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Ínsula 733-734 Ínsula

La Literatura irreductible

por Antonio Monegal
Ínsula nº 733-734, Enero / Febrero 2008

Número de páginas: 6
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Sin duda el clima ha cambiado y aquel primer gesto de acogida de Claudio Guillén, que se mantiene en el homenaje que en el prólogo a la reedición de Entre lo uno y lo diverso (2005) dedica a la labor de Edward Said, puede ahora leerse como el reconocimiento de una transformación ineludible. Pero muchas de las objeciones con las que se ha encontrado tal intento de expansión tienen que ver con la dificultad de preservar el requisito de «rigor lingüístico e inteligencia histórica» ante la inabarcable variedad de las literaturas del mundo. ¿Quién puede aportar conocimientos suficientes para enfrentarse a tan ingente tarea? Guillén representaba un modelo de comparatista con una formación y unos recursos lingüísticos que difícilmente se encuentran concentrados en una sola persona, y ni siquiera él podía acceder directamente, en la lengua original, a todas las tradiciones y los textos que le interesaban, ni estar familiarizado con el mismo detalle con sus historias.
Traducción y literatura mundial
La respuesta está a la vista de todos, aunque la literatura comparada tradicional se niega en muchas ocasiones a aceptarla: aparte de la necesidad de que se combinen especialidades en campos diversos, como sugiere Spivak al hablar de la conjunción entre la literatura comparada y los estudios especializados en zonas del mundo, el hecho es que cualquier lector, y eso incluye al investigador, accede en buena medida a su experiencia de la literatura a través de la traducción. Es principalmente a través de la traducción como la novela rusa o el haiku , por ejemplo, se convierten en modelos influyentes. Tal como ha descrito con rigor Itamar Even-Zohar, la traducción es fuente de renovación para los sistemas literarios, a los que aporta modelos y recursos que no pueden derivarse de la tradición propia. Si éste es un elemento decisivo para el funcionamiento del sistema literario, para la experiencia del escritor y la del lector, el investigador no puede dejar de tenerlo en cuenta.
El impulso de expansión del campo disciplinar ha puesto sobre la mesa de discusión en estos últimos tiempos dos cuestiones que la literatura comparada tradicional había aparcado en posiciones relativamente marginales y que están muy relacionadas: la función de la traducción y la noción de una literatura mundial. La vieja categoría de la Weltliteratur , acuñada por Goethe, ha pasado a primer plano del debate en una versión totalmente reformulada por David Damrosch en What Is World Literature? También a propósito de este tema, Claudio Guillén vuelve a ser invocado como punto de referencia del comparatismo internacional, cuando Damrosch destaca que la globalización ha complicado la idea de una literatura del mundo y que espanta la amplitud actual del término, citando al respecto las reservas de Guillén: «¿Cómo cabe entender tal idea?», ha preguntado Claudio Guillén. «¿La suma total de todas las literaturas nacionales? Una idea descabellada, inalcanzable en la práctica, digna no de un lector real, sino de un archivero ingenuo que sea también multimillonario. Ni el editor más alocado ha aspirado nunca a tal cosa» (Damrosch, 2003: 4). Damrosch responde a esta objeción diciendo que la literatura mundial no es la suma de todas las literaturas, porque para nombrar esta totalidad basta el término genérico ‘literatura', sino un subconjunto dentro de la misma:
Entiendo que la literatura mundial abarca todas las obras literarias que circulan más allá de su cultura de origen, en traducción o en su lengua original [...]. En su sentido más amplio, la literatura mundial podría incluir cualquier obra que ha salido de su ámbito nacional, pero la cautela de Guillén al centrarse en lectores reales es sensata: una obra sólo tiene vida efectiva como literatura mundial donde y cuando está activamente presente en un sistema literario fuera del de su cultura original. (Damrosch, 2003: 4)
Esta forma de definir la categoría la acerca mucho más a aquella dimensión de la experiencia de la literatura que nos hace a todos comparatistas, porque se refiere principalmente a una manera de leer: «Mi propuesta es que la literatura mundial no es un canon infinito e inabarcable de obras, sino más bien un modo de circulación y de lectura, un modo que es tan aplicable a obras individuales como a conjuntos de material, disponible para leer tanto clásicos establecidos como nuevos descubrimientos» (Damrosch, 2003: 5). La circulación de la literatura es un fenómeno ancestral que adquiere en el entorno actual de globalización de las comunicaciones una magnitud nunca vista: tenemos a nuestro alcance lecturas e imágenes que conectan entre sí culturas remotas y eso hace que la antigua prescripción de no pretender comparar aquello entre lo que no ha habido contacto haya dejado de tener sentido.
No sólo se ha expandido el campo disciplinar, sino que se ha ensanchado el mundo, sobre todo el mundo entendido como marco cultural de referencia. El cosmopolitismo de la literatura comparada ha estado siempre impregnado de un imperativo ético que ve en la circulación de la literatura un vehículo para el entendimiento entre los pueblos. Pero para que la literatura circule como lo hace, la traducción es un instrumento indispensable. No nos podemos comunicar entre todos en nuestras lenguas nativas, de ahí que, las más de las veces, conocemos al otro a través de la traducción. La posibilidad de un diálogo de civilizaciones, o de culturas, depende de nuestra capacidad de traducción, no sólo en términos lingüísticos, sino también culturales: hace falta poder traducir lo ajeno y extraño a códigos familiares.
Se da así la paradoja de que una disciplina históricamente caracterizada por la competencia multilingüe de sus especialistas, que exigía poder leer los textos literarios estudiados en la lengua original, haya pasado a preocuparse cada vez más por el papel de la traducción. Este aspecto estaba ya muy presente en la introducción a la literatura comparada de Susan Bassnett (1993), cuyo subtítulo la calificaba apropiadamente de «crítica».
En esta panorámica crítica de la disciplina Bassnett pronostica que las orientaciones más prometedoras son los estudios de traducción y los postcoloniales. Esta promesa ha madurado y el mundo posterior al 11 de septiembre de 2001 le ha dado otro sentido. Emily Apter en The Translation Zone. A New Comparative Literature propone una vía de refundación de la disciplina distinta de la de Spivak, pero también vinculada a factores éticos y políticos, que se remonta al humanismo fundacional de la literatura comparada y enlaza con la más reciente manifestación de ese humanismo en Edward Said. Para Apter, el 11 de septiembre es un punto de partida que pone en evidencia no sólo la necesidad de traducir para entenderse, sino también la asociación entre mala traducción y conflicto. El libro de Apter está publicado en una colección que ella misma dirige y que se titula «Translation / Transnation», un título que constituye todo un programa para la literatura comparada.
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