I
La concesión del Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana del año 2006 es el motivo último de la publicación de la antología de Antonio Gamoneda Sílabas negras , a cargo de Amelia Gamoneda y Fernando Rodríguez de la Flor, que han realizado una encomiable labor editorial con la obra del poeta leonés, con un lúcido y profundo estudio preliminar que resitúa al poeta en su contexto histórico y cultural, en un gesto crítico que, como afirman los editores, no quiere ser «débil» (p. 18). La extensa antología publicada, que ofrece una amplia muestra de la obra del poeta, rompe con los criterios cronológicos habituales en la presentación de la escritura de un autor, para distribuir su producción en nueve núcleos conceptuales que rearticulan de un modo novedoso su lectura. Dentro de cada uno de esos núcleos conceptuales, los textos o sus fragmentos (al fin y al cabo, la escritura gamonediana incide en una radical fragmentariedad) sí se han ordenado cronológicamente. Además, la selección antológica, que no ha querido considerar las Mudanzas del poeta (sus versiones de Nazim Hikmet, los Negro Spirituals, Stéphane Mallarmé o Georg Trakl), ha recuperado en cambio para el corpus poético gamonediano El libro de los venenos (1995), cuya «pertenencia al género poético» reivindicaba el autor, en 2004, al comienzo de su poesía reunida, situándolo como uno de los ejes principales del devenir poético del leonés de los últimos años. Añade, por fin, tres textos inéditos del poeta, alguno de extraordinaria relevancia, que enlazan directamente con su última escritura en Arden las pérdidas (2003) y Cecilia (2004).
Cada uno de los núcleos conceptuales en los que se agrupa esta nueva lectura de la poesía de Gamoneda incide en un aspecto relevante de su escritura, mostrando el conjunto, no como una «obra única», sino como una «antología rota» (p. 17), al modo de la de León Felipe, que hace hincapié en la fragmentariedad del espacio que organiza, al mismo tiempo que pone de relieve la recurrencia esencial de la poética del leonés. Así, Esfera incide en el terreno de la intimidad, pero también en el de la retracción , y evoca metonímicamente el espacio del hueco, como el territorio de lo ajeno, el vacío y la desocupación. País sin retorno es el territorio del hombre, pero también el espacio de la escritura como última patria, donde acontece la poética de la resistencia y el relato de una expulsión definitiva; espacio de la desaparición donde se cultiva la lengua del olvido. Parajes recoge aquellos textos en que la mirada (la «pasión de la mirada») y la lengua conforman la naturaleza, fundan sentido. La figura del poeta aparece entonces ligada implícitamente al mito de Anteo, y la escritura poética entronca y renueva, se arraiga, en un sentido último, en la tradición de las Geórgicas . En Materia alzada se antologan aquellos textos que reflejan una serie de visiones epifánicas, que poco tienen que ver con una trascendencia espiritual mística, sino que más bien se incardinan en una mística de lo real, de lo material. Un grupo de poemas amorosos, de un amor dolorido, pero también de una solidaridad fraternal, las «formas oscuras del amor», se recoge en la sección La dulzura y su sombra . Pasiones vanas, inútiles, impuras son aquellas que afectan a una visión existencial del individuo, pero también a la aparición de una conciencia crítica que hace de la belleza una necesidad: «juro / que la belleza es necesaria» (p. 294). Atrabilis es la «bilis negra», la melancolía, pero también la ira: «la ebriedad de la melancolía» (p. 359). Ahí se experimentan la desaparición del sujeto, el error objetivo, la conciencia del fracaso certero, que invierte, en cierto modo, el «azar objetivo» bretoniano: «he llegado, por fin; éste no es mi lugar, pero he llegado» (p. 356). Fármaco incide en esa dimensión dual de la palabra poética, central a la escritura gamonediana, que es veneno y salvación, que es memoria y olvido, que es aprendizaje de la muerte. Aquí se revela el carácter central dentro de su escritura de Libro de los venenos a la par que se descubre el regusto de su poesía por la palabra que arraiga en el saber ancestral, por un lenguaje que dice la sabiduría ancestral, que arraiga en lo telúrico. «La geografía del final es blanca», pero los signos de la desaparición del sujeto, de la disolución de su escritura, se van haciendo palpables a lo largo del texto de Geografías blancas a través de la transparencia, de la pérdida de identidad, de la designificación. La escritura gamonediana descubre así su punto más extremo y se formula como una poética de la desocupación del espacio, de la desmaterialización del lenguaje y su disolución, una construcción de la designificación, del tránsito de lo visible a lo invisible, del tránsito por la sabiduría que otorga el olvido y que nos prepara a ese olvido absoluto de la muerte.
El brillante estudio prologal de Amelia Gamoneda y Fernando R. de la Flor incide, como núcleo central, en un análisis del corpus gamonediano desde la perspectiva de la filosofía de la cultura, desde un abanico amplio de puntos de vista (que van de Benjamin a Derrida, de Auerbach a Kristeva y Bourdieu), para integrarlo en el desarrollo del tiempo histórico en el que se ubica, y que, como señalan los estudiosos, no es uno, sino cuatro: Guerra Civil, Franquismo, Transición y Posmodernidad. Analiza también la pertinencia de la escritura gamonediana en el contexto socio-histórico en que surge, convirtiéndose en la contrafaz de un «sistema desvitalizado, el cual, mediante esta operación, recupera la energía simbólica que se le escapa (a chorros)» (p. 74). En fin, el estudio preliminar pone de relieve la inserción de la «melancolía generosa» gamonediana, distanciada de la visión irónica o de la elegía lacrimógena de algunos de sus coetáneos, como producto de un momento histórico; subraya la «razón terapéutica» que anima la escritura de Gamoneda; y pone el acento en la dimensión alegórico-visionaria de su obra.
Si 1987 fue proclamado por algún crítico en su momento como el «año Gamoneda», no cabe duda de que el 2006 supone una reedición merecida de aquel evento, pues, a la aparición de la antología que comento, se ha unido la publicación de otras tres selecciones antológicas: Sublevación inmóvil y otros poemas , edición no venal preparada por el autor; Ávida vena , con edición y breve introducción de uno de los más destacados y brillantes conocedores de la obra del leonés, como es Miguel Casado; y Antología poética , preparada por otro destacado especialista en la obra gamonediana como es Tomás Sánchez Santiago. Esta última selección, más breve y convencional en su ordenación que Sílabas negras , ha estado «presidida -tal como puede leerse en la sustanciosa «Introducción »- por la presencia de recurrencias de todo tipo [...] que dejen esa sensación de unanimidad, más que de unidad, en esta escritura poética».
Las palabras que siguen a continuación son el resultado de una lectura detenida tanto de la obra gamonediana tal como se presenta en Sílabas negras como de la lectura que de ella han realizado los antólogos. Quiere ser, a su vez, una lectura de la escritura de Antonio Gamoneda en su conjunto.
II