No es por ello extraño que la figura de un humanista como la del portorriqueño Esteban Tollinchi, recientemente desaparecido, sea invocada por Mario Vargas Llosa (El País, 31-XII-2006) como una auténtica rareza, equiparable a la de aquellos intelectuales rusos del XIX , recordados por Isaías Berlín, que mostraban una admiración sin tasa por la Europa occidental, no muy distinta a los afanes de Eugenio Asensio cuando estudiaba a los formalistas en su lengua original. Tollinchi «leía en nueve lenguas, entre ellas el griego clásico y el latín, y, además de la Filosofía, que era su especialidad y la materia de su cátedra, se apasionaba por la historia, la literatura, la filología, la antropología, el arte y, en general, todas las manifestaciones del saber humanístico». Abrumadora cita, sin duda, que remite casi a un imposible, dada la actual fragmentación y hasta atomización de los saberes, sin olvidar cuanto supone el reduccionismo local, la masificación y la dificultad de hacer compatible un alto nivel de especialización de las materias con la universalidad del conocimiento. Cuadratura del círculo, que, en el campo de la creación artística y literaria propiamente dichas, han podido alcanzar afortunadamente, eso sí, algunos argentinos, colombianos o andaluces universales, gracias a cuya preeminencia la cultura hispánica tiene nombres propios que añadir a su pasado glorioso.
Ponle su esquila de labrado estaño
Por otro lado, cabría recordar el casi olvidado fundamento de los Studia humanitatis, que Cicerón vinculara en el Pro Archia al desarrollo moral del ser humano, a esa educación para la virtud a la que apeló Vergerio y que hoy se consideraría vocablo extemporáneo, ajeno a cualquier concepto de utilidad desprendido de los mismos. No olvidemos además que las artes calificadas de liberales lo eran por cuanto implicaban de hacer el bien graciosamente y sin esperar recompensa alguna. Tales presupuestos, aplicados al Humanismo actual o más precisamente al Hispanismo, exigirían desde luego ser atendidos en su diversidad, pero también en su desequilibrio respecto a los muchos lugares del mapa en los que habita. Lo que, más allá de «la retórica divina», obliga (también con palabras de Rubén Darío) al logro de «una celeste unidad» que haga compatibles «los mundos diversos» con «los números dispersos», o lo que es lo mismo, a un reparto más justo entre la dignidad y la miseria que arrastran las Humanidades en un mundo tan violento y tan desigualmente repartido.
Tarea difícil donde las haya, sobre todo porque, como ya advirtiera Toynbee, a las Humanidades en general les afecta el impacto de la democracia sobre la calidad de la educación, al generalizarse y masificarse sus enseñanzas. Problemas que ya se planteó la UNESCO en 1953 (Humanism and Education in East and West, 1953) y que están lejos de resolverse en los tiempos presentes, sometidos a un alto proceso migratorio y al impacto que han supuesto las nuevas tecnologías en la galaxia de Gutenberg. Revuelto panorama en el que todo puede justificarse y hasta sacar provecho, pues ya lo decía Alan Bloom: «Las Humanidades son como aquel gran rastro parisino de los viejos tiempos, donde, entre grandes montones de chatarra y baratijas, la gente con buen ojo siempre encontraba algún tesoro que le hacía rico».
En ese capítulo, cabría considerar también a quienes sostienen la gran casa de las Humanidades y transmiten sus conocimientos, habida cuenta de que, como aseveraba López de Montoya en el Libro de la buena educación (Madrid, Viuda de P. Madrigal, 1595, p. 311): «Es de más importancia ser discípulo de buen maestro que hijo de buenos padres». Pero esa comunicación y hasta centella que dicho maestro debe encender en la lumbre del alumno, alimentada por humanistas como Nebrija o Vives, requeriría hoy también toda una reflexión escéptica y antidogmática pareja a la de Sexto Empírico en su libro Contra los profesores . Y no tanto para refutar las disciplinas, los métodos y las materias, sino como revulsivo contra la inacción, porque, a veces, «más que escasez de medios, lo que hay es miseria de voluntad». Así pensaba Santiago Ramón y Cajal, autor de la Textura del sistema nervioso del hombre y de los vertebrados (1897-1904), y cuyas tres «manías» fueron: la literatura, la gimnasia y la filosofía, cuando creía en el milagro del entusiasmo y la perseverancia.
Los tónicos de la voluntad
En sus Reglas y consejos sobre investigación científica. Los tónicos de la voluntad, Cajal hablaba de cómo compaginar una amplia cultura sin enciclopedismos con la necesidad de especialización, apoyándose en el manejo de las lenguas (que por aquel entonces eran cuatro para la ciencia: francés, inglés, italiano y alemán), así como en el dominio de los métodos y en la búsqueda de lo nuevo. Allí hablaba además de los maestros enfermos de la voluntad: contemplativos, diletantes, megalófilos..., como si retomara el camino moratiniano de La derrota de los pedantes, planteando también la necesidad de medios adecuados, tanto materiales y profesionales como familiares, para poder lograr avances en la investigación. En dicho proceso, Cajal incluía además los deberes concernientes al estado y la necesidad de romper estructuras paralizantes que permitieran una visión internacionalista alejada de localismos culturales. Todo ello apoyado en constantes lecturas de Voltaire, Montesquieu, Newton, Rousseau, Kant, Hegel, Schopenhauer, Marx, Engels o Baltasar Gracián, que, como ocurre en su novela El pesimista corregido , aunque le llenaron de escepticismo, no le hundieron sin embargo en su tarea de investigador. Esta consistía para él en «un poema vivo de acción intensa» en el que había que seguir trabajando siempre. Perspectiva que tal vez permita entender mejor hoy la verdadera dignidad del oficio elegido dentro del arco de las Humanidades, a sabiendas de las muchas dificultades que conlleva y de que la llamada tragedia de la cultura ya no debe entenderse como derrota, sino como un conflicto que conviene señalar y hasta denunciar, aunque no se prometa su solución inmediata.