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Ínsula 725 Ínsula

La dignidad de las Humanidades y el Hispanismo

por Aurora Egido
Ínsula nº 725, Mayo 2007

Número de páginas: 4
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La tensión entre libertad y orden que surge en todas las épocas marcó las tendencias del Humanismo español en sus distintas fases, adaptándose al tiempo y a la ocasión, aunque no siempre con niveles de excelencia. Así lo recordaba Luis Gil, al adentrarse en la educación formalista de la Compañía de Jesús, que descuidó la esencia de los Studia humanitatis en su integridad y en su contexto histórico cultural, encaminando la pedagogía al dominio de un latín que sirviera entre otras cosas, para polemizar con los herejes. A su vez, la reescritura de las obras de Nebrija, Vives y sobre todo del Diálogo de la dignidad del hombre de Pérez de Oliva, llevada a cabo en México por Francisco Cervantes de Salazar, se orientó en buena parte hacia esa misma dirección. Sus diálogos supusieron los primeros libros de texto para el estudio de las Humanidades en el Nuevo Mundo, amoldando las cuestiones de la lengua y de las disciplinas vigentes en Italia y España a una perspectiva cargada de filosofía moral cristiana. No en vano el camino de la sabiduría, según Salazar y otros muchos, debía conducir a Dios, aunque él adivinó que, para esa tarea, tenía que adaptar los modelos a las necesidades de una topografía, unas costumbres y unas leyes distintas, como las que él mismo dibujara en Alrededores de México. Todavía en la España de la posguerra Alexander A. Parker, en una conferencia pronunciada en el Ateneo de Madrid el 16 de abril de 1951, titulada «Valor actual del Humanismo español» (Madrid, Estades, 1951), afirmaba categóricamente que éste era «un humanismo cristiano », refrendado tanto por «la cumbre del monte de la miseria» del Guzmán de Alfarache, como por el sello de un Calderón que sabía muy bien Lo que va del hombre a Dios. Planteamientos que, por otro lado, venían de lejos y que el Romanticismo germánico había difundido como moneda corriente en la historiografía al uso, acrisolando la idea de una cultura hispánica diferente, concebida como salvaguarda de la cristiandad.
La combatida antena
El actual retroceso en los estudios grecolatinos y en el de los que hoy consideramos nuestros clásicos (incluidos los medievales) no es desde luego nuevo, y una buena parte de los problemas con los que se enfrentaron los humanistas afloran, con distintos ropajes, en el mundo académico actual, donde el Hispanismo trata además de situarse dentro del canon universal en desigual competencia con otras culturas y lenguas, abocado a programas y métodos en los que el presente inmediato tiene carta de privilegio sobre la tradición. Por otra parte, el crecimiento imparable del español no corre parejas con la impronta de los estudios hispánicos en el horizonte internacional, aunque poco a poco vaya ganando terreno. Las cuestiones que ello plantea son, sin embargo, tan viejas como los propios estudios y andaban ya implícitas en el programa humanístico vindicado por Lorenzo Valla y luego repetido en infinidad de prolusiones y praelectiones , en las que no sólo se reivindicaba la gloria de las disciplinas, sino el poder y la fuerza de las propias instituciones universitarias. No olvidemos además cuanto implicaron las cuestiones de la lengua (incluida la de ser compañera del imperio), porque la fortuna de las ciencias ya iba unida a ella, como supieron muy bien Nebrija o Brocar. No es por ello extraño que el autor de la Minerva y de las Anotaciones a Garcilaso escribiera también una Sphera mundi .
La dignidad de la lengua y la de las distintas disciplinas humanísticas, desde entonces acá, y por encima de sus variados contenidos y manifestaciones, supone una imagen del saber que trata de imponerse según unos modelos que se enfrentan a otros con un evidente afán de preeminencia y dominio en todos los órdenes. Lope Alonso de Herrera invocaba en 1530, ante el claustro de la Universidad de Alcalá, el estudio de las Humanidades como reme dio para huir de la feritas. Esos achaques de fiereza e incultura atribuidos a lo hispano venían de atrás y no los olvidaría más tarde el padre Feijoo en su Teatro crítico universal (disc. XIV), al enunciar las «Glorias de España» frente a los que pensaban era patria de «los más inhábiles y rudos entre las Naciones principales de Europa». Presupuestos que todavía perduran, confundidos con supuestos hechos diferenciales de variado signo, proyectados además en la escasa impronta que la lengua española tiene hoy día en los organismos del poder político, económico o científico. Para luchar contra ello, no basta con una nueva Apología «Pro adserenda Hispaniorum eruditione» (1553) como la de Alfonso García de Matamoros, donde éste erigiera un monumento a los varones ilustres y doctos, desde tiempos inmemoriales, para acallar la boca de los farsantes que hablaban mal de los esclarecidos españoles. En ella no faltó además un pequeño y discreto coro de mujeres ilustres, formado por Ana Osorio o Ángela Zapata; prueba de que también ellas formaban parte del ingenio hispano.
Otros, como Damián de Goes, ya habían propuesto con anterioridad, como es bien sabido, una saga hispánica de hombres preclaros. Pero esos ríos por los que circulara la docta sangre de Hispania fecunda parecían contravenir lo que el propio Matamoros había escrito en De ratione dicendi libri tuo (1548), al enumerar las causas de la decadencia de las artes liberales, recordando curiosamente que los españoles habían dado más importancia a los «negocios» que a la lectura de Aristóteles y Cicerón. Razón de peso que juega por doquier, también en nuestros días, a favor del español, pero no tanto como lengua de cultura y fuente de investigación, sino como factor de acicate económico deducido de sus muchos millones de hablantes. En este y otros sentidos, conviene tal vez recordar los dictados de la España Atlántica que recogiera la Constitución de Cádiz en 1812 y que, a efectos del verdadero Hispanismo, en la actualidad, carente de fronteras, habría que extender mucho más allá de la topografía de las dos orillas.
También cabría considerar que la vindicación de la dignidad del ser humano acabó por ampliarse a la de las Humanidades y a la del humanista, apelando en definitiva, como señalara Jack A. Parker, a la dignidad de la profesión, hoy tan desconsiderada. Así explicaron la dignitas Pico Della Mirandola, Gianozzo, Manetti o Pérez de Oliva, identificando además la humanitas con el estudio de las lenguas clásicas. El mismo que, prolongado a los períodos históricos que nos preceden, parece irse reduciendo en nuestros días cada vez más, conforme desciende su rentabilidad a efectos políticos o económicos, mientras aumenta su uso ornamental y de publicidad inmediata.
Si este daño común no se previene
La aplicación pedagógica de las Humanidades implicaba toda una doctrina de formación íntegra, con una proyección ética y política que hoy casi podemos dar por desaparecida, incluso si apelamos a la deriva experimentada, en el pasado siglo, de los modelos que impulsara el krausismo. Al humanista en general, cualquiera que sea el territorio de su lengua, y al hispanista en particular, se le exige constantemente que dé señas de utilidad y productividad, pervirtiendo así no solo la esencia misma de su tarea académica, sino la del mismo lenguaje. De este modo, la originaria búsqueda de la excelencia con la que se identificó el concepto de dignidad se ha trastocado de tal modo, que la que atañe a las Humanidades apenas se dibuja como reliquia o vestigio, y siempre en clara desventaja académica con la ciencia, como si aquéllas no formaran parte de ésta. También habría que considerar la relación inversamente proporcional entre medios y fines en cuanto se refiere al exceso de información y a la burocratización académica que apenas deja resquicio a la investigación propiamente dicha o al sosiego debido en la docencia.
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