción para reflexionar sobre la actualidad, puesto que también es ésta una novela acerca del «estilo del mundo», la banalidad del presente, el paso del tiempo (el cuadro de Baldung le proporciona, al respecto, una excelente excusa), sin olvidar el egoísmo y la traición, la memoria y el olvido, el amor y el desamor, la añoranza y la culpa. Marías, además, especula con la dificultad de conocer a los demás, a nuestros seres cercanos, e incluso a conocernos a nosotros mismos, quizá porque a menudo prefiramos, resulte más cómodo, no saber.

Por su parte, el relato de Luis Mateo Díez, La gloria de los niños (Alfaguara), debe de tener su origen remoto en los cuentos populares y fabulísticos, no en vano el protagonista se llama Pulgar, así como un referente más cercano en el cine y la narrativa neorrealista, de Vittorio de Sica (en la cubierta aparece un fotograma de Ladrón de bicicletas) a Ignacio Aldecoa. En él se cuenta la encomienda que antes de morir le hace un padre a su hijo mayor, y que consiste en la búsqueda de sus tres hermanos menores, perdidos en la confusión de la guerra. El chico, a quien se define como «un hombre que supo buscar la felicidad entre los avatares y desgracias de la vida» (p. 79), deambula en soledad, va recorriendo calles y barrios, topándose con distintos personajes y viviendo diversas aventuras, hasta dar con su objetivo. En el camino hallará seres bondadosos que lo socorran y otros con los que intercambie favores. La gloria de los niños puede leerse como una novela sobre la maduración personal, que muestra cómo la fuerza de los niños radica en la inocencia y la bondad, y que bastan estas armas para dar con su hermana Ninfa y con los gemelos Nino y Vero, aunque él acabe solo, sintiéndose más huérfano que nunca, acaso recordando aquel momento de plenitud alcanzado en su infancia.

Ricardo Menéndez Salmón ha comenzado a obtener un cierto reconocimiento literario, tras publicar diversos libros narrativos en editoriales periféricas como KRK y Trea, de Oviedo, que desarrollan —junto a otras similares— una impagable labor en favor de la buena literatura. En realidad, La ofensa (Seix Barral) más parece el esqueleto de una novela que una novela corta, sin que este juicio esconda ánimo peyorativo alguno, claro está, bien al contrario, pues lo considero producto de una decisión estética. Esta narración simbolista y existencial, protagonizada por Kurt Crüwell, puede entenderse como un viaje que concluye con el regreso al punto de partida, en el que un individuo resulta arrasado por el peso de la Historia. Así, este sastre alemán, amante de la música, un típico antihéroe, se ve inmerso en los horrores de la guerra, del nacionalsocialismo, acabando por insensibilizarse y desvincularse de una realidad que le resulta completamente ajena. Ya exiliado en Londres, donde trabaja como vigilante en un cementerio, el amor de Ermelinde, el hijo que espera y la adopción de una nueva identidad y lengua, lo encaminan a una cierta normalidad. Al fin y a la postre, el relato, que tampoco carece de detalles humorísticos, desemboca en un final metafórico y misterioso, ya que el reencuentro del protagonista con su peor pasado, su experiencia en la guerra, aunque sólo sea a través de las imágenes de un documental, termina con él, lo mata justo cuando acababa de comprender que «el asombro [...] es una categoría de lo cotidiano, y que sólo hay un dios, el azar, y que sólo existe una religión, la casualidad» (p. 132). El autor ha definido su novela, yo no sería capaz de hacerlo mejor, como «la odisea de un hombre bueno en un mundo en el que la inocencia ya no es posible», o de qué modo una locura colectiva arrolla siempre a los seres indefensos.

