Una posible respuesta se encuentra en un contexto académico y cultural muy distinto del español. En un reciente compendio de ensayos sobre el estado actual de la disciplina en Estados Unidos, elaborado en 2004 a propuesta de la American Comparative Literature Association (ACLA) y publicado dos años más tarde, el coordinador del proyecto, Haun Saussy, describe una situación próxima a lo que llamaríamos morir de éxito. Según Saussy, la literatura comparada ha ganado sus batallas y nunca ha sido mejor recibida en la universidad americana: las premisas y protocolos de la disciplina se han extendido a otros campos, la dimensión transnacional de la literatura, la interdisciplinariedad, el interés por la teoría literaria han encontrado acomodo institucional en cada vez más lugares, a través de departamentos y programas que pueden o no llevar la etiqueta de literatura comparada: «Se ha acabado la controversia. La literatura comparada no es sólo legítima: ahora lo frecuente es que el nuestro sea el violín que marca el tono al resto de la orquesta. Nuestras conclusiones se han convertido en las premisas de los demás» (Saussy, 2006: 3).
A la vez que hace este retrato triunfal, Saussy reconoce que la expansión intelectual no ha redundado en beneficios institucionales equivalentes. La literatura comparada se ha consolidado como forma de pensamiento y como impulso, pero lo ha hecho a costa de la identidad de la disciplina. La proliferación del modelo ha traído consigo una relativa fragilidad institucional, en la medida en que cualquiera puede adoptar las prácticas sin necesidad de considerarse comparatista, es decir, sin una particular lealtad a la disciplina y a las instituciones que la representan. Lo habitual en los Estados Unidos es que la mayoría de los miembros de los departamentos o programas de literatura comparada tengan a la vez un pie en otros departamentos, de inglés, literaturas extranjeras, cine, estudios afroamericanos, etc. Esta doble adscripción, justificada por el propio carácter de la literatura comparada, podría, sin embargo, significar que la denominación daba cobijo a especialistas con una dedicación sólo marginal al comparatismo. En el clima actual ni siquiera la doble etiqueta es necesaria para que la orientación exista, lo cual en cierto modo socava la necesidad de instituir o mantener un departamento específicamente consagrado a la disciplina, o por el contrario lo convierte en un paraguas genérico bajo el que cabe todo (y ahorra a la universidad costes administrativos). Otro de los colaboradores en el volumen, David Ferris, vaticina que, a la vista de las tendencias en la demanda educativa en Estados Unidos, en muchas universidades quedarán sólo tres departamentos dedicados al estudio de la literatura, Inglés, Hispánicas y Comparada, englobando este último a todas las lenguas y literaturas extranjeras que no pueden sostener un departamento autónomo. Es una predicción muy discutible, sobre todo porque el español dista de tener el prestigio cultural y el protagonismo en la política universitaria que requeriría una operación de este tipo, pero no deja de ser un síntoma de la preocupación por la pérdida de identidad de la literatura comparada.
Es esta identidad lo que siempre ha estado en entredicho, debatida incluso por los propios comparatistas. Saussy sugiere que «La fragilidad de la literatura comparada como institución y su éxito como conjunto de ideas se reducen a lo mismo: su falta de un objeto definitorio permanente, una posición entre y (metodológicamente hablando) por encima de las disciplinas con campos y cánones determinados, y una apertura a conexiones laterales y generalizaciones nomotéticas» (Saussy, 2006: 24). Esto es lo que la convierte, según Saussy, en una disciplina que ha de estar permanentemente atenta a los cambios en su entorno y a las condiciones de delimitación que la hacen posible, y examinar tales condiciones es el objetivo de los informes periódicos sobre el estado de la disciplina como el que él mismo ha coordinado.
Estado de la disciplina
La ACLA está obligada por sus propios estatutos a elaborar cada diez años un informe sobre los estándares de la disciplina, es decir, sobre en qué consiste ser un comparatista y qué formación requiere. El primer informe lo presentó en 1965 un comité presidido por Harry Levin, en 1975 el presidente fue Tom Greene. El informe de la década de los 80 no llegó a presentarse porque el presidente del comité quedó tan insatisfecho con los resultados que lo vetó. El siguiente encargo recayó en Charles Bernheimer, cuyo comité presentó en 1993 un informe muy polémico que fue sometido a debate en la convención de ese año de la Modern Language Association, con réplicas de K. Anthony Appiah, Mary Louise Pratt y Michael Riffaterre. Los tres informes de 1965, 1975 y 1993 se publicaron luego, conjuntamente con las tres ponencias del MLA y trece colaboraciones más que reflejaban posiciones diversas, bajo el título Comparative Literature in the Age of Multiculturalism . El informe Bernheimer ya no pretendía establecer estándares, sino que hablaba de la «misión intelectual de la disciplina», mientras que Saussy renunció por completo a redactar un informe unificado y se limitó a reunir una colección de ensayos sobre «el estado de la disciplina» y a añadirles siete artículos de respuesta. La saga de los informes de la ACLA es un retrato de las transformaciones y conflictos sufridos por la disciplina en el medio siglo más activo de su existencia y en el país más abierto a los cambios (y a la vez más susceptible a las modas). En cierto modo, es esta evolución misma la que define a la disciplina, porque como dijo el recientemente fallecido filósofo Richard Rorty (quien por cierto ocupó una cátedra de literatura comparada en Stanford), «las disciplinas académicas tienen historias, pero no esencias» (Saussy, 2006: 66).
En nuestro país la literatura comparada no está suficientemente institucionalizada como para poder someterse al requisito de las evaluaciones periódicas, pero tiene ya algo de historia. Hace casi veinte años del comentario de Claudio Guillén con el que empezaba este artículo y cuando ese plazo se cumpla, en otoño de 2008, la SELGYC se volverá a reunir en Barcelona para celebrar su décimo séptimo congreso bianual. Claudio Guillén nos ha dejado. La reflexión sobre su legado será uno de los temas de este próximo congreso, así que no estará en realidad ausente. A la vista de todos estos factores, parece una buena ocasión para hacer repaso y considerar el estado de la cuestión: ¿qué papel juega en España la literatura comparada?, ¿cuál es su estado de salud?, ¿se ha cumplido el programa? Son maneras indirectas de rastrear la huella que ha dejado la labor de Guillén tras su regreso a su país natal, aunque su aportación al comparatismo, español e internacional, en ningún caso puede medirse por la fortuna o infortunios de la disciplina, que estuvieron fuera de su control, sino que están en su obra y en su ejemplo.