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Ínsula 719 Ínsula

Los Baroja y Andalucía

por Pío Caro Baroja
Ínsula nº 719, Noviembre 2006

Número de páginas: 4
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La feria de los discretos se fecha en El Paular, en junio de 1905. Su acción tiene lugar en Córdoba durante la Revolución de 1868. Pío estaba fuertemente impresionado por una estancia prolongada en la vieja ciudad, que era la que más le gustaba de Andalucía, ideó una figura de héroe muy suya, la de Quintín, y en torno a él ajustó el fruto de sus observaciones, conversaciones y lecturas, hechas en la propia Córdoba, donde pudo tratar a bastantes supervivientes de la época crítica en que se centra la novela. La feria de los discretos es la feria de los oportunismos, en un mundo violento y romántico: en consecuencia es también una novela romántica, con su simbolismo moral como colofón. Pero acaso sean la riqueza en detalles y la interpretación muy personal de Andalucía lo que le dan más valor. Quintín, el personaje creado por don Pío, es un hombre práctico y sin escrúpulos que nos recuerda en parte o repite en César Moncada, de su otra novela mediterránea César o Nada . Quintín nace del amor de un Marquesito y la hija de un ventero de la serranía; su muerte y su amor entre olivares romeros y tomillos es de lo más bonito escrito por el autor, imagen clásica del bandolerismo andaluz, unidas y enlazadas en la acción con las aventuras del caballista romántico Pacheco y la moza de tronío. Amoríos que se mezclan en un ambiente de ciudad aristocrática vieja, con la Revolución del 68 como fondo, que muchos años después repite don Pío en el mismo terreno con otras novelas con nostalgia cargadas de historias y recuerdos, en su trilogía La selva oscura . La novela está enriquecida con cosas vistas, oídas y leídas sobre el campo andaluz, que el escritor teje con ambientes y personajes propios y prototipos. Yo estuve durante algún tiempo trabajando sobre esta novela para hacer un guión de cine, pensando que había una gran película, al que llamé Muerte en el olivar , por entender que era para el gran público.
Pero anteriormente don Pío ya había tocado en su quehacer literario a Andalucía en su novela marinera Las inquietudes de Shanti Andía (1911), donde llega esta vez por mar, suponemos que a bordo de la fragata La bella Vascongada, con don Ciriaco Andonaegui de capitán y Shanti Andía de joven piloto. La fragata llega a la bahía de Cádiz un día luminoso; allá lejos se ven Rota y Chipiona brillando al sol con sus caseríos blancos, y la costa baja con arenales rojizos hasta el Puerto de Santa María, y, en el fondo, los montes de Jerez y Grazalema, violáceos al anochecer. Capitán y piloto desembarcan en el puerto desde donde inician nuevos derroteros. Ahora es Cádiz el escenario de amores y nostalgia; los recuerdos van unidos. Hay en esta novela un capítulo intitulado «La palmera y el pino» que describe el primer sentimiento amoroso de un sencillo joven vascongado por una niña resabiada y dicharachera gaditana. Otra vez el País Vasco y Andalucía tantas veces unidas por mar y por amor. Es Cádiz el centro de nuevas aventuras marineras. No en balde los tíos de don Pío, hermanos de su abuela Gertrudis y de Doña Cesárea, Justo y María Goñi, eran pilotos de altura que iniciaban su singladura a las islas Filipinas desde Cádiz. Pesaban mucho en don Pío los objetos y recuerdos de la tía Cesárea en la calle del Puerto de San Sebastián (objetos que se conservan en la «sala verde» de Itzea) para pasar sobre ellos sin cargarlos de literatura. Don Pío escribe:
Desde cerca de la Maestranza contemplábamos la bahía de Cádiz, el mar,
como un lago azul, se rizaba apenas por el viento: en los barcos comenzaban a
brillar las luces, y en el puerto resplandecía una fila de faroles: el cielo de
otoño, un cielo azul y rosa, sin una nube, iba oscureciendo. Las luces de San
Fernando comenzaban a reflejarse en el mar.
Pero don Pío vuelve varias veces más a Andalucía, ahora a Sevilla y por tierra, aprovechando las correrías de Aviraneta en su novela La ruta del aventurero (1916). Era el 27 de septiembre de 1823 cuando llegaba una rueda de presos a la capital de Andalucía, y entre ellos el tío de su madre, Eugenio de Aviraneta. Todos fueron a parar a la subdelegación de policía. A don Eugenio lo llevaron al Salón de Cortes, un antiguo cuartel de artillería que antes había sido colegio de los jesuitas «De este lugar», cuenta don Pío, «se escapó Aviraneta deslizándose con una manta desde la ventana, y tomó camino de Gibraltar por Utrera, cruzó Ubrique internándose en la sierra de los Gazules, llegó a Jimena y después a Algeciras, donde embarcó hacia Tánger. De allí fue a Alejandría, a Misolonghi, donde se puso al servicio de Lord Byron». Don Pío escribe con orgullo «el único español que figuró en sus filas». Es allí, en la Cárcel de Cortes sevillana, donde lo ve Thompson, según lo cuenta novelablemente don Pío en El viaje sin objeto. Años mas tarde, en 1836, Aviraneta regresa a Cartagena y presencia la Revolución en Málaga con la muerte de Donadio, el 20 de julio de ese año, como escribe en Silueta s Románticas, «La gran emboscada de Málaga» . Pero aún hay más, porque también va a la prisión de El Puerto de Santa María, y poco después de salir de la cárcel es nombrado don Eugenio delegado de Hacienda y sube a Arcos de la Frontera con Ros de Olano y se entrevista con Narváez y duerme en el palacio de los Duques de Arcos (allí dormí yo también más de cien años después). Y otra vez vuelve don Pío a estas tierras en 1932, cuando va siguiendo la ruta del General Gómez (ver La expedición de Gómez) . Pío conocía bien el terreno andaluz; había estado en busca de sol, y recorrido Córdoba, Sevilla, Málaga, Cádiz, El Puerto de Santa María, Chipiona y Rota.
Pero me quedo con las ganas de hablar sobre otra novela La ruta del aventurero (1916), que corresponde al tomo VI de Las memorias de un hombre de acción, compuesta por dos novelitas que produce gran agrado leerlas, aunque se distancian algo del terreno andaluz y de la acción directa de Aviraneta, que no obstante participa en ambas.
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