Entre las narraciones de entidad literaria, me parece que la que ha cosechado una mayor aceptación entre el público ha sido la de Almudena Grandes, El corazón helado (Tusquets). Novela realista, de estirpe galdosiana, y no por ello menos ambiciosa, en ella se cuenta la historia de dos familias, desde la guerra civil hasta nuestros días: los Fernández Muñoz, ricos republicanos que deberán exiliarse, tras ser despojados de su patrimonio, y los Carrión, enriquecidos durante el franquismo de manera fraudulenta. Pero toda la trama gira en tono al encuentro entre dos de sus vástagos, Raquel y Álvaro, quienes se enamoran y deciden aclarar el pasado, una historia familiar de víctimas y verdugos, para dar con la verdad. Lo que da pie a una lectura de nuestra historia durante los últimos ochenta años, con una apuesta en favor de la cultura republicana. Y aunque, en lo sustancial, sea una novela lograda, pues la autora maneja bien tanto la historia como las relaciones individuales, a mi juicio se recrea demasiado en algunos episodios, pecando de prolija, acaso dosificando mal lo sentimental, mientras que zanja demasiado rápido —por ejemplo— el escalofriante episodio de Araucas. No digo que sea larga, sino que es innecesariamente larga. Y aunque hubiera mejorado con una prosa algo más austera, casi siempre logra dar con el tono adecuado para lo que desea relatar. Es, además, una de esas novelas que se leen con placer, que engancha, al interesar desde el inicio su relato, capaz —en suma— de atraer lectores.

Finalmusik (Anagrama), de Justo Navarro, no es obra fácil de sintetizar y valorar en pocas líneas. Sí podemos decir que es una novela arriesgada y atípica dentro del panorama español. Relato sobre el fin de una época, la acción transcurre durante el verano del 2004, en una Roma amenazada por el terrorismo islamista. Su original desarrollo la convierte en lectura para avezados, en consonancia con la trayectoria del autor. Puede leerse, en suma, como una versión simbólica de los tiempos que corren, de la fauna que nos rodea (aquí representada por la Italia de Berlusconi, pasada de rosca...), pues no faltan ni terroristas, criminales, curas, políticos, profesores, traductores (el mismo narrador protagonista, J. N.), como tampoco películas, móviles, gentes de éxito y fracasados, boxeadores olímpicos que quieran ser barberos, ni la debida confusión entre realidad y ficción, lo vivido y lo leído o visto en una pantalla, problemas con la identidad, el sexo, abandonos sentimentales y las consiguientes disputas familiares. Tras la placentera lectura, sólo queda exclamar que ojalá se tratara del fin de una época y una manera de vivir la existencia, aunque todos los síntomas apuntan a que las cosas no irán precisamente a mejor.

Hoy, Júpiter , de Luis Landero, cuenta la historia de dos vidas, y de dos familias, presentadas en capítulos alternos. Los impares los protagoniza Dámaso Méndez y los pares Tomás Montejo, hasta confluir ambas historias, emprendiendo un nuevo camino. Los personajes masculinos acaban siendo lo que les han dejado ser, si bien a menudo sueñan con mejorar y tener éxito y fortuna. Dámaso le encuentra sentido a su vida en el odio hacia su padre y Bernardo, su protegido, en la búsqueda misma que emprende de sus enemigos. Tomás, por su parte, aspira a ser escritor, aun cuando para lograrlo deba pagar primero el precio de la pérdida de su mujer y de su hija, una vida ya encauzada que se trunca. Y aunque no sea ésta una novela de intriga, el autor se vale de los mecanismos habituales del género para interesar al lector. Al menos una pregunta surge en el desenlace: ¿acaso es la vida sólo soplo y sueño, tiempo e ilusiones, como le habían dicho al niño Dámaso? Lo cierto es que para los protagonistas la existencia ha sido, además, odio y fracaso, aunque también piedad y purificación (p. 395). El autor se vale de un estilo literario sostenido por la naturalidad, el gusto por el detalle y la precisión, lo cual produce un peculiar fraseo que lo distingue de otros narradores coetáneos.

