En ese marco ha jugado un papel decisivo la narrativa escrita por mujeres. El análisis crítico de Lluïsa Julià no olvida ni el legado de escritoras ya desaparecidas, fundamental en la literatura catalana reciente (M. A. Campmany, M. Roig, M. M. Marçal...), ni la (re)construcción de sentido que acompaña el quehacer de las autoras y obras actuales más representativas. Todo ello, en cierto modo, como réplica a los enormes vacíos con que al historiar dicha literatura se ha obviado, silenciado o reducido a un marbete accesorio su presencia. Y precisa: «Se rompió ya la idea de una verdad esencial, única para la mujer y, en consecuencia, la identidad femenina se formula múltiple, compleja y contradictoria.
Una evolución que se produce a la par de la evolución de los estudios sobre el feminismo que nos han llevado a un nuevo paradigma; hoy ya nadie discute su pluralidad, las distintas formas de ser feminista frente al feminismo único de los setenta».
Uno de los ámbitos más recurrentes de la prosa catalana del siglo XX, intensos por su variedad y su calidad, así como por una implantación y tradición ampliamente asimiladas desde la publicación del Dietari d'un pelegrí a Terra Santa (1889), de Jacint Verdaguer, lo ocupan los dietarios. Llorenç Soldevila responde en su artículo a dicha realidad: «los dietarios son el género más innovador de entre todos los memorialísticos escritos por los autores catalanes». Los cincuenta y tres títulos aparecidos entre 1996 y 2006, diez de ellos en el año 2004, hablan por sí solos. Junto a la reedición de los maestros y la recuperación de los clásicos, se observan en estos últimos años algunas claves críticas dignas de mencionarse. Por ejemplo, las líneas de magisterio que en este terreno han ejercido, y ejercen, escritores como J. Pla y J. Fuster; o «la pérdida de peso específico -en palabras de Soldevila- de los textos memorialísticos dedicados a evocar los hechos trágicos de la guerra civil y de la posguerra», al tiempo que se presta una mayor atención a la mirada interior y a «la confidencialidad más íntima».
Pocos espacios literarios muestran tanta complejidad como el de la literatura infantil y juvenil catalanas. Tampoco en ningún otro espacio se vinculan, con tanta fuerza y a un tiempo, los intereses mercantiles, educativos y artísticos de una sociedad y una cultura como la catalana. La institución literaria no siempre ha conseguido un armónico balance de estos tres vectores de convergencia, como se deduce del artículo de Teresa Colomer. En dichas coordenadas se entrecruzan valores de homogeneización derivados de la cultura global. A menudo, «la relación escolar se mueve en un simple didactismo, sin proyección ni complicidad cultural, y las administraciones o la sociedad civil tampoco ofrecen soportes que contrarresten la presión de los grandes grupos editoriales beneficiando la existencia de un producto diferenciado». Los desafíos culturales en este campo parecen claros. ¿Cómo armonizar los proyectos de cohesión social con las fuertes presiones migratorias? ¿Cómo salvaguardar, o reconducir, la literatura «en una sociedad inclinada a las pantallas y al consumo efímero de la producción? Junto a fórmulas literarias clásicas en este campo -recreación del folklore, leyendas y canciones tradicionales-, emergen ahora, como apunta Colomer, nuevas relaciones ficcionales, fruto de nuevos retos sociales. Junto a nuevos soportes materiales (libro-audio, soporte digital, etc.) se afianza la «configuración de nuevas formas familiares y de sociedades multiculturales e interraciales» como instrumento de socialización y de comprensión del «otro»; o la intensificación de historias donde «predomina un mundo presidido por niños y niñas urbanos», fruto de estructuras familiares y culturales adscritas a la sociedad postindustrial (familias cambiantes, matrimonio/divorcio, diversidad étnica y cultural, etc.).
Apuntaba Enric Sullà en su artículo que el canon de la poesía catalana última, propuesto por E. Bou en la Història de la literatura catalana dirigida por J. Molas, se columpiaba en tres nombres: P. Gimferrer, N. Comadira y F. Parcerisas; hoy habría que añadir a M. M. Marçal, y los nombres de M. Martí Pol y J. Margarit, dos de los poetas más ampliamente potenciados por la institución literaria y por la deriva realista de los últimos años. Habrá en el futuro inmediato que estudiar, en paralelo, la cortina de humo que acompaña, ocultándolos, a poetas de tenor tan extraordinario como J. V. Foix, S. Espriu, J. Vinyoli y J. Brossa. En la ladera de la poesía catalana actual, se observa un fenómeno homologable al resto de poesías escritas en las distintas lenguas de España. En las dos últimas décadas, como precisa Francesc Calafat en su artículo, «las radicalidades se reducen: una literatura más calmada, de meditación sobre la inmediatez y la intimidad, comienza a ganar espacio y seguidores». Lo de las radicalidades apunta, con acierto, a buena parte de poetas catalanes de los años setenta, preocupados por la «inmersión en la tradición propia para conocer las potencialidades del instrumento poético». Permeabilidad, expresividad creacionista y asimilación de la tradición moderna de la ruptura fueron entonces sus divisas más socorridas. Por el contrario, desde mediados de los años ochenta se vuelve a la intimidad privada, al realismo de tono menor y a una expresividad basada en el recurso idiomático de lo estrictamente cotidiano. Sin duda, en esa vuelta de tuerca juega un papel importantísimo -pensamos nosotros- eso que Lyotard calificó como la desaparición de los grandes relatos ideológicos y sociopolíticos de la modernidad, y la emergencia postmoderna, en su lugar, de una pulsión del deseo que se agota en el pragmatismo, en las luces de neón del neocapitalismo postindustrial, en el individualismo o el sentimentalismo fácil, y en una afección que a menudo confunde la sencillez con la banalización y la trivialización expresivas. Quizá sea la palabra poética donde, con mayor claridad, hayan tomado cuerpo ciertos lugares de resistencia frente al dominio omnipresente de la sociedad del espectáculo. Como expone Manuel Guerrero en su artículo, «el proceso de pérdida de prestigio de la poesía en el conjunto de la literatura y de la sociedad catalanas» contrasta con «la vivacidad del panorama poético en todos los territorios de lengua catalana», con propuestas tan distintas como distantes. El itinerario trazado por Calafat y Guerrero sopesa -sin caer en dualismos estériles- dichas propuestas, recorriendo la cuerda que tensa el arco de orientaciones varias y sus interrelaciones, que las hay y muy significativas.