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Ínsula 724 Ínsula

La narrativa española del 2006

por Domingo Ródenas de Moya
Ínsula nº 724, Abril 2007

Número de páginas: 6
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De horrores más próximos trata El pintor de batallas (Alfaguara) de Arturo Pérez Reverte, su novela más autobiográfica y su apuesta más resuelta por una narrativa que trascienda el mero y legítimo entretenimiento. Con la falsilla de los grandes «pintores de batallas» de la antigüedad (en el linaje epopéyico de Homero e historiográfico de Jenofonte), Pérez Reverte urde la historia de un fotógrafo de guerra, Andrés Faulques, claro trasunto suyo, testigo de todas las atrocidades, cuya vida está marcada por la obsesiva captación de una imagen que definitivamente plasme en toda su magnitud el horror y por los fantasmas de un soldado croata, Ivo Markovic, y su amante Olvido Ferrara. Pero lo que el autor murciano ha pretendido en esta novela ambiciosa entre las suyas ha sido vindicar la función explicativa, esclarecedora y hasta cierto punto apaciguadora que la literatura (mejor sería decir las humanidades) desempeña en la asimilación de la barbarie de nuestro tiempo.
Del cúmulo de títulos novelísticos que injustamente quedan sin mencionar rescato algunos siquiera para dejar constancia de su aparición. Gustavo Martín Garzo regresa en Mi querida Eva (Lumen) a su Valladolid natal para contar una fábula de aprendizaje amoroso. Pablo Tusset, cuya revisión de la novela negra Lo mejor que le puede pasar a un cruasán derivaba en línea directa de Manuel Vázquez Montalbán y Eduardo Mendoza, ha repetido la fórmula con En el nombre del cerdo (Destino), apoyándose en las bazas de la amenidad, la rapidez narrativa (aquí algo frenada), las situaciones disparatadas y la incorrección política. Al género negro pertenece asimismo el duodécimo Premio Lengua de Trapo, El disparatado círculo de los pájaros borrachos , tercera novela del joven Juan Aparicio- Belmonte, en la que la pauta policiaca da cobijo a una sobreabundancia de imaginativos enredos más o menos imbricados y bien resueltos. El frenesí narrativo, salpicado de elementos propios de la literatura del absurdo (como en Tusset, aunque en otra clave), encuentra un aliado en la prosa funcional a la que le falta algo de tensión y mordiente. Mucho más elaborada es la prosa lírica de Rafael Ballesteros en Los últimos días de Thomas de Quincey (DVD), donde el autor juega con la perspectiva de diversos personajes que tuvieron algún papel relevante en la andadura vital del romántico inglés (su madre, su padre, su primera amante y su esposa) antes de concederle a él mismo la palabra en el último capítulo.
Como en Aparicio-Belmonte y Tusset, también encontramos la pauta estructural de una investigación en Mala gente que camina (Alfaguara) de Benjamín Prado, si bien la pesquisa que articula su extensa narración no es policial ni satírica, sino histórica y bien grave, pues responde a un palmario propósito denunciador. Lo que se denuncia es una de tantas atrocidades orquestadas desde las cavernas franquistas, en este caso el robo de niños a las madres republicanas. Siguen siendo, pues, las sucias tripas de la dictadura una fuente no ya de inspiración sino de reflexión y denuncia para los nietos de quienes combatieron en la guerra, pero la literatura no se fabrica únicamente con la razón de la justicia, ni menos con la fragorosa indignación, por mucho que el lector comparta por completo una y otra. Prado, como antes Javier Cercas o Isaac Rosa en su notable El vano ayer (2005), mezcla las criaturas de su magín (empezando por el profesor de instituto metido a investigador y siguiendo por la escritora falangista Dolores Serma) con personas reales (Carmen Laforet, Dionisio Ridruejo o Miguel Delibes entre otros), pero en esta ocasión esa mezcolanza venerable (¡ya está en el Quijote !) resulta cuando menos discutible debido a las imputaciones que, en la ficción desde luego pero con un obvio efecto de verdad, se vierten sobre algunos de los mencionados. Armada con habilidad y escrita con oficio, la novela entretiene, a pesar de que a más de un profesor de instituto le parecerá su protagonista inverosímil y a pesar del maniqueísmo que se expresa a través del narrador.
Quisiera destacar un par de títulos de autores jóvenes en los que despuntan excelentes aptitudes y en cuyas propuestas se vislumbra alguna salida a la narrativa encallada en el costumbrismo o en la memoria de la historia reciente. Me refiero a Julián Rodríguez y Agustín Fernández Mallo, autores respectivamente de Ninguna necesidad (Mondadori) y Nocilla Dream (Cendaya). En su tercer título, el ext reme ño Julián Rodríguez ha logrado una novela elegíaca de forma ceñida y profunda significación. Sin aspavientos ni desbordes emotivos, el narrador, en capítulos exiguos, refiere los últimos siete días de vida de un amigo, el Muerto, cuya enfermedad se encuentra en fase terminal. Con loable economía de medios expresivos y apoyándose en un discurso elíptico, Rodríguez alcanza una intensidad poco frecuente en un panorama en el que reina la prolijidad y la reiteración. Por su parte, Fernández Mallo representa de forma conspicua la sustitución del esquema narrativo basado en la trama por una red de microficciones surgidas en gran parte de la mitología de la cultura de masas y atravesada de referencias a los iconos y máscaras de la misma. En la atomización del discurso se detecta la impaciencia posmoderna del zapeo y la navegación por Internet, la discontinuidad de la percepción y el bombardeo informativo. La audacia experimental de Fernández Mallo es reedición de las irreverencias exploratorias de la vanguardia y la neovanguardia (del Modernismo y el Posmodernismo si se quiere), pero ello no le resta fuerza de estímulo a su propuesta. Nocilla Dream es de hecho la primera entrega de una trilogía que habrá de ir apareciendo (los títulos siguientes son Nocilla Experience y Nocilla Lab ) y a la que hay que prestar atención.
La narrativa breve
En el apartado irredimiblemente ancilar de la narrativa breve, hay que consignar los nuevos libros de creadores veteranos como José Jiménez Lozano, El ajuar de mamá (Menoscuarto), Cristina Fernández Cubas, Parientes pobres del diablo (Tusquets), y Juan Antonio Masoliver Ródenas, La noche de la conspiración de la pólvora (El Acantilado), junto a colecciones de autores más jóvenes: Los peces de la amargura (Tusquets) de Fernando Aramburu; Parpadeos (Anagrama) de Eloy Tizón, y Alumbramiento (Páginas de Espuma) de Andrés Neuman. El debut literario más destacable acaso sea el de Berta Marsé con En jaque (Anagrama), y la tendencia creciente a la que conviene prestar atención es la del microrrelato, avalado entre nosotros por la autoridad de Javier Tomeo y por los leoneses José María Merino, Luis Mateo Díez y Juan Pedro Aparicio.
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