No debe verse, por lo tanto, en esta poética de la negación, de la desocupación, que encarna la poesía de Gamoneda una dejación de la conciencia crítica, que sólo indirectamente se formula como ideología en la escritura. Más bien, al contrario. Ya Mallarmé había hablado de «l'écriture, qui relie le mot à son sens», y había añadido, inaugurando esa poética de la negación, que «le Verbe est un principe qui se développe à travers de la négation de tout principe». Gamoneda, «trabajador del sentido y del significado» (p. 71) («arden en mí los significados», p. 361), combina la dimensión visionaria de la poética mallarmeana con el materialismo dialéctico que sustenta la conciencia crítica, y lo hace apropiándose del principio activo que subyace en su poética de la negación; la escritura como «principio que se desarrolla a través de la negación de todo principio» se une así a una concepción lingüística: «cuando el oprimido sólo puede expresarse en la lengua del opresor, ésta se torna una lengua revolucionaria». O, en términos absolutos: «No recurriré a la verdad porque la verdad ha dicho no» (p. 144). Así, la escritura gamonediana subvierte la narración histórica oficial subvirtiendo su lenguaje y la lógica de poder de que éste es deudor; poniendo en evidencia la falsedad, que subyace en ese lenguaje y en el proceso enunciador que le da cuerpo; mostrando la mentira, puesto que la verdad ha sido usurpada y no puede hacerse presente fuera de su tiempo histórico, sino como ausencia, como hueco, como espacio desocupado, a lo que apuntarán con mayor profundidad Lápidas (1986), Libro del frío (1992) y Arden las pérdidas (2003). El lenguaje de la negación pretende, mediante la ruptura del orden narrativo impuesto, hacer presente el «relato omitido », pero lo hace desde la conciencia de su imposibilidad, de que lo único que puede ofrecer es justamente el eco de su ausencia, el vacío de su omisión. Pero, al mismo tiempo que cuestiona el lenguaje de poder, plantea la incertidumbre de la posibilidad de una formulación antitética; construye así, paradójicamente, una utopía sin esperanza, una profecía que conoce su fracaso, una pregunta que se sabe de antemano sin respuesta. De ese modo, sólo logra construir la destrucción, el vacío, la ruina y la ausencia, «amontona incansablemente ruina sobre ruina» mientras que el progreso lo desplaza de un pasado que ya no es, ni podrá ser suyo. No es extraño, así, que la oquedad se convierta entonces en un referente constante de la escritura gamonediana. Si la esfera es, en su modelo simbólico, el espacio de la intimidad, el hueco se convierte en el terreno de lo ajeno, del vacío, en el espacio desocupado. «El mundo es oquedad» (p. 254), leemos en Descripción de la mentira, y la memoria no es sino el intento de restablecer la oquedad, como leemos en Lápidas: «alguien prepara grandes sábanas // y restablece la oquedad» (p. 162).
La labor de la escritura gamonediana no es elaborar un espacio, ni tan siquiera constatar el vacío de su ausencia, sino desocuparlo, construir su desocupación, constatar el vaciado de lo que estuvo falsamente ocupado y ya es irremplazable. Su escritura no elabora un discurso habitable, sino la inhabitabilidad misma. Desplaza el discurso de la falsedad pero también la posibilidad de su réplica; es, en este sentido, un discurso refractario. La desocupación implica, así, el vaciado consciente del espacio ocupado, «un vaciamiento progresivo, [...] una desaparición lentamente orquestada de la materia», que acaba haciendo visible el hueco de su desaparición.
Amelia Gamoneda y Fernando R. de la Flor han señalado que la obra de Gamoneda se concibe a partir de un momento como una «empresa de la desinterpretación» (p. 34), para subrayar el carácter de lectura de un relato usurpado que emprende su escritura consciente de su desplazamiento de un tiempo histórico inhabitable, que sólo puede dejar constancia de su desaparición. Si el tiempo histórico y su relato están presididos por el miedo y por el temor, como sustento falsificador del discurso de la verdad, hecho bajo su dominio, que lo torna en mentira, la empresa de desinterpretación actuará precisamente cuestionando los resortes del lenguaje que sustenta ese relato, e, implícitamente y a la larga, todo posible relato. La labor de desinterpretación desvela la falsedad del discurso de poder, pero no permite la instauración de un posible discurso de la verdad. El miedo sustenta tanto la narración de la historia («el miedo era el alimento de mi patria», p. 116), como la esencia última del narrador de ese relato («el miedo estaba en mí», p. 108), y su extirpación apunta a la disolución de todo discurso y de todo sujeto enunciador que cobrara realidad a través de él. De este modo, el relato de la memoria de lo usurpado sólo deja la constatación de su ausencia; la disolución del discurso de dicho relato apunta paralelamente a la desaparición del sujeto que tomó cuerpo en él: «La desaparición envuelve la ceniza de mi rostro» (p. 128), «la negación ha tocado mi cuerpo» (p. 308). De este modo, la labor de desinterpretación se radicaliza y la escritura gamonediana emprende un proceso de designificación, la construcción de la designificación del lenguaje y de su disolución, fundada en la inestabilidad significativa de las elaboraciones simbólicas, en la constante fragmentación del discurso, en el aprovechamiento de los elementos de la irracionalidad, en la reiteración isotópica de su escritura que logra con su redundancia hacer visible el espacio que desocupa, etc., en formas que muestran el desengaño, la radicalización del desencanto en el desgarro absoluto con respecto al relato de la realidad que se construye en esos años y con respecto a la narración usurpada de la historia inmediata. La pregunta sobre la identidad del sujeto que enuncia el discurso («¿Quién habla en ti, quién es la forma de tu rostro?», p. 308; «¿Quién habla en esta transparencia?», p. 347) construye precisamente la identidad de la pérdida, anuncia la inminencia de la desaparición («Creo en la desaparición», p. 362), de su disolución en el lenguaje (quien habla en esta transparencia), pero apunta también a la pérdida de la signicidad del discurso, del lenguaje que lo enuncia, e implícitamente a la disolución de todo discurso, de todo lenguaje: «ardemos / en palabras incomprensibles» (p. 329), «no estás en ningún lugar y hablas con palabras cuyo significado desconoces» (p. 334), «Ya / todo es incomprensible» (p. 369). El lenguaje se torna incomprensible, las palabras carecen de significado, los símbolos se diluyen y el relato desaparece: «la inmensidad carece de significado» (p. 193). Y precisamente esa carencia de significado de la palabra es su significado; la desaparición del sujeto que enuncia el discurso es su modo de aparecer, de existir en el lenguaje que lo niega; el desconocimiento es el aprendizaje que se ha realizado a través de ese periplo lingüístico; la desposesión, la pérdida es el gran hallazgo al final del viaje. Un discurso cuyo sentido se cuestiona a cada momento, cuyo significado es incomprensible, es el mejor modo de testimoniar una realidad histórica carente de sentido, sin finalidad; es, al mismo tiempo, el mejor modo de construir la utopía desesperanzada del lenguaje que la supere, donde, al final, sólo quedan las preguntas a punto de cesar («Van / a cesar todas las preguntas», p. 439), donde la única sabiduría adquirida es la del olvido («la única sabiduría es el olvido », p. 440).
Desplazadas de un tiempo histórico inhabitable, desaparecida la figura, el nombre, que les daba sentido y significación, las palabras responden a las preguntas con el más altivo de los silencios; la sabiduría alcanzada es la del olvido.