En su novela corta El lugar sin culpa. Los espacios naturales , que obtuvo el Premio Torrente Ballester, la fuga de la protagonista a una isla concluye con el regreso, en una vuelta a su realidad habitual, con las ideas más claras, y más convencida de sus obligaciones. Ángela Gracia se da cuenta de que es imposible huir, de que no hay lugares sin culpa, como tampoco hay sitios neutrales, pues siempre lleva uno consigo las inquietudes, los fantasmas, aunque en esta ocasión, la distancia, la separación, le proporcionen a la protagonista la lucidez suficiente para comprender que debe afrontar los problemas e intentar solucionarlos. En esta narración, escrita con inteligencia y maestría, Merino ha logrado sintetizar las virtudes del relato y de la novela clásica, tales como sobriedad, intensidad, tensión narrativa, y la complejidad y desenvoltura con que actúa la protagonista, sin olvidar lo ameno, según mandan los cánones del género, que siempre deben tenerse en cuenta, al menos como punto de partida, sobre todo ahora que tantos ponen en cuestión su existencia, con tan escaso fundamento por lo demás.

Siento no compartir, en cambio, el entusiasmo que algunos críticos han demostrado por la novela de Belén Gopequi ( El padre de Blancanieves , Anagrama), que a mi juicio pecaría de similares defectos que la anterior. Su literatura, desde Lo real , ha optado por tomar partido, en favor de una transformación económica de la sociedad que cree imprescindible. Nada tengo que objetar a sus objetivos políticos. Las dudas se me presentan como lector, cuando debo juzgar una ficción, una representación de la realidad que me parece simplista, ingenua y maniquea, de buenos y malos, donde los personajes son una mera excusa para demostrar unas tesis preconcebidas, como si hubiera que aleccionar a los lectores. Qué duda cabe de que la literatura siempre toma partido, y en este mismo trabajo se habla de libros que lo hacen, pero desde posiciones literarias, y políticas, más perspicaces, complejas y matizadas. El ejemplo más claro sería el de Chirbes, cuya novela se fundamenta en las virtudes que echamos de menos en ésta, prestándole un mayor servicio a la causa de la escritora.

Amado siglo XX (Planeta), de Francisco Umbral, apareció un poco antes de la muerte del escritor. Como suele ser frecuente en casi todos sus libros, conviven aciertos y desaciertos, quizá porque estaban compuestos con excesivo apresuramiento. El caso es que parece compuesto a base de recortes de otros anteriores. Como despedida no resulta logrado, ya que poco nuevo aporta. Todo lo fundamental que contiene, filias y fobias, estaba dicho antes, tanto por lo que se refiere a la política como a la literatura, los dos temas de Umbral. Existe, en suma, un gran trecho entre lo que el autor anuncia en el prólogo, sus intenciones, y lo que hallamos en estas páginas.

Me gustaría, asimismo, llamar la atención sobre unas cuantas novelas que, en su variedad y singularidad, tampoco carecen de interés, como las de Iñaki Abad (Los malos adioses, Siruela), J. M. Guelbenzu (El cadáver arrepentido, Alfaguara), Javier Quiñones (Max Aub, novela, Edhasa), Javier Pérez Andújar (Los príncipes valientes, Tusquets), Quim Aranda (El avión de madera que logró dar media vuelta al mundo , Candaya), Arturo Pérez-Reverte (Un día de cólera, Alfaguara), Juan Pedro Aparicio (Tristeza de lo finito, Menoscuarto) y Juan Cruz Ruiz (Ojalá octubre , Alfaguara).

