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Ínsula 688 Ínsula

La novela en España: 2004. Un espacio para el encuentro

por Germán Gullón
Ínsula nº 688, abril 2004

Número de páginas: 4
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Donde la novela española actual parece estar doblando una vuelta en el camino es respecto a su contenido. Cada vez son menos los que creen que las novelas nacen con la literatura prendida en sus páginas; algunos críticos influyentes (y directores de suplementos literarios) han actuado durante décadas creyendo a pies juntillas que el trasfondo mítico y antropológico de la existencia humana, esa realidad o trasrealidad, en la que todos queremos creer, era la única fuente de la literatura. La experiencia literaria de los lectores, según esta creencia, adviene cuando la lectura evoca en nuestra imaginación sensorial una presencia irreal, o dicho de otra forma, cuando nuestros miedos y esperanzas asistidos por la sensibilidad son capaces de figurar presencias inexistentes. La novela retorna, como digo, al hombre, a la vida, al mundo. Yo lo llevo diciendo años, cuando constataba que la literatura española actual no me servía para explicar España, sino fabulaciones de mundos hipotéticos. Quizá escritores como Paul Auster, Martin Amis, Tom Wolfe, David Lodge, Julian Barnes, Carver o Patricia Highsmith, bien recibidos en España, ayudaron a que los críticos vieran la luz. Porque sus textos disputan a la imagen visual el poder de la cultura, sin permitir que la imagen del cine o de la televisión sea la única admisible en el universo cultural. De eso se trata en última instancia, la de ver si la novela sigue siendo capaz de generar en el lector imágenes e historias, o si la imagen de la tele o del DVD será la única resolución posible, con la consiguiente derrota de la conciencia individual.
Complementariedad de la novela con el cine
Otro fenómeno del presente parece ser la complementariedad de la novela con el cine. Pienso en muchas novelas, como La luz prodigiosa, de Fernando Marías, y la película de Miguel Hermoso, y Soldados de Salamina, de Javier Cercas, llevada al cine por David Trueba. No es tanto que se haga una reproducción de la película en la novela, sino de que la película diga otra cosa, quizá complementaria. Así le gustaba hacer a Luis Buñuel con las obras de Galdós, Nazarín y Tristana, a las que trataba con la libertad de quien quiere contribuir a diseminar el sentido de la obra original, a complementarla. Quien encuentre el punto donde convergen el texto verbal y el icónico obtendrá una recompensa en la riqueza de percepciones que le aguardan, el que se ciña a una y niegue a la otra es un torpe, al que su falta de agilidad le impide encontrar ese golpe de fuelle en que la inteligencia y la energía proveniente del interés se unen para hacer viva una experiencia cultural plena.
Las dos películas mencionadas, La luz prodigiosa y Soldados de Salamina, se complementan en efecto. La película en ambos casos suele auscultar el sentido simbólico del tema, el mal (Sánchez Mazas), perdonado por el bien (el soldado que le encañona), mientras que en la película los hechos están personificados en los personajes históricos, Sánchez Mazas, el soldado, que quizá se llamase Miralles. En este sentido, lo que los espectadores ven en la pantalla, digamos las personas hechas figura por medio de los actores, confirma la ficción y la hacen novela.
Otro fenómeno a destacar en la novela y en la cultura española en general es su posrealismo, es decir que los narradores o regidores en el cine, no suelen presentar sus obras con unas perspectivas cargadas de unos sistemas de valores definidos, eso es lo propio del realismo decimonónico, donde la voz del narrador dice y valora la actuación de sus personajes. Esto ha permitido a los textos literarios decir con una mayor libertad. La palabra la tienen ahora muchos agentes que nunca antes la pudieron tener, refleja mejor, en mi opinión, la situación social española, en que la España de Franco, con su inevitable techo ideológico, marcó a varias generaciones, que ahora van equilibrando los años vividos bajo la dictadura con los pasados en democracia, lo que supone una enorme liberación. Este posrealismo va emparejado con un descenso de interés por el hiperrealismo propio de los escritores de la generación X, aunque sus modos y métodos han sido asimilados, y permanecerá como una variante del realismo en el futuro.
* * *
Mi conclusión provisional es que la novela española a la altura de 2004 goza de una salud razonable, porque hay creadores, novedades, y no digamos si sumamos como debiéramos a nuestros parientes de lengua de la otra orilla del Atlántico. Lo que sobra es un exceso de sanguijuelas, la historia literaria, una gran dama a la que los innumerables maquillajes que le ponen las editoriales para que aparezca remozada no ocultan su carácter de religión menor, su dogmatismo, que pretende conjurar la fuerza de seducción de la obra en sí, de domesticarla, y de paso al lector. Éste vive por otro lado sometido a un bombardeo permanente de novedades mercantiles, que no intelectuales. El atraer audiencia entre las nuevas generaciones parece una tarea esencial, porque los videojuegos están alejando a un amplio sector de la juventud de la lectura. No se olvide el dato: crear y desarrollar un videojuego de alcance trasnacional cuesta cinco veces lo que rodar una película, luego dedúzcase el poder del instrumento.
También debemos cuidar que los grandes nombres sean los que acaparen las ventas, y los demás sean publicados por la bondad de las superventas de algunos autores. Los menos conocidos suelen quejarse amargamente de la falta de proyección de sus libros, de las dificultades que encuentran a la hora de publicar, y no les falta razón, pero la escritura depende de una infatigable voluntad, como ha dicho Mario Vargas Llosa, y de trabajar en la esperanza, no en la certeza, de que el lector algún día pueda reconocer el mérito. Para quienes no lo consigan, el camino, las horas de lectura y escritura, será la recompensa, que no es poca. La satisfacción derivada de un momento de alta concentración emocional, la onda magnética producida por la escritura en sus momentos mejores, los que antes se decían presididos por la inspiración, son el verdadero premio de la actividad intelectual.
Lo positivo es mucho, la calidad de muchos autores, los citados, la amplia proyección en el extranjero de autores como Javier Marías, y de muchos más, el que algunos críticos empiezan a pedir más de la novela, como yo vengo haciendo desde fines de los ochenta, que diga con dignidad de nuestro mundo. Y quizá lo más importante, que muchos reconocemos hoy las cadenas que atan a la obra, y abogamos por un nuevo estatus en el trato concedido a la novela, de responsabilidad por parte de los medios de comunicación y por los críticos y profesores universitarios. Quizá lo que estamos haciendo, escribir libros sobre la literatura con una perspectiva cultural, donde la literatura sea una parte de la lectura del un período; por ejemplo, que si estudiamos el 98 no todo sea el dolor de España, lo expresado por los literatos, sino que lo complementemos con la explotación colonial española de los cubanos o la llegada de la representación del color con el simbolismo al texto.
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