Aparte de estos títulos, es ineludible mencionar a dos nombres mayores de nuestra narrativa, Eduardo Mendoza y Juan José Millás, que han publicado sendas novelas en Seix-Barral, Mauricio o las elecciones primarias y Laura y Julio , y que coinciden en haber dejado transcurrir bastantes años desde su última entrega. La última novela no paródica de Mendoza se remontaba a diez años atrás, La isla inaudita (1996), en tanto que la última de Millás, Dos mujeres en Praga , salió en 2002 y obtuvo el Premio Primavera. Ambas son confirmaciones de las poéticas de estos escritores. La de Mendoza, apegada a una concepción del realismo de declarada raigambre barojiana en la que tiene cabida un amplio repertorio de técnicas narrativas modernas pero cuyo mundo posible representado está construido con unos elementos constantes (el componente folletinesco y aun el enredo de vodevil, los personajes marginales tomados del lumpen, los enfermos o desquiciados, la doblez moral de la burguesía y la ferocidad del Capital...), sea en la Barcelona de las luchas obreras, en la de las exposiciones universales o en la de la posguerra. La poética de Millás se diría que se configura como el negativo de la de Mendoza, pues se sitúa más allá de donde el realismo narrativo se revela impotente, en el dominio de una realidad solapada e invisible, apenas entrevista y siempre ominosa, la realidad del surrealismo y antes de Kafka y aun antes de Poe y luego de Cortázar, la de los lados en sombra y las duplicidades y azares que roban el sosiego. Las dos novelas confirman estas concepciones teóricas, pero transmiten la impresión de no haber logrado por entero el propósito de sus creadores.
Salta a la vista la novedad de Mendoza: novelar un período de la sociedad catalana (en particular barcelonesa, que no es lo mismo) que va desde 1984 hasta las vísperas de 1992 olímpico (tan bien cronificado por su alienígena Gurb), es decir, la etapa que va de la ilusión al desencanto, de la utopía al pragmatismo, de la idea y la calle al salón y la tele domésticos. El empeño no era fácil porque la sociedad que pretendía escanear no ha cambiado apenas y quienes resultaran escarnecidos o acusados siguen, en muchos casos, ostentando posiciones de poder social o político. Pero esa indudable valentía no constituye por sí misma un valor literario. La elección de una prosa deliberadamente llana no quita que a veces dé la impresión de mengua o pobreza (¡y cuesta decir esto de un prosista magnífico como Mendoza!), como tampoco era indispensable una dispositio lineal como la que ha preferido. En la figura del protagonista absoluto, Mauricio, un idealista de tomo y lomo, en su solitaria profesión de odontólogo (tan solitaria como la de escritor) y en su sentido de la solidaridad y aun de la caridad, hay no poco de modelo contra el que se miden la estaturas de los cucañeros y sabandijas con los que se cruza, pero al cabo no deja de ser un personaje algo deslavazado que da la impresión de carecer de complejidad y que constituye un pedestal demasiado frágil para soportar el peso de toda la novela.
En cuanto a Laura y Julio , reencontramos los topoi característicos del imaginario de Millás, algunos de los cuales actúan como paredes maestras de la arquitectura del relato: la idea de la suplantación y la doble vida, el fantaseo con las simetrías y el ejercicio del simulacro, la relación de pareja sometida a la ley de la entropía universal y la procreación. El funcionamiento de la trama se basa en el motivo del triángulo amoroso, uno de cuyos vértices masculinos (Manuel) será suplantado por el otro (Julio) en una impostura encaminada a la recuperación del equilibrio perdido del matrimonio Laura-Julio. La contigüidad de las viviendas de Manuel y la pareja y la profesión de escenógrafo de Julio (por tanto, hábil en la composición de falsas realidades, es decir, de apariencias) son sólo recursos en los que cristaliza la intención del autor de subrayar la dimensión teatral/espectacular de la existencia contemporánea o, si se prefiere, de la vida posmoderna. La reflexión que subyace a esta novela, no siendo original, mantiene su mordiente polémico sobre el tipo de vida que llevamos, pero acaso no baste para dotar de consistencia toda la narración; y la retórica de la extrañeza consustancial al universo literario de Millás sigue siendo eficaz, aunque quizá ya más en sus columnas impecables que en una novela. O, por lo menos, en ésta. En conjunto se trata de una obra menor que reincide temática y técnicamente en los originales caminos trazados por sus ficciones desde Visión del ahogado (1977), pero que mantiene insatisfecha la expectativa ante las modulaciones o cambios que Millás pueda introducir en sus novelas futuras.
No menor fidelidad a su propia poética demuestra Javier Tomeo en La noche del lobo (Anagrama), una novela donde practica una máxima economía de medios que aproxima el texto a la escena teatral o la parábola con un óptimo resultado. El espacio es casi inexistente, una carretera en las afueras de la ciudad, envuelta en la cerrada oscuridad nocturna; los personajes son sólo dos, privados de movimiento como criaturas mutiladas de Beckett, que con los tobillos lastimados no tienen más reme dio que echar la noche en conversar. Y a través de su plática en esa situación tan absurda como sugestiva van aflorando algunas patologías del individualismo de nuestra era: la incomunicación acentuada paradójicamente por una tecnología diseñada para aumentar la circulación informativa, el desamparo que no deja de ser el de siempre, el desamparo antropológico, y la liviandad o superficialidad de nuestra cotidianidad. Macario, que vivía aislado pero conectado a Internet, e Ismael hablan a oscuras mientras la sombra del mito del licántropo, bajo la luna, parece amenazar la afable solidaridad de los lesionados.
Otros novelistas que han aumentado su cosecha han sido Manuel Longares con Nuestra epopeya (Alfaguara), y el muy premiado Antonio Soler con El sueño del caimán (Destino). Ambos enfocan desde ángulos diferentes las semillas de la posguerra franquista y sus muy diversos frutos. Longares compone una narración sobre la evolución colectiva de quienes partieron de la precariedad y el miserabilismo y, al compás de los acontecimientos, llegaron a una opulencia mal gestionada, mientras que Soler escoge un conflicto individual, el de un recepcionista de hotel en Toronto al que el azar le depara un inesperado encuentro con un protagonista de su pasado, para construir una trama de venganza que va siendo a la vez un balance de la lucha antifranquista y las alevosidades y defecciones en las filas de la resistencia.