En la novela de Iñaki Abad, a un miembro del servicio secreto español, Fernando Sanmartín de Mayorga, lo mandan a Nápoles —la ciudad es más coprotagonista que escenario del relato— con una misión doble: buscar a Isabel Varela, agente desaparecida, y cesar al responsable del espionaje en el sur de Italia, Tomás Salvador. La principal novedad que introduce Iñaki Abad en el género estriba en el cambio del punto de vista, en la utilización de la tercera persona, en vez de la primera, como suele ser habitual en este tipo de relatos. La estructura está marcada por la desaparición y la búsqueda, además de por algunos jugosos diálogos entre los personajes. El cadáver arrepentido es la tercera novela policíaca de J. M. Guelbenzu, protagonizada por la señora juez, como le gusta que la llamen, Mariana de Marco. En esta ocasión, tras meter las narices en la historia familiar de una amiga que la invita a su boda, se apoya en un capitán de la Guardia Civil para resolver el macabro caso. Así, la aparición de un cadáver en actitud arrepentida y suplicante, unos días antes de la celebración de un casamiento, ponen en marcha la curiosidad de la juez, quien logrará esclarecer los misterios que relacionan a un par de familias. En la novela, cuya acción arranca en 1914 y se prolonga durante todo el siglo, no falta el suspense, ni la peripecia trepidante. Pero, sobre todo, lo que mueve a la protagonista de este rompecabezas es su propia dignidad, que en esta ocasión, es también la de la víctima. Hasta tal punto que, en la narración, se contraponen dos maneras de vivir, de encarar la existencia, la de quienes obtienen su beneficio con el trabajo bien hecho, y la de aquellos que viven de rentas, y desean olvidar un pasado turbio. Novela de mujeres, de protagonistas femeninas, son ellas las que llevan siempre las riendas de la trama, los seres más complejos. El autor maneja con soltura los mecanismos del género y consigue dotarlos de un aire contemporáneo. Todo un reto, éste, al que se enfrenta Javier Quiñones, en su Max Aub, novela; y que consiste en reconstruir una vida agitada basándose en los datos conocidos, y en personajes reales, pero valiéndose de los instrumentos de la ficción, del que consigue salir airoso. Sin duda, un libro adecuado para iniciarse en uno de los mejores narradores españoles del XX .

Han aparecido simultáneamente dos primeras novelas, escritas desde Barcelona, que tienen sustanciales diferencias pero también elementos en común. Me refiero a las de Javier Pérez Andújar y Quim Aranda. La del primero, una novela de iniciación, apunta, por medio de la crónica de un suburbio urbano en los setenta, al modo en que un niño construye su educación sentimental en la subcultura de los tebeos, la televisión y los libros; a sus sueños, en suma, a través de la camaradería (inolvidable Ruiz de Hita), de una generación de príncipes que intentan conquistar su nueva ciudad, según definición afortunada del autor. La del segundo, a caballo entre la crónica y la ficción, se ocupa de la emigración andaluza que llegó a Cataluña en los 50 y 60, a la vez que relata una trágica historia de amor, por medio de la reivindicación de la memoria, en todos sus matices y complejidad, pero también a través de cómo funcionan los peculiares mecanismos del recordar, para llegar a saber quiénes somos, cómo se ha ido armando nuestra identidad.

La oportuna novela de Pérez-Reverte, sobre los sucesos del 2 de mayo (quien en sus declaraciones se decanta por los afrancesados, mientras que en su relato resulta imposible no sumarse al pueblo en armas), bien escrita y construida, resulta amena, un modelo de lo que debería ser siempre una narrativa dedicada a un público mayoritario, y ello a pesar de que a veces ahogue la historia con innumerables nombres y datos innecesarios.

Las novelas de Juan Cruz Ruiz y Juan Pedro Aparicio pueden leerse como dos cartas, dirigidas al padre, la una, y a la madre, la otra; la primera escrita a la manera de un libro memorialístico, mientras que la segunda se presenta en forma de ficción narrativa. El género de Ojalá octubre (Alfaguara), de Juan Cruz, aunque no resulte fácil de precisar, se mueve cerca de los presupuestos de las memorias noveladas. Quizá sea éste el formato en donde el autor se desenvuelve con mayor soltura y acierto. Un narrador en primera persona, el mismo autor, sin disimulo alguno, recuerda a su padre, pero también la España miserable del franquismo, en la que le tocó vivir, a partir de 1948. El libro nos muestra también un doble retrato, ya que el más pormenorizado del padre, pasa inevitablemente por el del autor, sobre todo de aquel Juanillo niño que fue, como si de unas memorias de la infancia se tratara, pero también por la visión de la madre, una figura de fondo, equidistante entre los dos hombres de la casa. Es, además, un libro sincero y emocionante, por el empeño que pone el autor en comprender a un padre algo distante y melancólico, a veces hosco, torpe para desenvolverse en la jungla de la España de la postguerra, y sin embargo vital. Quizás el otro tema del libro sea el ansia de felicidad, su búsqueda incesante en condiciones precarias. Si el libro de Juan Cruz puede leerse como una carta al padre, el de Juan Pedro Aparicio, Tristeza de lo finito , va dirigido a la figura materna, aunque sea en forma de novela corta. La muerte de Clara Álvarez Ortiz, madre del narrador, su incineración, motivo del que se ocupa, exigía intensidad, a lo que el autor añade una prosa medida, cuidada, en donde se impone una emoción contenida. Sin duda, el tema del relato es la infelicidad de esta mujer, víctima de las represiones de la España que le tocó vivir, pero también de un padre distante y autoritario, un marido que no logró hacerla feliz, de quien además no podría separarse, pero con quien decidiría, al menos, no compartir la sepultura. Y una vez más, en cambio, decepcionan novelas que han obtenido premios como el Biblioteca Breve, otrora prestigioso, y el Alfaguara, que en muy contadas ocasiones ha logrado dar con un rumbo adecuado.

