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Ínsula 724 Ínsula

La narrativa española del 2006

por Domingo Ródenas de Moya
Ínsula nº 724, Abril 2007

Número de páginas: 6
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Después de la monumental trilogía Verdes valles, colinas rojas , Ramiro Pinilla regresa en La higuera a 1966, al mismo espacio, Getxo, y a la misma atmósfera para condensar en muchas menos páginas la historia de un falangista corroído por la culpa de haber asesinado a inocentes (un maestro republicano y su hijo adolescente). Su arrepentimiento se purga en el cuidado de una higuera plantada en la tierra que cubre una fosa común. El tema de la inexorable persistencia de la culpa por los crímenes cometidos durante la contienda civil permite una inmediata universalización a cualesquiera crímenes inspirados por el doctrinarismo o el fanatismo político. Sin riesgos formales, la novela se concentra en el personaje central con una orquestación óptima de los recursos del realismo que con tanta solvencia practica el autor.
Muy cercano a la geografía de Pinilla y al tema de la culpa se encuentra el libro de cuentos Los peces de la amargura de Fernando Aramburu -quien, por cierto, ha llegado a pedir el Cervantes para Pinilla como viático contra futuros mea culpa -, pero me referiré a él más adelante.
El abrecartas de Molina Foix es una novela epistolar -o, en palabras del levantino, en cartas - que se diferencia de la ficción epistolar tradicional en dos rasgos esenciales: en la multiplicidad de los corresponsales y, en consecuencia, de los conjuntos de cartas relacionables, y en la cronología expandida de las mismas, que abarca casi un siglo. No encontramos, pues, una narración urdida con las misivas cruzadas entre un exiguo grupo de personajes vinculados a una misma trama, sino el desenvolvimiento de una sociedad y una cultura, la española del siglo XX , a través de una serie de cartas (con algún informe policial y algún memorándum) que funcionan como metonimias de tal proceso. Entre los remitentes y destinatarios de éstas se mezclan las criaturas imaginarias con los nombres reales, desde Federico García Lorca, Vicente Aleixandre o Eugenio d'Ors hasta Carlos Bousoño o el cineasta neovanguardista Antonio Maenza, sin que falte algún guiño autorreferencial cargado de ironía (ese Molina de la revista Fotogramas ). El autor dispone con destreza las cartas para que vayan formando el dibujo en el tiempo de varias historias (la de Alfonso y Setefilla o la del policía Trinidad López, alias Ramiro Fonseca , al que cabría atribuir la tarea de compilador) y consigue dar hilazón narrativa a la aparente disyunción estructural.
Sorprendente cuando menos es el giro que Luis Mateo Díaz ha dado a La piedra en el corazón , abandonando sus espacios provinciales, la vaga temporalidad de sus fabulaciones y su prosa de compás genuinamente narrativo para trasladarse al concreto Madrid del 11 de marzo de 2004 mediante una escritura intensamente lírica y proclive a la abstracción. El texto está compuesto por brevísimos capítulos (algunos de sólo unas líneas), próximos en su concepción al poema en prosa, que, como cristales rotos, ofrecen la imagen fracturada, tan incompatible con la coherencia, del estupor y el dolor. Forma y sentido se hallan en una perfecta alianza. Pero no es sólo el sufrimiento de las víctimas del atentado y sus seres queridos, y el de los ciudadanos estupefactos ante el televisor, sino sobre todo el de una familia rota ella misma por la enfermedad mental de la hija. Luis Mateo contempla con prodigiosa contención emotiva el dolor constante y privado que ha acompañado durante años el lento desgaste de esa familia contra el trasfondo de un dolor instantáneo y lancinante y colectivo que parece sumir los dramas individuales en una tragedia inconmensurable y ensordecedora. El lenguaje de la novela es difícil por su nivel de conceptualización y por la permanente expresión tropológica, no por su vocabulario, y traduce a la perfección el inextricable nudo de sentimientos (el miedo, la desolación, la compasión, el amor paternal, la desencantada esperanza...) que atenaza a los personajes. Aunque Luis Mateo haya clasificado esta novela dentro de sus «fábulas del sentimiento», iniciadas en 2001 con los tres relatos de El diablo meridiano en torno a la desorientación y continuadas en 2003 con otro trébol narrativo, El eco de las bodas , éste sobre el amor, La piedra en el corazón se sitúa por encima de estas seis fábulas y puede considerarse la pieza maestra del proyecto.
En El viento de la luna , Antonio Muñoz Molina realiza una personal visita a sus años de formación en Mágina, allá por la década de los sesenta, a través de un muchacho de extracción humilde que encuentra en los libros y el cine su evasión del entorno pobre y sin estímulos, su fuga hacia el futuro en lo que será su viaje figurado a la luna (a su sueño). El narrador de este bindungsroman se sitúa en esa luna conquistada, pues narra desde su condición de escritor y desde una España que se ha alejado a gran velocidad del país tercermundista y paleto de su adolescencia. El tono evocativo de su voz no cae en la nostalgia ni en la condescendencia y, girando alrededor del eje simbólico de la llegada del hombre a la luna, yergue la triste y sombría vida rural de los sesenta, el desánimo y la desdicha comunitaria de la que las gentes sencillas de aquel tiempo (en especial, los campesinos con una familia que mantener) no quisieron ser conscientes. Muñoz Molina, pues, no se ha conformado con escribir otra novela sobre la atribulada existencia en la posguerra, sino que ha levantado acta y a la vez homenaje a la vida de los desheredados cuyos hijos, gracias a ellos, sí pudieron adquirir su billete para la luna.
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