En el Fedro, Platón trae a colación, en un diálogo en el que se discute sobre la adecuación de la escritura a la palabra dicha, el problema de los «logógrafos» (aquellos que escribían discursos y los vendían en los tribunales) (257 c-d), y plantea, por boca de Sócrates, la historia de Theuth y Thamus, en la que el primero indica a la divinidad que el conocimiento de las letras, y, por lo tanto, la palabra escrita, «se ha inventado como un fármaco de la memoria y de la sabiduría» (274 e). La palabra escrita como pharmakon anuncia, como bien apuntó Derrida (5), la incompatibilidad entre escritura y verdad en la epistemología platónica, pero garantiza a la filosofía (a la palabra escrita) la adversidad inagotable de lo que la constituye y la infinita ausencia de lo que la disuelve; sólo la palabra escrita, el discurso diferido que envuelve la filosofía, seduce; sólo el texto escondido que porta Fedro puede hacer salir a Sócrates, en un sentido literal y metafórico, más allá de los límites de la ciudad, donde él encuentra habitualmente el saber. Pero, como refiere la divinidad egipcia en el relato evocado por Sócrates, el conocimiento de las letras no es un fármaco de la memoria y de la sabiduría, sino que «es olvido lo que [éstas] producirán en las almas de quienes las aprendan», y no transmitirán verdad, sino la simple apariencia de ésta, un recordatorio; no producirán la verdadera anamnesis , sino la hipomnesis . «El que piensa -dice Sócrates más adelante- que al dejar un arte por escrito [...] deja algo claro y firme por el hecho de estar en letras, rebosa ingenuidad»; porque con la escritura sucede, a los ojos del pensador griego, lo mismo que con la pintura, que «sus vástagos están ante nosotros como si tuvieran vida; pero, si se les pregunta algo, responden con el más altivo de los silencios». Las palabras escritas «necesitan siempre la ayuda del padre, ya que ellas solas no son capaces de defenderse ni de ayudarse a sí mismas»; necesitan siempre la presencia de la autoridad que las enuncia (el quién y el dónde), del padre del logos , porque, en caso contrario, se convierten en palabras sin origen, sin objeto y, por lo tanto, carentes de sustancia, carentes de verdad.
En esa naturaleza dual de la palabra como fármaco insiste Platón en diversos lugares de su obra: la palabra que cura y la palabra que envenena; la escritura como plasmación de la memoria y la escritura como construcción del olvido; el valor salutífero de la palabra y su valor condenatorio, mortal; la palabra como evocación de lo ausente y como construcción de esa ausencia que trata de derogar; etc. Es esa dualidad implícita a la palabra escrita, concebida como pharmakon , la que subyace en buena parte de la escritura de Antonio Gamoneda y la que sustenta la raíz última de su obra, «un ‘corazón', para toda la aventura de representación finalmente puesta en pie por el poeta» (p. 62), porque, al fin y al cabo, «el arte es lenguaje paradójico», la palabra poética es ambivalente, paradójica en sí (evoca memoria y construye olvido), carece de identidad ideal, y consecuentemente de la formulación explícita de una ideología: «Yo viví las causas [de la poesía social] -declara el poeta en 1987- pero en mi poesía no hay proyecto social ni ideología». Lo que no implica que no exista «una fraternidad sin esperanza» (p. 344), una «solidaridad sin esperanza », ni que su intento sea el de «aniquilar todo realismo» (p. 68), mediante un proceso de visión y figuración que desrealice el mundo y difumine su efecto social, porque «el efecto social de una obra no se puede leer sencillamente en ella, sino que está determinado de modo decisivo por la institución en que funciona » . La palabra poética, el pharmakon , es ambivalente, carece de identidad sustancial, porque ella es el medio en que se realiza; ella, en términos derridianos, difiere la diferencia, es la diferencia de la diferencia. Ahí radica precisamente el núcleo de la escritura gamonediana que se condensa en su formulación en Libro de los venenos (1995), con lo que la pertinencia de la inclusión de algunos fragmentos en Sílabas negras queda plenamente justificada, tal como subrayan Amelia Gamoneda y Fernando R. de la Flor, en su potencialidad, como el diálogo platónico apunta, de formular palabras que sean «portadoras de simientes de las que surgen otras palabras que, en otros caracteres, son canales por donde se transmite, en todo tiempo, esa semilla inmortal, que da felicidad al que la posee en el grado más alto posible para el hombre» (277 a). La palabra poética como pharmakon , como veneno , formulada en el libro de Gamoneda, trasciende el concepto ideal de la verdad para formularse como una poética (y una epistemología) desde el lenguaje, que justifica su enunciación, puesto que, tal como señala el poeta en sus «Avisos y explicaciones» a su poesía reunida, «la ciencia médica arcaica ya no es ciencia sino poesía»; en consecuencia, apuntará en otro lugar, «no me importa otra verdad o mentira que el resplandor de la obra en dichas palabras». Es la palabra sin origen («despreciando prejuicios aún vigentes sobre la originalidad y la autoría de las obras literarias»), el lenguaje diciéndose a sí mismo («sólo sé lo que digo cuando ya está dicho»), la que adquiere entidad absoluta como veneno, en su doble dimensión, salutífera y mortal, dirigido tanto a «aquellos que viven con temor y sospecha» (por donde se apunta a uno de los asuntos centrales de la poesía gamonediana: el miedo, y la mentira y la traición como sus consecuencias [«el miedo era el alimento de mi patria, / el conductor de mi espíritu hacia una vejez en que la traición es utilizada como estiércol y la mentira trabajada hasta que hierve dentro de la boca», p. 116]) como a aquellos que «tomen causa preservativa que debilite la fuerza de los venenos y los haga impotentes »(con lo que enlaza con la dimensión crítica de su obra).
Por esa vía de la palabra como veneno viene a enlazar la propuesta gamonediana con una dimensión de la catarsis aristotélica, que, en una obra transgenérica como la del autor leonés, podemos transferir de la tragedia a la escritura poética. Como sabemos, la Poética (49 b) define la tragedia como la «imitación de una acción esforzada y completa, de cierta amplitud, en lenguaje sazonado, [...] actuando los personajes y no mediante relato, y que mediante la compasión (éleos) y temor (phobos) lleva a cabo la purgación (catarsis) de tales afecciones». El temor (phobos) surge ante lo inexplicable, y se define en la Retórica como «un cierto pesar o turbación, nacidos de la imagen de que es inminente un mal destructivo o penoso» (1382 a), mientras que la compasión (éleos) es «un cierto pesar por la aparición de un mal destructivo y penoso en quien no lo merece» (1385 b); la compasión surge así ante la inminencia de que lo que le ha sucedido a un semejante me pueda suceder a mí o a alguien próximo, mientras que, tal como señala la Ética Nicomáquea, «lo más temible es la muerte: es un término, y nada parece ser ni bueno ni malo para el muerto» (1115 a).