El cuento

Por lo que se refiere al cuento, destacaría el regreso de Enrique Vila-Matas al género (Exploradores del abismo , Anagrama), así como los libros de varios nombres nuevos: Voces de humo (Páginas de Espuma), de Pablo Andrés Escapa; Trescientos días al sol (Xordica), de Ismael Grasa; Lugares comunes (Páginas de Espuma), de Irene Jiménez, y Gritar (Lengua de Trapo), de Ricardo Menéndez Salmón. Además, habría que añadir las irregulares entregas de dos autores consagrados, José Jiménez Lozano (La piel de los tomates , Encuentro), y Antonio Pereira (La divisa en la torre , Alianza ), cuyas piezas aunque tengan «vocación de cuento» y se nos presenten como tales, están más cerca del artículo o de la anécdota, sin que falten un par de microrrelatos. Siendo completamente distintos, recomendaría los volúmenes de Ramón Acín (Hermanos de sangre, Páginas de Espuma) y Montero Glez (Besos de fogueo , El Cobre), cuya prosa se ajusta a la perfección a lo que desea contar, y quien se lleva mi particular reconocimiento al mejor título del año, pues titular bien tiene su miga.

Lo que más me interesa de Vila-Matas, quien en esta ocasión se muestra dubitativo, es que sus libros nunca dejan indiferentes, siempre busca nuevos caminos, nuevas vías para encarar los pliegues de la realidad. Es uno de esos autores que ha encontrado una voz propia, casi siempre convincente para el lector, distinta de todas las demás, lo que le permite tratar cualquier asunto, hibridando géneros, barajando a su antojo ficción y realidad, narrativa y ensayo. Otras veces, Vila-Matas cae en la desmesura y entonces la prosa se le atasca; como si no acabara de encontrar la dimensión exacta para tratar un asunto. Su último libro me parece irregular, aunque quizá lo más valioso se halle en ese prólogo extraordinario que se titula «Café Kubista», con su divertido mea culpa (pp. 13 y 14); en el relato «Porque ella me lo pidió», donde se condensan los mejores rasgos de su nueva máscara, barajando vida y literatura con «ironía templada»; en la alternancia entre cuentos, microrrelatos y ensayos (como en «La gloria solitaria»); en lo que tiene de diálogo de besugos «Vida de poeta»; o en cómo, en «Nunca hizo nada por mí», el comienzo de un cuento queda transformado en microrrelato.

