No deja de ser curioso además que dichas Humanidades, para justificar su existencia, deban revestirse de manera que parezcan ciencias, y mejor si son aplicadas o tecnológicas, obligando a un esfuerzo añadido, parejo al que en el Siglo de Oro tuvieron que hacer algunos oficios para llegar a formar parte del panteón de las artes liberales. El realce de una disciplina, por su vecindad o parangón con otra, viene de antiguo. Ya Vegecio fundamentaba la dignidad de su Mulomedicina argumentando que, «igual que los animales ocupan el rango siguiente al hombre, el Arte veterinaria va detrás de la Medicina», aparte de considerar que los caballos suponían un apoyo sustancial en la guerra y en la paz. Pero si de esa perspectiva se deducen consecuencias graves en los programas educativos y en la promoción de sus enseñanzas, sería poco razonable pretender que la enemiga de las Humanidades fueran las ciencias en su sentido moderno, toda vez que la pobreza intelectual suele ir de la mano de cualquier disciplina. La identificación del progreso con los saberes, ¿acaso no corresponde por igual a la física, la biología o la medicina que a la historia o a la lingüística?.
La larga lucha por la enseñanza de las lenguas clásicas, y no digamos por la de aquellas que se salen del canon occidental y que son de suyo las más desfavorecidas, se extiende ahora como un torrente imparable que arrastra, en oleadas sucesivas, los períodos históricos para desembocar en el ancho mar del presente inmediato, dejando apenas pequeños vestigios en el delta de la acronía o en la indeterminación de unos estudios culturales y hasta patrimoniales mal definidos. ¿Arderá de nuevo la Biblioteca de Alejandría, es decir, el símbolo de la transmisión del saber, la continuidad de la cultura, desde la antigua Grecia en adelante y junto a ella la herencia renacida con el Humanismo? La respuesta, sin embargo, no parece residir en las bien abastecidas bibliotecas, multiplicadas por el ancho mundo y aun virtualizadas por doquier y sin discreción alguna, sino en la falta de continuidad que amenaza a los estudios mismos y a la cadena formada por quienes los imparten y reciben. El peligro, por tanto, no está sólo en que los libros desaparezcan, sino en el uso que se haga de los mismos y hasta en la incapacidad de entenderlos, ahora que las bibliotecas (en paralelo con las editoriales y las librerías) se plantean la necesidad de relegar al ostracismo aquellos volúmenes que estén fuera de uso o encarezcan su almacenamiento.
Por otro lado, no deja de ser paradójico que cuando la investigación humanística en español alcanza niveles equiparables a los de otras lenguas y cuando el Hispanismo crece constantemente en números redondos por los cinco continentes, el panorama de la enseñanza básica de la lengua y de la literatura españolas en España sea cada vez más desolador. En la cadena de los saberes, roto cualquiera de sus eslabones, cabe preguntarse si es posible empezar luego de nuevo con un «decíamos ayer». Pensemos en la quiebra del Centro de Estudios Históricos tras la Guerra Civil, o lo que supuso, en sus países de origen, la diáspora obligada de intelectuales hispanoamericanos durante el pasado siglo. En ocasiones, no parece sino que se repite al pie de la letra la afirmación de Juan Maldonado cuando hablaba, en su Paraenesis ad litteras (1529), del contraste entre las tinieblas a las que parecían abocados «los ingenios hispanos», por el descuido de su enseñanza, y la que ofrecían los demás países, instando a una regeneración de los estudios; pues, como él mismo añadía, «no hay arte, ni disciplina que no se resienta del daño causado en la primera enseñanza». Maldonado deseaba además un aprendizaje de las buenas letras, que, al igual que el endecasílabo junto al Generalife, venía otra vez de la mano de Andrea Navaggero, tras un diálogo en Burgos a la sombra del Emperador y presidido por el amor a las mismas. Su defensa apelaba además al goce y hasta al consuelo que se desprendía del estudio de las disciplinas, aparte de constatar su utilidad para la formación civil y para abrirse camino en la vida. Con ella, se adelantaba a Gracián, cuando decía en El Criticón que las lenguas son las llaves del mundo. Presupuesto que también compartiera, entre otros, Francisco Decio en su Oratio ante el jurado valenciano , donde consideró la dignidad de la filología como llave para acceder al conocimiento de las demás disciplinas. Claro que tan elevadas consideraciones se desvanecen ante el dominio presente de los medios audiovisuales, cuya amenaza ya sintiera Pedro Salinas en su Defensa del lenguaje, al verlo reducido a «tirillas» ilustrativas.
Los antes bien hadados
La irresistible ascensión del castellano en la actualidad no debe ser meta sino camino que lleve a su consideración como lengua de cultura en contacto con las otras muchas con las que dialoga y convive, enriqueciéndose mutuamente. En este sentido, la vindicación de las letras y las artes hispánicas así como su digna ubicación canónica no se lograrán debidamente sin el necesario coloquio, a todos los niveles, con las demás culturas. El Hispanismo, como verdadero Humanismo, exige presencias compartidas y traducidas que, al igual que en la Fabula de homine de Juan Luis Vives, permitan representar bien el papel de cada uno en el gran teatro del mundo, aunque ello ya no permita sentarse junto a los dioses. Esa idea de universalidad, a la que apelaran Marsilio Ficino y otros humanistas, es además consecuente con el origen mismo de la idea de dignidad del hombre que Pico tomara de Ibn Al-Muqaffá, concibiéndolo como un ser indefinido, sin casa fija, proteico y camaleónico, pero capaz de elegir e ir haciéndose lib reme nte a sí mismo.
La dignidad de la Filología a la que apelara Leo Spitzer siempre fue unida a la del resto de las disciplinas, a las que servía como madre nutricia. Así lo entendieron Gutiérrez de los Ríos en su Noticia general para la estimación de las artes (1600) o Velázquez en Las Meninas, y así lo refrendaron Lope y Calderón en sus deposiciones a favor de una pintura parangonada con las viejas disciplinas del trivium y que cabía considerar mucho más que oficio. El lenguaje de las artes plásticas, como el de la música, hacía más sencilla además esa universalidad que también es evidente en nuestros días. Pese a ello, la entraña filológica del Humanismo no debe ser subestimada, pues de las ciencias del lenguaje, e incluso de su necesidad de ser traducido, surge el lenguaje de las ciencias en todo su ancho espectro. Feliz comunión de res y litterae , palabras y cosas, como las que conformaron el Discurso de las letras humanas llamado el Humanista (1600) de Baltasar de Céspedes. Claro que la maternidad y hasta la paternidad de los saberes es también aleatoria, pues Juan de Pineda recogía el lugar común que concedió a la filosofía el origen de los mismos. Sin embargo, en ese y otros sentidos, no cabe hablar hoy de primacía alguna de una disciplina sobre otra, sino de la necesidad de contacto entre todas ellas, alterando esa vivencia actual en compartimentos estancos, sin apenas relación y desgajadas de su esencia histórica.