La novela debe reclamar el espacio que le corresponde en el campo cultural,
un lugar donde las representaciones del hombre, de sus ideas y imaginaciones,
en espacios reconocibles o inventados, un purgatorio, donde la puerta de
la esperanza de un futuro mejor quede abierta, porque el presente, manchado
por la omnipresente conflictividad política, de unos protagonistas
patéticos, sean presidentes de la mayor potencia del mundo o del
país donde nació la civilización occidental, producen
desánimo. La cultura debe seguir siendo el espacio abierto, y la
novela el lugar donde los lectores podemos vivir la realidad con la esperanza
de que todo será mejor. La experiencia de libertad y pisar un espacio
propio lo sentimos hoy al leer, visitando una exposición de pintura,
admirando un edificio recién inaugurado de Hans Kolhoff o un puente
de Santiago Calatrava, viendo una obra de teatro, tan distinto al guirigay
político, y su reivindicación un derecho fundamental del hombre.
Por eso el espacio de la cultura no puede estar dominado por el dogma ni
por el comercio, porque ambos le encadenan y desnaturalizan. Un autor literario
es aquel que extiende una red, hecha de palabras, y en ella captura la experiencia
humana, y nos la trasmite. Y la novela más que ningún género
tiene la responsabilidad de ofrecer su inacabable alfombra de papel para
que el lector reconsidere su estatus de ser humano que vive el aquí
y el ahora y, a la vez, explore los impredecibles y posibles futuros, que
no son marcados por el tiempo, por el lugar, sino por esa marca imprevista
que denominamos vida, una mezcla de proyecto y de descubrimiento.
La novela española a la altura del 2004 se debate entre ser un
producto mercantil o un lugar de encuentro entre autores y lectores. El
equilibrio parece romperse a favor del primero, pero quizá sea sólo
un estado transitorio.
G. G.-UNIVERSIDAD DE ÁMSTERDAM