El libro de cuentos de Pablo Andrés Escapa, Voces de humo , debe leerse como un ciclo de cuentos sobre la llegada del ferrocarril y sus efectos sobre los habitantes y el paisaje del Valle de Laciana. Estas narraciones tienen algo de crónica y mucho de elegía, y en ellas impera el tono lírico y la palabra expresiva, mientras que imágenes y metáforas se tornan protagonistas esenciales de los procedimientos utilizados en la narración. Los mayores aciertos surgen cuando se produce una mejor dosificación de lo lírico, al depurar los diversos elementos que integran la historia, tal y como ocurre en esa pieza antológica que es «Cielo distante», sin que desmerezcan otras como «De los mares en calma», «Pálida canción de cuna», «Memoria de las virutas rubias» e «Ida y vuelta». Como ocurría en su primer libro, las pretensiones del autor, sustentadas en la idea de que «tan importante como ver mundo es no olvidar de dónde viene uno» (p. 124), su ambición literaria, lo ha llevado a convertir en palabras, en emocionantes historias, lo que sólo parecían voces de humo, perdidas quizás entre los pliegues de la memoria. Al libro de relatos de Ismael Grasa se le ha concedido el Premio Ojo Crítico. Está compuesto por once piezas realistas, sustentadas en un estilo sencillo que se caracteriza por la concisión de la prosa, lo que lo hace apto para todo tipo de lectores. En la tradición de Chéjov, Katherine Mansfield y Carver, se ocupa de episodios de la vida cotidiana, a veces sobre meros detalles o minucias, protagonizados por personajes obsesivos, e incluso algo retorcidos, que andan a la deriva, latiendo siempre la posibilidad de transgredir las normas. Aunque lo singular sea cómo consigue transitar a menudo por caminos poco trillados, adoptando soluciones distintas. Lugares comunes , de Irene Jiménez, está armado, de nuevo, como un ciclo de cuentos , escritos con una prosa fácil y protagonizados por mujeres, excepto uno de ellos. El título apela a la narración de lo cotidiano y a los sitios físicos, normales, en los que transcurren estas historias sobre la deshumanizada vida diaria en las ciudades. Aparece en ellas una sensación de insatisfacción, asombro y provisionalidad, productos de las dificultades con que se encuentran estos perplejos personajes al vivir. Mis piezas preferidas son «En la calle», «En el dormitorio» y «Lejos».

El microrrelato

En el territorio de la narrativa brevísima lo más significativo ha sido la publicación de los microrrelatos completos de José María Merino (La glorieta de los fugitivos , Páginas de Espuma); la eficiente y pertinaz labor de editoriales como Thule y Páginas de Espuma; y esa grata sorpresa que ha supuesto la antología de Relatos relámpago (Editora Regional de Extremadura, 2007), prologada por Luis Landero, muestra feliz «del microrrelato en Extremadura», como reza el subtítulo, con piezas de cinco autores, entre los que destacaría Pilar Galán y Francisco Rodríguez Criado.

Los microrrelatos de Merino son excelentes, si bien no aptos para críticos empecinados en desconocer el género, lo cual, por lo visto, no les impide juzgarlo con inusitada severidad. En este volumen recoge los dos libros que le había dedicado al microrrelato, junto con más de 55 piezas inéditas. Del conjunto habría que destacar «Telúrica», «La cuarta salida», «Satánica», «Para una historia secreta del éxito» o «La verdadera historia de Romeo y Julieta». En ellos reaparecen las inquietudes que ya conocíamos del resto de su obra: así, la utilización de lo fantástico, del terror, la vigilia y el sueño, la identidad, la muerte o el doble, sin que escaseen las reflexiones metaliterarias, como ocurre en la relectura de algunos textos clásicos. Recordemos, además, que Merino figura entre los que han teorizado con más sensatez sobre el género. Asimismo, habría que llamar la atención, puesto que me parece que nadie lo ha hecho, sobre José de la Colina, un interesante narrador español exiliado en México, quien ha publicado un sugestivo volumen de narrativa breve (Portarrelatos, Ficticia), en el que conviven con naturalidad, cuentos, microrrelatos y anécdotas.

