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La cultura pasa por aquí

Ínsula 715-716 Ínsula

Revistas literarias y culturales argentinas de los 80

por Roxana Patiño
Ínsula nº 715-716, Julio / Agosto 2006

Número de páginas: 6
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Si el libro sigue siendo el fruto de la decantación de un proceso intelectual y creativo cuya morosidad aun los más cercanos al mercado no se atreven a desafiar en sus extremos, la revista -por el contrario- en su implícita conciencia de fugacidad, nos acerca más a la búsqueda de las impulsos de un cambio cultural, de su nervio por un futuro a todas luces inminente y por un presente que deja de serlo por imperio de una escritura que sentencia su agotamiento. No hay modo de indagar un imaginario cultural moderno sin recurrir a esas "antenas" de lo nuevo. Y, paradójicamente, lo que denuncia esa pulsión al futuro es, al mismo tiempo, lo que evidencia -cuando no se toca eficazmente el aire de los tiempos - su irreductible vetustez, su condena al inmediato olvido.
Hijas de la modernidad y de la constitución de la esfera pública más temprana, las revistas acompañaron las formaciones intelectuales y artísticas provenientes de las franjas más innovadoras de los campos culturales en pleno proceso de autonomización. Fueron, en muchos casos, el órgano de esa declaración de independencia de las otras esferas. Intelectuales y revistas son una dupla de presencia revulsiva en el imaginario de la modernidad. Lo público es, por excelencia, el lugar de despliegue de sus intervenciones. En el imaginario moderno, el intelectual es una figura que construye, como lo requiere Edward Said, representaciones articuladas de una sociedad y una cultura. El vasto entramado simbólico del que está hecho un imaginario moderno incluye en su sistema de identidades y funciones aquélla destinada a que los intelectuales condensen las representaciones de ideas, valores y experiencias que den las claves para interpretar una época. Las revistas , creo, han sido el escenario privilegiado de esas "máquinas de interpretar".
"La historia de la literatura moderna, dice Octavio Paz, en Europa y en América, se confunde muchas veces con la de las revistas literarias." Podríamos ir aún más allá y decir: es posible hacer una historia de la literatura moderna siguiendo los trazados radiales de las revistas , o más precisamente, ninguna historia cultural o literaria podría prescindir -a riesgo de cortar un riquísimo tejido de religaciones- del recorrido por ese "entrelugar", esa multiplicidad de fragmentos que es más que la suma de todos ellos y cuya riqueza habilita una lectura compleja de una sensibilidad social y cultural de una época.
Los intelectuales modernos, particularmente los comprendidos entre los dos últimos fines de siglo, se desplazan al periodismo desde que su función cambia en el siglo XIX pero mantienen de su antigua identidad la clave política de su intervención. Son los "legisladores" de un orden que han contribuido a conformar, como sostiene Zigmund Bauman. De allí que la gran mayoría de las revistas culturales o literarias, aun las más esteticistas, contengan una "política" que las mantiene estrechamente vinculadas a la esfera pública, a sus tensiones y redefiniciones. Lo público no deja de ser el espacio de alineamiento o conflicto, aun cuando el debate del que se trate se circunscriba a una técnica literaria o a la predominancia de un género.
Desde este enfoque resulta posible entender en toda su potencialidad el rol de las revistas culturales y literarias argentinas de los cruciales años ochenta. Cruciales para la vida política, social y cultural que requirió de sus intelectuales un fuerte reajuste de sus roles e identidades constatable en las revistas del periodo. A principios de esta década comienzan a perfilarse en Argentina las condiciones para una apertura democrática, las primeras desde el inicio de la dictadura militar en marzo de 1976. En 1981, cuando se produce el primer recambio presidencial del Gral. Videla al Gral. Viola, se abría un proceso de estrecha apertura política que hacía percibir un largo camino hacia la restauración democrática. Pero los lentos tiempos en los que el régimen había planteado los pasos de la transición se aceleraron y literalmente colapsaron con la derrota de la Guerra de Malvinas contra Inglaterra, en junio de 1982.
En esa fecha se abre lo que se conoce como el proceso de transición. Extraída del campo político, esta denominación que definió las instancias del traspaso del gobierno del régimen dictatorial al régimen democrático a partir de diciembre de 1983, también abarcó el proceso dentro del mismo gobierno democrático. La debilidad de la nueva institucionalidad política hizo que, hasta muy avanzada la década, no se pensara en una democracia medianamente consolidada. Pero no se trata sólo de un campo político en transición. El entramado social completo debe pasar por esos años por un proceso de transformación de una fuerte matriz autoritaria cuyo origen no data de la última dictadura militar sino que se remonta, al menos, al largo periodo de inestabilidad institucional y rupturas del orden democrático inaugurado en el siglo XX por el golpe de estado de 1930. La democratización abre una instancia de cambio en la sociedad hacia una nueva cultura política que debe, al mismo tiempo, reconstruir una esfera pública obturada por años de censura y represión y luchar por la eliminación de los patrones autoritarios internalizados en los microcontextos de la vida cotidiana.
En el campo cultural, a la par de la euforia por la democracia recuperada, se instalará casi excluyentemente la necesidad de debatir las relaciones entre cultura y política a partir de lo que ya se denominaba la "cuestión democrática". En el marco general de la crisis del marxismo que eclosiona en 1989 con la caída del muro de Berlín y en 1991 con la de la Unión Soviética, los intelectuales de las diversas fracciones del peronismo y de la izquierda intelectual argentina enfrentaron una transición doble: en el momento de reestructuración y crítica de sus identidades político-ideológicas deben asimismo, y por lo mismo, pensar los nuevos modos de relación entre cultura y política.
Luego de una larga hegemonía de la cultura política de izquierda en el campo cultural -que arranca a mediados de los cincuenta y se prolonga hasta principios de los ochenta-, se produce una serie de cuestionamientos a sus contenidos que provienen desde el mismo sector de la izquierda. El nuevo escenario de la transición no es ya un espacio construido desde el autoritarismo pero, al mismo tiempo, tampoco es un espacio frente al cual los artistas y escritores que provenían del peronismo y la izquierda pudieran seguir desplegando, sin una autocrítica previa, el mismo fundamento revolucionario que había legitimado las prácticas culturales durante los sesenta y los setenta.
En efecto, la recolocación de los intelectuales y escritores respecto de una nueva cultura política democratizante será uno de los principales ejes del cambio cultural, si bien no en el mismo momento: de allí las polémicas, de allí también los tensionados desplazamientos. La reestructuración parcial o total de sus tradiciones ideológico-políticas genera consecuentemente una crisis en los paradigmas estético-culturales predominantes en el campo y una redefinición de las tradiciones culturales, de sus relaciones con la política, del lugar y de la función del intelectual y el artista. La literatura es parte de este proceso general, y tal vez uno de sus escenarios más privilegiados.
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