Las anotaciones más bien puntuales que preceden deberían incluirse en un estudio de mayor amplitud que atendiera a todas las modalidades del discurso crítico de Chabás, y a todo lo que da color o calor (simpatía, ironía, sarcasmo...) a una obra que, a pesar de ciertas insuficiencias formales comprensibles, es realmente original en su género de historia crítica de la literatura.
Pero el verdadero interés de Literatura española... está en otro plano, en el campo de las ideas, es decir, en el estudio de la evolución de las tendencias literarias durante el medio siglo y en el análisis crítico de la obra de cada escritor. También aquí la posición de Chabás es original: por una parte, cuando escribe su libro, no es neutral (¿quién lo es?), pero, por otra, su perfecto conocimiento previo de las tendencias literarias y de los escritores, unido a su perspicacia, le llevan a analizar las obras en sí. Y todo pasa como si al componer su panorama de la literatura contemporánea colocara a cada elemento en la perspectiva de su propia visión de las cosas. De aquí que en el gran fresco que dibuja los varios autores aparezcan diversamente coloreados, pero no deformados.
La perspectiva crítica de Juan Chabás
Excusado es decir que la palabra perspectiva se toma en su sentido corriente y no se relaciona, ni de lejos, con el perspectivismo filosófico orteguiano.
La cuestión que aquí se aborda es sumamente compleja y delicada, porque, se quiera o no, tiende a desembocar en el debate, siempre actual, abierto por la pregunta: ¿qué es la literatura? La posición de Chabás, en parte explicitada en el Prólogo y, sobre todo, implícitamente presente, como núcleo informativo, en toda la obra, no puede sino suscitar en el lector actual el planteamiento del problema fundamental en torno a la problemática de la literatura. Y se sabe que las respuestas son varias y encontradas, desde la concepción seudo-idealista de ciertas escuelas formalistas hasta las diversas teorías derivadas del marxismo. Así pues, inevitablemente, el pensamiento de nuestro autor, cuando se conozca, se verá situado en la encrucijada crítica actual y enjuiciado según las varias perspectivas. Para que esto sea posible, es imprescindible que Literatura española contemporánea alcance pronto la difusión que merece.
El ideario crítico de Chabás, por los años de 1950, procede de una concepción de la historia que, en sus grandes líneas, se fundamenta en la lucha de las fuerzas populares con todos los elementos, tradicionales o modernos, de dominación y opresión. Esta dialéctica está presente en todo el libro, pero nunca se explicita de manera deliberada. Y sobre todo, nunca informa de manera estructural el análisis crítico, es decir que cada autor, cada obra, cada texto se ofrece como una realidad en sí, con su especificidad, pero dentro del condicionamiento de la época. Hasta tal punto que, si la obra es un reflejo, es primero reflejo de una experiencia individual compleja (así se justifica el papel de las sugestivas biografías que encabezan el estudio de un autor), la cual siempre se ve como condicionada de una manera u otra por la situación histórica. («La relación del autor entre obra y tales circunstancias [históricas] es una relación que determina su actitud estética, tanto como conceptual», p. 518). Nada, pues, más alejado de un mecanicismo reductor que la obra de Chabás. Dentro del marco de su propia concepción, se encuentra libre de la broza teórica que, en no pocos casos, oscurece o desvía la realidad del hecho literario. De tal modo que su pensamiento crítico conserva siempre flexibilidad para estudiar las cosas desde dentro. El resultado es mucho más pertinente e infinitamente más convincente que el que se consigue por mera «aplicación» de una teoría literaria o ideológica.
Buen ejemplo de tal pertinencia crítica lograda por un análisis desde dentro de los textos, sin olvidar la situación exterior, es el de la obra de Ortega y Gasset. Sin ocultar nada de la personalidad del escritor y sin disimular la riqueza de su pensamiento, Chabás, entre grave e irónico, consigue poner de relieve el sistema afanosa y hábilmente buscado por el filósofo: consecución de una tercera vía, entre el gastado idealismo y el peligroso materialismo. A partir de aquí, el análisis de las varias obras le permite al crítico desenmascarar los verdaderos valores que dan forma y vida al sistema: aristocratismo, esteticismo, desrealización del arte..., y todo por miedo y por odio a lo popular, a las masas... Las veintidós páginas que Chabás dedica al maestro debían constituir una muy oportuna conferencia en uno de los Actos de las recientes manifestaciones orteguianas.
Esos valores que sobresalen de la filosofía de Ortega son precisamente lo contrario, casi punto por punto, de los que defiende Chabás y que proceden de su concepción de la historia: amor al pueblo y a la cultura popular, alto sentido democrático, humanización del arte... Es muy importante subrayar que en su pensamiento crítico estos valores desempeñan un papel mucho más activo que su filosofía histórica, o, si se quiere, que su ideología. Al respecto, la estructura del libro es bastante signifîcativa. Chabás no olvida nunca que la historia literaria es «una parte sola de la historia general» (Prólogo); por eso, cada uno de los períodos que distingue en función de las tendencias estéticas (o más bien en función de las generaciones), viene encabezado por un breve resumen de la situación político-social que determina las nuevas tendencias, pero nunca se hace un análisis pormenorizado y significativo encaminado a establecer relaciones de causa-efecto. En cuanto al concepto de las generaciones, Chabás lo utiliza únicamente como medio metodológico. Pero su concepción de las generaciones nada tiene que ver con las teorías de Dilthey y Petersen (difundidas en España por Ortega), teorías «creadas» para intentar remozar la concepción idealista según la cual la literatura no es determinada por la historia. Para Chabás, está claro que las generaciones literarias no se engendran a sí mismas, sino que surgen en relación, de una manera u otra, con las circunstancias históricas. Además, todo su libro muestra que si cada una puede definirse por una serie de características comunes, no hay nunca verdadera cohesión artística o conceptual entre sus componentes. A fin de cuentas, la sucesión de las generaciones, del 98, del novecientos, del 27, sólo se justifica por una elección metodológica. O sea que, al elegir, para estructurar su libro, el marco de las generaciones literarias, Chabás sigue (sin darse cuenta) la moda imperante. Y podemos preguntarnos si ese fraccionamiento del desarrollo literario es la más adecuada representación de la continuidad histórica. ¡Gran problema el de los moldes mentalmente cristalizados!