En la cosecha narrativa del 2006 hay motivos para la inquietud (una enconada reiteración temática, una tendencia a la depauperación del estilo...), aunque prevalecen los que inspiran un moderado optimismo. Los mejores títulos, a los que enseguida me referiré, proceden de los seniors , con algunas felices excepciones de nuevos valores surgidos en el último lustro. Pero en bastantes autores jóvenes y en alguno con una mediana ejecutoria a sus espaldas se echa de menos mayor consciencia respecto al instrumento verbal de que se sirven, un mayor prurito estético en la prosa -no añoro la prosa parnasiana, abstrusa o de sonajero- y, en suma, una conciencia lingüística y autocrítica más acusada y en alerta. La sencillez no debe suponer simplicidad ni indigencia estilística, ni el cacareado relativismo de nuestro tiempo puede escudar desmaño, negligencia o repetición de lo mismo.
No me detendré en las últimas obras de dos septuagenarios ilustres, Mario Vargas Llosa y Carlos Fuentes, que se muestran en plenitud de forma, aunque tampoco quiero pasarlas en silencio. En Travesuras de la niña mala , Vargas Llosa encara por vez primera vez un argumento amoroso en serio y de manera exclusiva (en La tía Julia y el escribidor el amor se repartía con la literatura la centralidad temática) y también por vez primera aparca sus elaboradas estructuras de tramas entrecruzadas y cronología discontinua para narrar linealmente y sujetándose a una única línea argumental una historia de amour fou , la de Ricardo y la huidiza «niña mala» Lily. Por su parte, Carlos Fuentes, en los relatos de Todas las familias felices continúa indagando en la identidad de México sin sobrepasar ni el alcance de esa reflexión ni las innovaciones formales que caracterizan su producción ya clásica, lo que le ha granjeado algunas críticas en exceso severas.
Mientras la industria editorial sigue surtiendo a un ritmo frenético los expositores, cada vez más alígeros, de las librerías, los premios literarios, aquejados de una suspecta honorabilidad debido a su frecuente condición de rehenes de los intereses empresariales, han arrojado este año, sin embargo, un resultado halagüeño. Los Nadal y Planeta, sean cuales sean las razones que sostengan las decisiones de sus respectivos jurados, fueron a parar a dos excelentes novelas, muy distintas en ambición y ejecución y de dos autores también muy desemejantes: Llámame Brooklyn (Destino) de Eduargo Lago y La fortuna de Maltilde Turpin (Planeta) de Álvaro Pombo. La de Lago es una obra mayor, producto de muchos años de empeñoso trabajo y, lo que importa más, testimonio de un talento compositivo superior que hace lamentar que el autor haya aguardado tantos años para darse a conocer, mientras que la novela de Pombo reincide en el clima de viscosidad moral de una burguesía ilustrada sin más asideros que su narcisismo cínico y lo hace con el rigor estructural y la calidad prosística (aquí tal vez falta de una cierta escamonda) habituales. También en esta ocasión se advierte la plusvalía filosófica que acompaña las ficciones de Pombo y su querencia por escenas de sordidez sexual o por los personajes homosexuales que no han negociado bien con su propio pasado o con su aceptación en el seno familiar, así como la pertinacia de un desenlace que, símbolo de los destinos humanos, conduce a las criaturas a un funeral. Pero en un nivel semántico superior al de estas constantes temáticas o constructivas, Pombo aborda -sigue abordando- una problemática de gran calado ético y recia actualidad: la existencia en las decisiones individuales de lo mejor y lo peor no en términos pragmáticos -lo mejor y lo peor para mí - sino conforme a una ética de la otredad individual que es, en definitiva, una extrapolación al ámbito de lo privado de una ética cívica en que debería sustentarse el deteriorado pacto social.
En Llámame Brooklyn se percibe una ética distinta, cuya raíz romántica no se desdibuja a través del tronco de la renovación formal del Modernismo y de la hojarasca posmoderna, una ética de la escritura como refugio y salvación, vale decir como religión o religación. Que los miembros de esa iglesia sean en su mayoría apóstatas, herejes y descreídos (desde Kafka en adelante) no es más que un dato revelador y en ningún caso una recusación o disminución de la misma. Y Gal Ackerman, un huérfano español durante la guerra civil adoptado por un brigadista norteamericano, es uno de ellos. Gal ha dejado escritos montones de cuadernos destinados a convertirse en una novela, Brooklyn , dirigida a una única lectora, Nadia Orlov, en la que reconstruye su amor por ella. Pero la muerte trunca esa tarea y obliga a su joven amigo y albacea Néstor Oliver-Chapman a encerrarse dos años para ordenar el rompecabezas de textos y completar las piezas que le faltan. La edición de los papeles que contienen ese mundo secreto, previsiblemente, transforma su vida. Con cambios constantes de voz narrativa y saltos en el tiempo que llevan desde la posguerra en Madrid hasta un futuro probable en 2010, Lago presenta la novela abortada de Ackerman junto a los desvelos de Oliver-Chapman como editor y, a la postre, coautor del libro. Los recursos experimentales como el uso de varias tipografías, el pastiche de géneros discursivos o los pasajes metafictivos no resultan postizos o allegados por la fuerza, sino funcionales en la historia que se narra. Así como las presencias de Felipe Alfau, Thomas Pynchon o Mark Rothko actúan no como ornamentos de namedropping sino como iconos de un modo de entender la creación artística que se convierten en marcadores hermenéuticos. El ejercicio radical del arte rehúye los focos y discurre por conductos subálveos. Excelente novela de Eduardo Lago que exige la relectura y un análisis más demorado.
Entre los mejores títulos del 2006 deben figurar también La higuera (Tusquets) de Ramiro Pinilla, El abrecartas (Anagrama) de Vicente Molina Foix, El corazón de piedra (Círculo de Lectores) de Luis Mateo Díez y El viento de la luna (Seix Barral) de Antonio Muñoz Molina, novelas todas diferentes entre sí tanto por sus temas como por sus desarrollos formales y que, en conjunto, mantienen una cota alta de exigencia literaria.