La presencia en lejanía, o la amistad sin tacto, de los solitarios refuerza otra de las claves de la poesía íntima de Elena Martín Vivaldi: la interpelación en intimidad del mundo exterior. Sus versos se construyen en un diálogo personal con las calles, las plazas, los árboles, el mar, la luna, el paso de las estaciones, las obras de los poetas preferidos. Las alusiones al exterior forman parte de la alegoría creativa con la que Elena intenta edificar la identidad de su tristeza. Para entender esta red alegórica y paisajística, conviene tener muy claro que las anécdotas biográficas son sólo un punto de partida y están llamadas a adquirir una significación mucho más ambiciosa. La poesía habla siempre de algo más, porque un árbol es un árbol más la creación del sentido que disponga el poema. El hueco de la identidad, provocado por el desengaño amoroso, deja muy pronto de depender de una relación fallida concreta y acaba ampliando su radio de acción. Olvidado ya el gran amor, los versos de Elena Martín Vivaldi hablan de un amor inolvidable para aludir a la carencia, a la insatisfacción, a todo aquello que nos invita a la inquietud y que se niega a reposar en una identidad satisfecha de sí misma. El libro Materia de esperanza (1968) habla, desde luego, del hijo que no se tuvo y que según los papeles prefijados para la condición femenina es indispensable a la hora de presentar una existencia en plenitud. Pero desde ahí la poesía levanta el vuelo, o se sumerge hacia el fondo del mar, para hablar del deseo, de la voluntad creativa, de la pulsión de la propia escritura. La identidad triste, solitaria y poética de Elena Martín Vivaldi señala también hacia la fertilidad costosa de los que buscan una palabra, la primera palabra, la verdadera palabra que nos salvará del vacío y fundará la realidad: "Hay tantas realidades escondidas, / ocultas por la niebla de las horas sin tiempo. / Hay una, dos palabras, millones de palabras / que esperan la sorpresa de unos labios".
La búsqueda de esta palabra domina los libros de Elena y parece inseparable de la edificación de su identidad. Sus versos convierten a la sinceridad más implacable en un recurso estilístico que conmueve y transforma a los poemas en ámbitos de secretos confesados, en el dominio de un ejercicio de sabiduría dispuesto a reconocer el insomnio, la melancolía, la insatisfacción, la soledad de una existencia "elenamente triste". Lo único que se mantiene en medio de la sinceridad desolada, pudorosa, que no admite sobrecargas retóricas, es el deseo de contar, de sobrevivir en la búsqueda de las palabras, de responder a la interpelación del mundo con un entramado alegórico en el que la lluvia, la luna, los tilos, los amarillos ambiguos de la flor y del otoño, los meses del año, pasan a formar parte de su biografía transformada en escritura. La identidad poética de Elena Martín Vivaldi se edifica cuando la anécdota deja paso a la elaboración de un mundo lírico. Ya no se trata de un amor, sino del amor. Ya no se trata de un hijo, sino del mes de abril condenado a engañarnos. Esa es la razón "de su largo comercio con la luna", que Elena confiesa citando a Jorge Luis Borges. También es la razón de que la lectura de los paisaje se confunda con la lectura de Juan Ramón Jiménez, de Pedro Salinas, o de Virginia Woolf en el poema "Otro domingo": "Pero ya es noche. Escribo / -y estoy sola- y el mundo / gime. Existen calles, tráfico, / enamorados, gentes, / las ciudades".
Fumaba mucho, y el humo convertía la mesa en la que estaba en un reservado. Era amable con los visitantes, pero guardaba la independencia de su vida y sus recuerdos detrás de una sonrisa. Los poetas de Granada han admirado con sinceridad la poesía de Elena Martín Vivaldi, tal vez porque la edificación de su identidad triste y lírica se llevó a cabo con pudor, sin el t reme ndismo que afectó a muchos de los versos aplaudidos por la revista Espadaña . La publicación de El alma desvelada en Ínsula, de Durante este tiempo en El Bardo y de la antología Las ventanas iluminadas en Hiperión, posibilitaron un conocimiento justo de la poesía de Elena más allá de las fronteras provincianas. Pero la sociedad literaria es olvidadiza, y hoy su obra está lejos de recibir la consideración que se merece. Por eso acierta Ínsula en la oportunidad de dedicarle una páginas de homenaje con motivo del centenario de su nacimiento.