Al terminar este examen un poco largo pero ya muy significativo de la crítica española ante
Literatura española contemporánea, debo citar un juicio emitido, de pasada, por los autores de la
Historia social de la literatura española [ 6 ] . En su «Explicación previa», Blanco Aguinaga, Rodríguez Puértolas e Iris Zavala definen lo que, a sus ojos, debe ser una verdadera historia marxista de la literatura y, al respecto, juzgan no muy satisfactoria la obra de Chabás, sin dar explicaciones... No vamos a perdernos en conjeturas, pero posiblemente al analizar la concepción de Chabás podamos entrever las discrepancias entre ésta y
una teoría marxista de los años setenta.
Antes de abordar esta cuestión de fondo, es imprescindible examinar las condiciones en que Chabás tuvo que redactar su libro.
¿Cómo se escribió Literatura española contemporánea?
En el Prólogo, Chabás evoca con patética discreción cuál era su situación material y moral en el momento en que reanudó, en el exilio, la obra crítica emprendida antes del 36. Tuvo que vencer primero «un cansancio penoso y desilusionado». Pero sobre todo carecía del material necesario: «Ni en bibliotecas públicas o particulares podía hallar revistas , libros, monografías indispensables». Así pues, escribió el libro casi de memoria sin poder muchas veces, averiguar una fecha, la exactitud de un título; sin poder, en algunos casos, leer de nuevo una obra. En tales condiciones, el haber escrito un libro como el que estudiamos debe saludarse como verdadera hazaña. ¿Que hay muchos errores, muchas confusiones? El erudito ratonil puede encontrar aquí un buen queso que roer, sobre todo si va movido por mala intención.
Es verdad que la lista de los fallos que requieren enmienda es muy larga, es verdad que el lector experimenta a veces cierto malestar al tropezar con un título dudoso o al no encontrar la fecha que le permitiera situar la obra o el hecho de que se trata. Y es verdad que hay también confusiones de mayor entidad que, sin hipotecar lo atinado de la argumentation crítica, molestan. Un solo ejemplo, y a propósito de A. Machado, nada menos: el íntimo y profundo dolor que deja traslucir Soledades. Galerías. Otros poemas se debería, entre otras razones, «a la herida amorosa que ha dejado la muerte de la compañera» (165). Ahora bien, el libro se publicó en 1907 y Leonor murió... en 1912. Y no es descuido, ya que el error se repite cuatro páginas después (169).
No es mi propósito hoy intentar corregir, rectificar o completar el texto de Chabás, pero es manifiesto que éste no puede valorarse cabalmente sin una edición crítica, comprensiva eso sí, pero rigurosa. Es de suponer que el mismo autor, dadas las condiciones en que tuvo que trabajar, en lugar de ofenderse, agradecería la empresa.
Pero, «no hay mal que por bien no venga», como se dice, pues si la falta del indispensable material bibliográfico es responsable de las insuficiencias, en general formales, evocadas antes y sobre las cuales insistió pesadamente Villa-Pastur, el libro le debe probablemente su mayor encanto expositivo. Una de las mejores cualidades de este panorama de la literatura contemporánea es la gran soltura y la gran flexibilidad de estilo que sólo se consigue cuando se domina perfectamente el asunto. Esas páginas son el resultado de un sublimado diálogo entre el escritor exiliado de los años 1950 y el Chabás que vivió antes el complejo de una época con sus tendencias literarias, con sus hombres, con sus obras. Y es un diálogo, en general directo, sin que medien fechas precisas pero deshumanizadas, entre un yo y su memoria, memoria objetiva pero también memoria afectiva. La memoria, llamémosla objetiva, de Chabás, parece prodigiosa, a la altura de su inmensa cultura, tanto española como extranjera (francesa y alemana, sobre todo). Es capaz de citar versos, fragmentos de frases, muchas veces de memoria, indudablemente (de Cocteau, Breton, etc.). Dicho sea de paso, los futures editores de Literatura española contemporánea tendrán que averiguar la exactitud de no pocas citas (véase, por ejemplo, la curiosa mezcla de versos de Machado, en la página 171).
