«En el fondo, todo el mundo es más o menos comparatista », afirmaba Claudio Guillén en una entrevista publicada en La Vanguardia el 6 de octubre de 1988 , con ocasión de la celebración en Barcelona del séptimo congreso de la Sociedad Española de Literatura General y Comparada (SELGYC). Con estas palabras constataba un aspecto indiscutible de la experiencia cotidiana de la literatura: cualquier lector interpreta y evalúa el texto que tiene ante sí poniéndolo en relación con otros textos que conoce, por haberlos leído o por referencias indirectas, sin limitarse a los escritos en una misma lengua o a los que pertenecen a una misma tradición nacional. Del mismo modo, ningún escritor tiene en mente como modelo al producir su obra sólo las obras escritas originalmente en su lengua nativa. Así uno será más comparatista cuantas más conexiones pueda hacer con obras de tradiciones distintas a la suya. En este sentido el comparatismo es el marco espontáneo de acercamiento a la literatura. Cabe añadir que no se aplica únicamente a las tradiciones literarias, porque las referencias operativas para el lector y para el escritor pueden estar también en el cine, en la pintura, en la música, en la historia, en la política, en la prensa, en el paisaje, en la cocina o en el deporte. La lectura (porque el escritor también es un lector) no nos encierra dentro de estrechas fronteras, habitadas sólo por lo semejante, por otros textos pertenecientes a una misma filiación, como si uno no se tratara más que con su propia familia, sino que nos abre al mundo en su inabarcable variedad.
Sin embargo, la afirmación de Guillén describe algo más que el acercamiento espontáneo y habitual a la literatura. Cuando hablamos de literatura comparada nos estamos refiriendo no simplemente a una manera de leer, sino a una disciplina académica institucionalizada. La manera de leer como tal goza de buena salud, porque cabe argumentar que en el fondo no hay otra. Es el papel institucional, e intelectual, de la disciplina lo que está repetidamente sometido a discusión. Al postular el comparatismo como una práctica generalizada, Guillén reconoce implícitamente que lo que hace cualquier lector de literatura lo hacemos también al estudiarla, sea cual sea nuestra adscripción u orientación disciplinar. Aunque luego la investigación académica introduzca factores y exija destrezas y criterios que no están presentes en la relación que un lector corriente mantiene con el fenómeno literario (y que a veces no pasa necesariamente por la lectura), la manera de leer del investigador no puede ser por completo ajena a la experiencia de la literatura que tiene ese lector de a pie. Así ese comparatismo inherente se puede hacer extensivo a cualquier rama de los estudios literarios, al margen de las especificidades y especialidades.
He aquí la gran paradoja de la literatura comparada: una disciplina que defiende su especificidad haciendo bandera de un acercamiento a su objeto que no le es exclusivo y sobre cuyo objeto tampoco tiene el monopolio. Esta crítica la formuló ya Benedetto Croce en 1903 cuando dijo que un método de investigación no puede delimitar un campo de estudio, porque el método comparativo lo emplean también las distintas filologías. Para Croce no había diferencia entre historia literaria e historia literaria comparada, así que sobraba lo de ‘comparada'. Décadas después, con un objetivo opuesto, para defender la literatura comparada, René Wellek vino a decir algo parecido: el método de la comparación no es exclusivo de la literatura comparada, sino que se da en todo estudio literario y en otras formas de conocimiento.
Este sorprendente consenso entre personas que niegan la razón de ser de una disciplina y quienes la sostienen nos conduce a dos conclusiones aparentemente contrapuestas pero no excluyentes, y que a estas alturas de la historia deberían poder darse por sabidas: la especificidad de la literatura comparada no reside en esa comparación que tradicionalmente le da un nombre que induce a confusión y, por otro lado, las prácticas y orientaciones propias de la literatura comparada están también presentes en otros campos del estudio literario. Se puede ser hispanista y comparatista a la vez, como lo fue brillantemente el propio Claudio Guillén. Porque lo que caracteriza a la literatura comparada, tal como la definía Guillén, no es un método, sino un conjunto de problemas, una batería de preguntas más que la manera de contestarlas. Guillén compartía la visión de Harry Levin, quien decía que la literatura comparada, más que un campo, es una actitud, un punto de vista. Se trata ante todo de un compromiso con una forma de entender la literatura que reconoce su dimensión irreductible:
Llegados a la época moderna no sólo la unicidad de la literatura nacional -que sirvió primero de sustituto y refugio- es una engañifa. Hoy es irreductible la literatura a una tradición única, accesible tranquilamente al talento individual, como suponía T. S. Eliot. Es irreductible la historia literaria -al igual que las demás historias- a una sola teoría totalizadora. Es irreductible la literatura a lo percibido por el lector que se ciñe al análisis o a la descomposición de unos pocos textos solitarios. No se rinde la literatura a la angosta mirada del crítico monometódico y monoteórico; ni a la del perito en una sola época, un solo género. Es irreductible la literatura a lo que producen y enseñan un puñado de países del Oeste de Europa y de América. Ni puede tampoco reducirse a aquello que cierto momento y cierto gusto tienen por literario y por no literario. (Guillén, 1985: 34-35).
Esta cita constituye todo un programa para la expansión de los estudios literarios más allá de sus límites tradicionales. Sintetiza la amplitud de miras que caracteriza a la literatura comparada y pone de manifiesto su capacidad para permear otras modalidades de los estudios literarios. Según este diagnóstico, lo raro sería no ser comparatista. Llegados a este extremo, cabe preguntarse hasta qué punto está extendida está visión y qué ocurriría con la literatura comparada si todo el mundo estuviera de acuerdo con la misma: ¿conllevaría la consolidación y hegemonía de la literatura comparada o su disolución en otras especialidades y consiguiente desaparición?