Para Claudio Guillén. In memoriam
Acercar dos términos surgidos en el siglo XIX y aparentemente afines como Hispanismo y Humanismo no parece ilógico, aunque éste se haya ido desprendiendo con el paso del tiempo de su sentido originario hasta vaciarse de contenido. Asunto que también atañe al concepto de Humanidades, heredero de una larga tradición clásica y neoclásica que ha terminado aplicándose a una vaga adscripción en los programas educativos donde las disciplinas en cuestión apenas presentan conexión alguna más allá del edificio en el que se imparten.
Reflexionar sobre los Studia humanitatis en el ámbito concreto del Hispanismo no supone desde luego una reducción, salvo la que implica acotarlos a través de una lengua que hoy prácticamente no tiene fronteras y cuyos estudios han crecido y crecen gracias a la dedicación de los hispanistas. Término éste, de menor prosapia y antigüedad que el de humanista, pero con el que se identifica como profesión elegida por vocación y vinculada a un magisterio.
Si los nombres pueden ser consecuencia de las cosas, es posible que el vacío de las palabras Humanidades y Humanismo tenga mucho que ver con el mencionado desgaste que tales disciplinas y conceptos han sufrido en los últimos tiempos. Sin entrar en el meollo de tan controvertido asunto, tal vez convenga recordar aquellos versos de «Madurez tardía» en los que Cseslaw Milosz sentía que se alejaban de él, como naves, una tras otra, sus «existencias anteriores », mientras contemplaba la marcha delirante del mundo. Las obras de senectute suelen llevar cierto acíbar. Eso ocurre al menos con la de Francisco Rodríguez Adrados , Humanidades y enseñanza (Madrid, Taurus, 2002), reflejo de una larga batalla librada, con grandísimo empeño, contra el destierro de los clásicos en las aulas, y que parece remitir a aquel lugar común recordado por Saavedra Fajardo en su República literaria : «Cayó el Imperio romano y cayeron (como es ordinario), envueltas en sus ruinas, las ciencias y las artes». Aserto con el que el ilustre diplomático acompañaba su disertación sobre lo mucho y malo que se publicaba en su tiempo.
Entre los pucheros anda el Señor
Cualquier vindicación de las Humanidades debería ir acompañada de aquel sentido práctico que estas tuvieron en su origen y que Heidegger reclamaba en su Carta sobre el Humanismo , cuando decía que «el lenguaje es la casa del ser» y el hombre quien la habita, pero corresponde a los pensadores y a los poetas ser sus guardianes. En ella, el filósofo alemán no sólo alertaba contra los «ismos», sino que avisaba del descenso del pensamiento hacia la pobreza y de la realidad cambiante del Humanismo, que se manifestaba de formas distintas a lo largo de la historia, incluso desligándose (como en el caso de Marx o Sartre) del retorno a la Antigüedad. Más allá de cuestiones metafísicas, que Ernesto Grassi devolvería más tarde al sustrato filológico del Humanismo, la epístola heideggeriana recogía una sentencia de Heráclito contada por Aristóteles (De part. anim. A5, 645 a 17), a propósito de las maravillas que contiene la naturaleza, y que podemos vincular también a la tradición de la dignidad del hombre como quidam Deus, pero al que la realidad rebaja continuamente:
Se cuenta un dicho que supuestamente le dijo Heráclito a unos forasteros que querían ir a verlo. Cuando ya estaban llegando a su casa, lo vieron calentándose junto a un horno. Se detuvieron sorprendidos, sobre todo por que él, al verles dudar, les animó a entrar, invitándoles con las siguientes palabras: «También aquí están presentes los dioses».
Heráclito cortaba así de raíz la expectativa de quienes creían que su actividad se desarrollaba en un lugar más digno. Andando el tiempo, Santa Teresa haría otro tanto, y no por intuición femenil alguna, al trasladar la sentencia común al ámbito de la obediencia, colocando a Dios entre los pucheros (Libro de las Fundaciones , 5, 8). La similitud se acrecienta aún más si consideramos que lo que dice la letra del texto aristotélico es que Heráclito los recibió en la cocina mientras se calentaba. Esto es, justo donde Heidegger ubicaría más tarde su carta sobre el Humanismo: en el horno donde se cuecen los panes del diario vivir. Lugar con el que, por cierto, Aristóteles deseaba mostrar la Belleza que se desprendía del estudio de los animales. De este modo, la estancia de las Humanidades, donde puede aparecer lo extraordinario, se configura como una morada corriente que, según Heidegger, conduce a la existencia histórica, «a la humanitas del homo humanus, al ámbito donde brota lo salvo», pero donde también se alberga la maldad.
De vanos obeliscos punta altiva
El Renacimiento erigió, frente a las miserias humanas, el templo de la dignidad, vinculándola precisamente a las Humanidades, constituidas en su salvaguarda. El tema es bien conocido y las letras hispánicas aportaron a la cadena temática algunos señeros eslabones, como los forjados por Luis Vives o Pérez de Oliva, sin que tales miserias fueran por ello excluidas, porque, desde las ascensiones de fray Luis de León o el Primero Sueño de sor Juana Inés de la Cruz, los más altos vuelos intelectuales han estado llenos de fracasos y descensos. La afirmación y defensa del saber alcanzó formas muy diversas, incluso vinculadas al origen divino de la poesía, como la de Juan Ángel González en su Sylva de laudibus poeseos , donde sus referencias a Horacio, Poliziano y Landino irían abriendo el camino que llevaría más tarde al Humanismo de Virués, Artieda o Guillén de Castro. Para entonces, los Studia humanitatis y el oficio de humanista ya implicaban, según recuerda Nicholas Mann, una práctica que hacia 1809 se transformaría en concepto, al sustantivarse el calificativo Humanismo como expresión de los valores de la Antigüedad grecorromana rescatados por el Renacimiento.
La erudición clásica partió entonces de una paideia en la que la retórica y la dialéctica tenían como norte el manejo del lenguaje y el análisis de los clásicos, leídos y entendidos como si estos gozasen de plena actualidad; operación que luego permitía el acceso al resto de las disciplinas, incluidas las científicas. Sin embargo, el abismo entre ciencia y modelos clásicos -tan insalvable en nuestros días- se percibió ya por algunos humanistas que, como Montaigne, veían lo errado de quienes creían que el pasado podía iluminar el presente. En ese sentido, no deja de ser curioso observar actualmente cómo, a la postura optimista de un Bruckhardt, que mostrara la cara más feliz del Renacimiento, W. J. Boywsma ha opuesto otra más insegura en El otoño del Renacimiento (1550-1640) (Barcelona, Crítica, 2001), enfrentándose a la linealidad de la historia de la cultura, considerada como un avance imparable hacia el mundo moderno, al verla marcada por la desconfianza y la duda. Claro que de ese escepticismo nacieron precisamente las obras de Cervantes, Galileo, Shakespeare o Descartes, que llevarían a alterar el panorama cultural europeo del siglo XVII .