Dalí sabía que el valor de Rostros ocultos no sólo radicaba en su capacidad de anticipación de hechos históricos, sino la también en su hermetismo, según la estética pura de Ortega y Gasset. Cuando apareció la edición española en 1973, ya se había especulado bastante sobre los dos protagonistas de su novela, pero en lugar de desmentir en el prólogo algunas de estas interpretaciones, el escritor ahonda todavía más en su hermetismo, reconociendo que sus rostros están «refinadamente encubiertos», por lo que anticipa gozoso que se seguirá especulando sobre ellos, y concluye con una enigmática voz que surge de las dunas de Ampurias parecida a la voz aceitunada de Salvador Dalí que pregunta: «¿No me conoces?, ¿No me conoces? ¡Gala!» De esta forma, parece desmentir una de las teorías que ven en la personalidad diabólica del conde de Grandsailles al Dalí joven y en la personalidad semiangelical de Solange de Cléda al Dalí coetáneo de la novela, y nos sugiere que valoremos también la presencia enigmática de Gala.
El rostro que avanza enmascarado Los rostros se nos ocultan y la vida de Salvador Dalí se nos presenta como secreta, pero no resulta difícil desvelar parte de su enigma si relacionamos el lema utilizado en
Rostros ocultos con la explicación que nos ofrece Dalí en su autobiografía sobre el carácter «secreto» de ésta. El lema de Descartes
Larvatus Prodeo, traducido en la reciente edición de Destino como «camino enmascarado», no nos ayuda a nuestro propósito clarificador, como sí lo hace la versión que nos ofrece Ian Gibson de «avanzo enmascarado»
[ 4 ] , pues nos sitúa en la órbita de Gala, vista por Dalí como «la que avanza», al igual que
La Gradiva de Wilhelm Jensen, estudiada por Freud en 1907. Si para Dalí la que avanza es Gala, él también puede avanzar enmascarado en ella. Adquiere así pleno sentido la confesión que en
Vida secreta nos hace Dalí:
«Yo poseía el secreto de permanecer secreto. Gala poseía el secreto de permanecer secreta dentro de mi secreto. A veces la gente ha pensado haber descubierto mi secreto; pero esto era imposible, pues no era mi secreto sino el de Gala.
(...) en vez de endurecerme, como lo proyectara la vida, Gala, con la saliva petrificadora de su fanática abnegación, consiguió construir para mí una concha para proteger la tierna desnudez del ermitaño que yo era, de modo que, mientras con relación al exterior tomaba cada vez más el aspecto de una fortaleza, dentro de mí mismo continuaba envejeciendo en lo blando y lo superblando»
[ 5 ] .
Como el cangrejo ermitaño, Dalí encuentra en Gala la concha protectora que le permite avanzar, son dos rostros que confluyen como anteriormente habían confluido los rostros de Lorca y Dalí, en las imágenes dalinianas de 1927, y también en las dos parejas protagonistas de Rostros ocultos . Si Veronica, uno de los personajes de la novela, deseaba imaginar el rostro de Baba cubierto por un casco, «lo único que tenía que hacer era poner su propio rostro en lugar del de él; pues ella... era él» ( Rostros ocultos, p. 212) En la otra pareja se da más claramente la visión abnegada de Gala al aceptar Solange de Cléda convertirse en lo que el conde Grandsailles podría haber amado, convertirse en su selva, en la Dame de su escudo heráldico.
Esta múltiple confluencia de rostros, que aporta cierto hermetismo a la novela, procede del interés que sintió Dalí desde su juventud por el mimetismo de ciertos animales con su medio, especialmente su atracción por el
Phyllomorpha laciniata, conocido popularmente en Cataluña como
morros de cony, el cual le servía de entretenimiento para hacer gala de sus supuestos poderes taumatúrgicos, otorgando vida y movimiento a las hojas de arbusto con las que se mimetiza este insecto
[ 6 ] . Pero ese interés por el mimetismo no es meramente anecdótico en la novela, sino que se convierte en el elemento clave que explica la fusión que se establece en su epílogo entre las figuras de Hitler y la del conde Hervé de Grandsailles, y en el deseo de ambos de perpetuarse, ya sea en la sangre de su pueblo o en la de su «llanura iluminada», la llanura de Creux de Libreux, que significativamente da título a los capítulos inicial y final de
Rostros ocultos . Esa llanura, que simboliza la herencia que se perpetúa y mejora merced el sacrificio de Solange de Cléda, se asocia fácilmente con la llanura luminosa del Ampurdán. No obstante, en el caso de Dalí, su deseo de mimetismo se centra especialmente en el cabo de Creus: «Estoy convencido de que soy el propio cabo de Creus y de que encarno el núcleo vivo de ese paisaje. Mi obsesión existencial es mimetizarme en cabo de Creus, constantemente. Soy como él, una catedral de fuerza nimbada de delirio onírico» (
Confesiones inconfesables, p. 464).
Las concomitancias entre el conde de Grandsalles y el propio Dalí son numerosas, pero también se dan en otros personajes de su novela, lo que puede generar una cierta confusión entre aquellos que se esfuerzan por establecer paralelismos absolutos entre personajes de ficción y personas concretas del entorno de Dalí. Todos los personajes giran en torno a los mitos dalinianos, desdoblándose y adquiriendo personalidades antagónicas para reforzar al tema central de su novela. Carece, pues, de sentido buscar a un personaje que represente a Gala o a Dalí específicamente, ya que ambos se han mimetizado en un solo rostro, el cual a su vez puede estar representado por varios personajes o por las distintas máscaras que adoptan algunos de ellos.
Los distintos rostros de Dalí a través de sus personajes
Los seis personajes de Rostros ocultos, que fijan los lazos sentimentales de la novela, se nos presentan como insectos variados; pero el novelista, convertido en entomólogo, considera que al lector le será fácil «penetrar en la profunda realidad de cada uno de los protagonistas de esta novela y por medio de una sola mirada, imaginarlos por espacio de unos pocos segundos iluminados por una misma llama...» ( Rostros ocultos, p. 164). Los seis protagonistas estrellan el cielo sereno de la novela, bajo el signo de Tauro, el signo del zodiaco de Dalí, y su fin no es otro que perpetuar el eterno mito del despertar de las Pléyades y que, según la nota que Dalí coloca al pie de página, inmortalizó Arthur de Gobineau en Les Pléiades, en 1874.
La cita a Gobineau no es casual en este momento de la novela, pues tiene que ver con las tres parejas de personajes y con la ideología implícita en la novela. Este escritor y diplomático francés de ideas aristocráticas había publicado sus teorías sobre la superioridad de la raza aria a mitad del siglo xix y creía firmemente en que la raza creaba cultura y no a la inversa, mostrándose preocupado por la degeneración de las razas como consecuencia del desarrollo de los imperios. Quien mejor encarna las ideas de Gobineau en la novela sería el conde Hervé de Grandsailles que, a su vez, se asemeja mucho al Dalí de los años cuarenta. Basta con comparar los rasgos personales de ambos en la novela y en los textos de
Vida secreta o de
Confesiones inconfesables para observar la coincidencia de pensamiento y temperamento, su actitud aristocrática, su frialdad calculadora de acontecimientos y entrevistas, sus múltiples rostros, su distancia afectiva -valorada por Ian Gibson como impotencia masculina y tema central de la novela
[ 7 ] - o su interés por los tratados de demonología, de pócimas afrodisiacas o filtros de amor, junto con los textos más científicos sobre física o biología. Entramos en la biblioteca de Grandsailles y es como si entráramos en la de Dalí
[ 8 ] .