Donde la novela española actual parece estar doblando una vuelta
en el camino es respecto a su contenido. Cada vez son menos los que creen
que las novelas nacen con la literatura prendida en sus páginas;
algunos críticos influyentes (y directores de suplementos literarios)
han actuado durante décadas creyendo a pies juntillas que el trasfondo
mítico y antropológico de la existencia humana, esa realidad
o trasrealidad, en la que todos queremos creer, era la única fuente
de la literatura. La experiencia literaria de los lectores, según
esta creencia, adviene cuando la lectura evoca en nuestra imaginación
sensorial una presencia irreal, o dicho de otra forma, cuando nuestros miedos
y esperanzas asistidos por la sensibilidad son capaces de figurar presencias
inexistentes. La novela retorna, como digo, al hombre, a la vida, al mundo.
Yo lo llevo diciendo años, cuando constataba que la literatura española
actual no me servía para explicar España, sino fabulaciones
de mundos hipotéticos. Quizá escritores como Paul Auster,
Martin Amis, Tom Wolfe, David Lodge, Julian Barnes, Carver o Patricia Highsmith,
bien recibidos en España, ayudaron a que los críticos vieran
la luz. Porque sus textos disputan a la imagen visual el poder de la cultura,
sin permitir que la imagen del cine o de la televisión sea la única
admisible en el universo cultural. De eso se trata en última instancia,
la de ver si la novela sigue siendo capaz de generar en el lector imágenes
e historias, o si la imagen de la tele o del DVD será la única
resolución posible, con la consiguiente derrota de la conciencia
individual.
Complementariedad de la novela con el cine
Otro fenómeno del presente parece ser la complementariedad de
la novela con el cine. Pienso en muchas novelas, como La luz prodigiosa,
de Fernando Marías, y la película de Miguel Hermoso, y Soldados
de Salamina, de Javier Cercas, llevada al cine por David Trueba. No
es tanto que se haga una reproducción de la película en la
novela, sino de que la película diga otra cosa, quizá complementaria.
Así le gustaba hacer a Luis Buñuel con las obras de Galdós,
Nazarín y Tristana, a las que trataba con la libertad
de quien quiere contribuir a diseminar el sentido de la obra original, a
complementarla. Quien encuentre el punto donde convergen el texto verbal
y el icónico obtendrá una recompensa en la riqueza de percepciones
que le aguardan, el que se ciña a una y niegue a la otra es un torpe,
al que su falta de agilidad le impide encontrar ese golpe de fuelle en que
la inteligencia y la energía proveniente del interés se unen
para hacer viva una experiencia cultural plena.
Las dos películas mencionadas, La luz prodigiosa y Soldados
de Salamina, se complementan en efecto. La película en ambos
casos suele auscultar el sentido simbólico del tema, el mal (Sánchez
Mazas), perdonado por el bien (el soldado que le encañona), mientras
que en la película los hechos están personificados en los
personajes históricos, Sánchez Mazas, el soldado, que quizá
se llamase Miralles. En este sentido, lo que los espectadores ven en la
pantalla, digamos las personas hechas figura por medio de los actores, confirma
la ficción y la hacen novela.
Otro fenómeno a destacar en la novela y en la cultura española
en general es su posrealismo, es decir que los narradores o regidores en
el cine, no suelen presentar sus obras con unas perspectivas cargadas de
unos sistemas de valores definidos, eso es lo propio del realismo decimonónico,
donde la voz del narrador dice y valora la actuación de sus personajes.
Esto ha permitido a los textos literarios decir con una mayor libertad.
La palabra la tienen ahora muchos agentes que nunca antes la pudieron tener,
refleja mejor, en mi opinión, la situación social española,
en que la España de Franco, con su inevitable techo ideológico,
marcó a varias generaciones, que ahora van equilibrando los años
vividos bajo la dictadura con los pasados en democracia, lo que supone una
enorme liberación. Este posrealismo va emparejado con un descenso
de interés por el hiperrealismo propio de los escritores de la generación
X, aunque sus modos y métodos han sido asimilados, y permanecerá
como una variante del realismo en el futuro.
* * *
Mi conclusión provisional es que la novela española a la
altura de 2004 goza de una salud razonable, porque hay creadores, novedades,
y no digamos si sumamos como debiéramos a nuestros parientes de lengua
de la otra orilla del Atlántico. Lo que sobra es un exceso de sanguijuelas,
la historia literaria, una gran dama a la que los innumerables maquillajes
que le ponen las editoriales para que aparezca remozada no ocultan su carácter
de religión menor, su dogmatismo, que pretende conjurar la fuerza
de seducción de la obra en sí, de domesticarla, y de paso
al lector. Éste vive por otro lado sometido a un bombardeo permanente
de novedades mercantiles, que no intelectuales. El atraer audiencia entre
las nuevas generaciones parece una tarea esencial, porque los videojuegos
están alejando a un amplio sector de la juventud de la lectura. No
se olvide el dato: crear y desarrollar un videojuego de alcance trasnacional
cuesta cinco veces lo que rodar una película, luego dedúzcase
el poder del instrumento.
También debemos cuidar que los grandes nombres sean los que acaparen
las ventas, y los demás sean publicados por la bondad de las superventas
de algunos autores. Los menos conocidos suelen quejarse amargamente de la
falta de proyección de sus libros, de las dificultades que encuentran
a la hora de publicar, y no les falta razón, pero la escritura depende
de una infatigable voluntad, como ha dicho Mario Vargas Llosa, y de trabajar
en la esperanza, no en la certeza, de que el lector algún día
pueda reconocer el mérito. Para quienes no lo consigan, el camino,
las horas de lectura y escritura, será la recompensa, que no es poca.
La satisfacción derivada de un momento de alta concentración
emocional, la onda magnética producida por la escritura en sus momentos
mejores, los que antes se decían presididos por la inspiración,
son el verdadero premio de la actividad intelectual.
Lo positivo es mucho, la calidad de muchos autores, los citados, la amplia
proyección en el extranjero de autores como Javier Marías,
y de muchos más, el que algunos críticos empiezan a pedir
más de la novela, como yo vengo haciendo desde fines de los ochenta,
que diga con dignidad de nuestro mundo. Y quizá lo más importante,
que muchos reconocemos hoy las cadenas que atan a la obra, y abogamos por
un nuevo estatus en el trato concedido a la novela, de responsabilidad por
parte de los medios de comunicación y por los críticos y profesores
universitarios. Quizá lo que estamos haciendo, escribir libros sobre
la literatura con una perspectiva cultural, donde la literatura sea una
parte de la lectura del un período; por ejemplo, que si estudiamos
el 98 no todo sea el dolor de España, lo expresado por los literatos,
sino que lo complementemos con la explotación colonial española
de los cubanos o la llegada de la representación del color con el
simbolismo al texto.