Hay aspectos que han mejorado, como el olvido por parte de la crítica
del malentendimiento de lo que constituye una lengua literaria apropiada.
Algunos creían que para escribir bien había que ser purista,
no introducir neologismos, precisamente la fuente de renovación perpetua
de la lengua, o fijarse en exceso en las posibles desviaciones ortográficas
o sintácticas, los intentos de flexibilizar el ritmo de la frase.
Nada más lejos de la verdad; la lengua es un organismo vivo y sus
usuarios los que descubren nuevas funciones y usos. Otros han empeorado,
como el creciente ensayismo en las reseñas de los suplementos literarios
que sustituye la filiación y el comentario apropiado del libro por
ocurrencias del reseñista. He visto crucificados algunos de los libros
mejores de nuestra década por reseñistas que tienen una opinión
sobre un tema del que en realidad no saben casi nada.
El lector actual culto, defraudado por el mercado, sabe todavía
identificar entre la barahúnda del consumismo a los escritores que
buscan consignar en la página el signo de interrogación, de
incertidumbre, que cuelga sobre la realidad humana por numerosos caminos.
Sea, por nombrar algunos, a través de la perpetua renovación
temática y formal del maestro Miguel Delibes o de Juan Goytisolo,
el literalismo de Ana María Matute, la rica prosa de una Paloma Díaz-Mas,
de Luis Mateo Díaz o de Juan Manuel de Prada, o la nitidez expositiva
y fuerza de convicción de Antonio Muñoz Molina y Luis Landero,
el ahondamiento en la condición femenina de Josefina Aldecoa o en
su veta pasional de Marina Mayoral, la inventiva formal y expositiva de
José María Merino, de Quim Monzó, de Antonio Orejudo,
de Benjamín Prado, de Ray Loriga, de Julián Rodríguez
o de Vicente Luis Mora, o la fuerza crítica y de dicción poética
renovadora de la prosa de un Jon Juaristi o un Roger Wolfe. Luego, hay también
un importante número de escritores profesionales de talento como
Javier Marías, Antonio Soler y Lorenzo Silva, que se han creado un
público lector importante. Y hay autores de talento que nos mantienen
a la expectativa y que nos deben una buena novela más; recuerdo los
nombres de Ana María Moix y el de Eduardo Alonso, que mantienen tenso
el arco del interés lectorial de otra manera. También hay
traductores como Miguel Sáenz, pienso en su versión de Austerlitz
de W. G. Sebald, que destilan textos extranjeros con palabras cinceladas
con un verbo claro y vibrante.
Todavía existe, añado, un importante número de lectores
independientes e inteligentes, los que además saben descubrir las
perlas de ayer y los olvidos de hoy que se publican cada año, como
El discípulo, de Paul Bourget; Tierra humana, de Pramoedya
Ananta Toer, y aprecian el universalismo Elizabeth Costello, de J.
M. Cotzee, que no supera al de los lectores consumidores. Digo eso de inteligentes
porque ellos son los que consiguen con su flexibilidad mental apreciar los
valores de los diferentes tipos de literatura, la de los difíciles,
como Benet, o los más asequibles, como Arturo Pérez-Reverte
o Manuel Vázquez Montalbán. Uno los lee por distintas razones;
en el caso de Benet, con tiempo sobrado y buscando tras la cerrada malla
de palabras que enrocan el significado, defendiendo la verdad secreta del
texto; en el caso de Pérez-Reverte, para disfrutar de la galanura
verbal, de la acción hecha ritmo narrativo. Quien no haya disfrutado
leyendo El maestro de esgrima por esnobismo, que las musas lo confundan,
y es probablemente un melón. Apoyados en esta esperanza, la existencia
de una audiencia para la literatura constante e inteligente, podemos asegurar
que la producción de novelas en los últimos años ha
seguido su imparable progreso.
La Era de la Literatura ha terminado
Quejarse carece de sentido, la única solución es aceptar
la realidad del estado de la literatura para poder entender la razón
de ser de esta enorme masa de títulos que denominamos la narrativa
española actual. Creo que una primera resolución debe de ser
comprender que la Era de la Literatura, la del primer cuarto del siglo XX
ha terminado definitivamente. Los grandes nombres de la literatura universal
moderna, Marcel Proust, James Joyce, Frank Kafka, o nuestros, Unamuno, Valle-Inclán
o Juan Ramón Jiménez, que marcan la cima literaria y editorial
de la pasada centuria, surgieron debido a un momento concreto de la historia
que propició su llegada al corazón de la literatura. La burguesía
educada pedía un tipo de arte, sublime, y estos escritores y sus
editores, Alfred Knopf o Gaston Gallimard, supieron estar a la altura de
las circunstancias. Sin embargo, las condiciones actuales resultan muy diferentes.
Tenemos una cultura de masas, con sus exigencias, entre las que destaca
la masificación de la oferta, que pueda llegar a todos los bolsillos,
y la normalización del gusto. Los editores con proyecto, como Herralde,
han sabido hacer una oferta amplia de productos, que incluye a autores propiamente
literarios, Félix de Azúa, y otros, como Michel Houellebecq,
que gustan a un sector del publico diferente, menos educado (menos pasado
por las aulas, apostillaría Pierre Bourdieu) en sus gustos, ansiosos
de satisfacer su curiosidad por la verdad absoluta, vista desde cerquísima.
Esto supone aceptar el papel social de la literatura. El engaño viene,
y esto cada día es más frecuente, cuando hay editores que
publican novelas para la masa, pero metidas en una funda literaria. Así
por encima de la colusión existente entre editores y prensa, tenemos
la doble cara de los editores, que rehúsan aceptar la masificación
del mercado, y pretenden que ellos no tienen nada que ver con tal fenómeno.
Abundancia de premios literarios
La abundancia de premios literarios también ha contribuido a la
comercialización de los editores y, a su vez, a su mejor distribución;
sin ellos, algunas obras caerían en la oscuridad apenas nacidas.
Lo malo es que no da para todos, y los que tienen la suerte de recibir un
galardón, generalmente con la novela debut, suelen nacer estrellados.
Lo malo es que los premios causan adicción en los autores y en los
editores, y hay escritores que se cargan de laureles, y su nombre crece
en sombra y cantidad, pero no en calidad de producción. Es posible
llegar a ser el escritor premiado por excelencia y, sin embargo, que en
el imaginario colectivo español no se reconozca ninguna contribución,
digo como sería la figura de Pascual Duarte o el café de Doña
Rosa, la expresión &laqno;Milana, