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Ínsula 730 Ínsula

Elena Martín Vivaldi. La soledad edificada

por Luis García Montero
Ínsula nº 730, Octubre 2007

Número de páginas: 2
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Cuando publicó su primer libro, Escalera de luna (1945), Elena Martín Vivaldi tenía 38 años y toda una vida de poeta por delante. Su vida de mujer se había despedido ya del guión elaborado por las normas sociales de la época. La revista Espadaña dio noticia de la aparición del libro, y no dudó en demostrar una vez más su despego de la moda garcilasista, criticando la abundancia de décimas y sonetos, el decorado de jacarandás y de rosas, y la perfección fría de las composiciones. El desasosegado existencialismo de Espadaña llevaba razón al anotar el formalismo limitado del libro. Pero entre los octosílabos y los endecasílabos de Escalera de luna asomaba ya la palabra de una poeta con voz real y mundo propio. En el "Soneto de la oscura morada", Elena pedía "buscadme en el dolor". La estrecha y segura senda de la vida se le había convertido en encrucijada. Sin estridencias, sin gritos, con la contención de la sinceridad y de los secretos, sus poemas iban a crecer en ese dolor, lejos del t reme ndismo afectado que caracterizó a algunos autores de Espadaña.
Sus poemas crecieron en la medida en que ella misma tuvo que buscar una identidad. Pese a recibir el apoyo de una familia liberal y a ser una mujer universitaria, de personalidad muy fuerte, las fronteras de la condición femenina eran estrechas y estaban bien perfiladas a principios del siglo XX, en una ciudad provinciana como Granada. Vivir como mujer significaba enamorarse, casarse, definirse en la compañía del otro y alcanzar la plenitud en el optimismo biológico de la maternidad. Un desengaño amoroso, y la falta de interés en reconstruir su futuro de acuerdo con los papeles fijados por los usos sociales, apartaron a Elena del guión que la mano de la historia había escrito para ella. Como suele ocurrir, debió encargarse entonces de escribir su propia vida, y lo hizo en forma de poemas descarnados, tan sinceros como serenos, sin piedad consigo misma y sin deseos de compasión ajena. Lo primero que tuvo que buscarse fue una identidad, porque su maniquí de mujer encaminada al matrimonio estaba desvestido para siempre. El primer gran libro de Elena , El alma desvelada (1953), da testimonio de esta búsqueda de identidad. En uno de los poemas de amor y desamor más conmovedores de la posguerra, "Presencia en soledad", confiesa la raíz biográfica de su vacío: "Tú puedes decir que no, y esconderte, / tapiar todas las puertas, / suprimir las rendijas por donde intente, pálido, / filtrarse el sol desnudo de mi vida. / Tu puedes huir del fondo de mi sueño / y evadirte de la sincera magia del recuerdo imborrable, / mientras todas las manos se tienden al vacío".
Una palabra serena, imaginativa, envolvente, en la estirpe de la poesía amorosa de Pedro Salinas, busca el revés del no y del sí, funde los sentimientos y la realidad, desborda al amante que ha sido capaz de negar por tres veces la memoria de una alianza y consolida, como ausencia, la verdad del amor. Esto supone aceptar que la intimidad se convierte en un abismo, en un hueco que debe llenarse con miradas alegóricas sobre la realidad y con ejercicios de sinceridad interior. Supone también la búsqueda de una identidad, que la poeta teje con los hilos de la soledad y la tristeza. No es que busque una identidad con tristeza y en soledad, sino que hace de la soledad y la tristeza una identidad, la condición propia del ser que se ha quedado vacío, al margen de los papeles previstos para su existencia. Sobrevivir, resistir, hacerse de nuevo, implica nacer del vacío, quedarse a solas con una misma. Queda siempre la alternativa de engañarse, de aceptar consuelos falsos. Pero la apuesta lírica por una sinceridad descarnada exige asumir la identidad de la tristeza. Elena no habla de un dolor trágico, de una agonía universal, de un desgarro cósmico. Se trata de una herida a la altura de un ser humano con nombre propio, de una mujer que ha sentido el abismo en su biografía. El poema titulado precisamente "Identidad" lo confirma: "Mi tristeza vive en mí, / y yo muero en mi tristeza. / Las dos tenemos la misma / desesperanza. Mi sangre / corre en sus venas ocultas;/ y yo siento sobre mí / el peso de su evidencia. / Las dos vamos preguntando / una por otra. Las manos / tocan los cielos perdidos / de nuestra doble constancia".
La causa y el correlato de esta tristeza es la soledad, protagonista de los libros mejores de Elena Martín Vivaldi: El alma desvelada , Cumplida soledad (1958), Arco en desenlace (1963), Durante este tiempo (1972) y Nocturnos (1981). La interpelación del mundo exterior, con ecos de realidad histórica, brota con evidencia en Durante este tiempo . Pero la soledad individual sigue dominando el corazón de los versos solidarios. "Las ventanas iluminadas", otro de los poemas más conocidos de Elena Martín Vivaldi, recoge la solidaria soledad de los que no pueden dormir, el diálogo silencioso e intuido de las horas arrinconadas del insomnio, los desvelos particulares de los que recuerdan, o temen, o sufren, alejados del sueño reparador. La luz en la ventana no sólo descubre una soledad, sino que teje, "de una ventana a otra iluminada", una red de pensamientos desconocidos, enigmas, desvaríos, "huéspedes convergentes de tantas soledades". Igual que un poema, la noche iluminada sugiere un territorio de soledades juntas.
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