Otras formas narrativas

En estos balances es preciso insistir siempre en que no sólo de novelas se nutren los lectores. A lo largo del año se publican otros libros con componentes narrativos que no encajan en los géneros tradicionales, ni siquiera en los periféricos. Me refiero, por ejemplo, al volumen de prosa y poesía, «relato de una espera y un crimen», del siempre lúcido Alfons Cervera (La lentitud del espía , Montesinos); o a esa insólita joya que es la antología de textos narrativos breves del trío formado por Aparicio, Luis Mateo Díez y Merino (Palabras en la nieve. Un filandón , Rey Lear). Entre los diarios, he leído con placer El cuarto de al lado (Lumen), de Gustavo Martín Garzo, que el autor preferiría que se leyera como «un libro de pequeños cuentos»; Diarios. La hierba crece despacio (Edaf), de Ignacio Carrión, que ha sido sorprendentemente silenciado, cuando tenía que haber propiciado un debate; Días de diario (Seix Barral), de Antonio Muñoz Molina, se ocupa, entre otros asuntos de interés, de las dudas que surgieron mientras escribía El viento de la Luna; así como Esperando a los años que no vuelven. Memorias de ficción, III (Destino), de César Antonio Molina, libro de lecturas y ciudades visitadas, de una cultura universal asumida; y Diario 1980-1993 (Editora Regional de Extremadura), de José Antonio Gabriel y Galán, en cuyas páginas conviven las cuitas de quien tiene un cáncer e intenta escribir su mejor novela, la titulada Muchos años después . En libros como éstos hay más literatura, y de más quilates, que en la mayoría de las novelas que nos meten por los ojos los medios de comunicación.

De sumo interés resulta también la narración de un viaje por Mongolia, obra de Carlos Jiménez Arribas (Viaje al ojo de un caballo) en la exquisita editorial Artemisa. Por último, quiero destacar los libros de artículos de Javier Marías (Demasiada nieve alrededor , Alfaguara) y Manuel Vicent (El cuerpo y las olas , Alfaguara), los «ensayos cívicos» de Félix de Azúa (Abierto a todas horas , Alfaguara), así como un conjunto de textos de difícil clasificación, entre la crónica y el cuento, de Manuel Longares (La ciudad sentida, Alfaguara), presentados en forma de cuentos completos, donde hay piezas sobresalientes, como el retrato de Zúñiga, y varios ejemplos del mejor modo en que debe concluirse siempre un texto.

Ha sido asimismo el año de los agoreros, puesto que no recuerdo que nunca hubiera habido tantos pronósticos sobre cómo iba a ser la literatura del futuro. A ver qué queda de todo ese humo... De momento, como sugería al comienzo, lo que hasta ahora nos han dado esos jóvenes narradores multidenominados no son más que relatos tediosos del día, que mucho me temo envejecerán a la misma velocidad diabólica que la insustancial Paris Hilton. Frente a toda esa complacencia acrítica con los nuevos medios electrónicos, uno esperaría de un libro crítico capaz de cuestionar todas esas prácticas inanes, sobre la falta de ideales, de solidaridad y compromiso... Por fortuna, en estas páginas se habla de algunos de ellos. El caso es que quien desee conocer lo que se cuece en la narrativa actual o participar en los debates que genera, sobre todo por lo que se refiere a los escritores más jóvenes, mediante la propia creación, las críticas y las entrevistas, debe seguir los blogs y consultar las revistas electrónicas, puesto que allí se encuentra un material más interesante y mejor informado que en los medios tradicionales.

A pesar de lo dicho, tengo la impresión de que este panorama queda cojo, pues siento no poder dar cuenta, no haber podido leer, en cambio, los libros de Juan José Millás (El mundo), Felipe Benítez Reyes (Mercado de espejismos), José Carlos Llop (París: suite 1940), Isaac Montero (El lobo cansado), Fernando Arrabal (Como un paraíso de locos), Menchu Gutiérrez (Detrás de la boca), Cristina Cerrada (Alianzas duraderas), Francisco Solano (La trama de los desórdenes), Antonio Ansón (Llamando a las puertas del cielo), Ángel Olgoso (Los demonios del lugar), Manuel Talens (La cinta de Moebius), Jon Juaristi (La caza salvaje), Esther Tusquets (Habíamos ganado la guerra) y Francisco Ferrer Lerín (Bestiario), así como los cuentos de los que tengo buenas referencias. No quiero concluir sin decirles que una de las noticias literarias más grata del año ha sido para mí la concesión a Ana María Matute del Premio de las Letras Españolas. Supone un excelente aperitivo mientras nos llega su nueva novela, Paraíso inhabitado .

De todas formas, como han visto, hay mucho donde elegir, y no siempre los medios, la crítica, les prestan atención a estos libros que no carecen de interés, mientras dedican espacio y tiempo a obras insustanciales, con o sin premios. Espero que disfruten con alguna de estas lecturas.

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