El ejemplo más significativo de la presencia de la memoria afectiva se encuentra en las páginas dedicadas a Miró. El capítulo es un estudio en simpatía, pero objetivo de la personalidad y de la obra del escritor alicantino (bastante alejadas, hay que insistir, de la preocupación social y política de Chabás). No puedo desarrollarlo aquí, tan sólo quiero decir que si nuestro crítico cala tan hondo en la obra de Miró, es por encontrar algo de sí mismo -más allá del cálido recuerdo de la amistad- en el delicado y humilde autor de El libro de Sigüenza. Si Chabás consigue caracterizar tan perfectamente la idiosincrasia de Miró es no sólo por comprender, sino también por sentir la significación que para éste tenía el paisaje alicantino. Hasta tal punto que, para él, la evocación de aquel paisaje y la búsqueda de su trascendencia (humana) viene a ser, discretamente y en segundo grado, una meditación personal, o, si se quiere, lirismo disfrazado que, sin ocultar el quehacer crítico, le comunica la fragancia de una profunda simpatía. Es tan sólo un ejemplo, repito, pero léase la evocación de la infancia de Martínez Ruiz y se encontrará una vibración parecida, vibración que es como el hálito de la tierra en el recuerdo. También palpita la emoción en el recuerdo de la vida en la Residencia de e studiantes (434-435).
Evidentemente, tal presencia del crítico, aunque sublimada, y aunque no modifique en nada el análisis (véase el capítulo dedicado a Azorín) puede aparecer desde un punto de vista estrictamente científico como inútil impureza. Creo, al contrario, que esa posición privilegiada de Chabás que ha vivido ya intelectualmente lo que vive de nuevo al escribir, hace de Literatura española contemporánea una obra singular. (En el vivir intelectualmente incluyo el conjunto de lecturas, reflexiones, contactos directos, meditaciones, etc., o sea, todo lo que puede formar la cultura viva de un espíritu).
Hay que añadir que en el proceso de dominación del asunto hubo una primera etapa constituida por la redacción de un «excelente libro de crítica», según palabras de Dámaso Alonso
[ 7 ] y de Valbuena Prat
[ 8 ] ,
Vuelo y estilo, publicado en 1934 y que contiene monografías sobre Manuel Machado, Miró, Juan Ramón. Sería, por cierto, significativo cotejar
Vuelo y estilo, de 1934, con
Literatura española..., de 1950.
Por otra parte, es evidente que sin el conocimiento directo no hubiera podido Chabás dibujar esas semblanzas tan vivas y tan bien recortadas de muchos escritores. Estos retratos animados, de cuerpo entero, como los de Unamuno, Valle-Inclán, Azorín, los Machado, Juan Ramón, Lorca, etc., si no añaden nada a las «ideas», humanizan y amenizan el panorama.
Por fin, y para no alargar más, se debe subrayar el estilo suelto, el vocabulario preciso que se sitúa siempre en el mismo nivel que la «materia» estudiada, sin esos tecnicismos teóricos, sociológicos o literarios, que a menudo oscurecen más que aclaran la realidad de las cosas. Por eso, el libro está abierto «a la inmensa mayoría». También nuestro crítico tiene arte para estampar fórmulas-síntesis de sugestivo y profundo alcance. Por ejemplo, cuando dice que la misión del escritor para Valle-Inclán es «forjar, al crear su propio estilo, esa nueva conciencia que, fundamentalmente, es conciencia popular» (149) o cuando caracteriza la poesía de Juan Ramón: «es poesía hermética, no por oscura ni por difícil, sino por su narcisismo esencial» (216). Los personajes de Pérez de Ayala son «ideas revestidas de apariencia humana». (279).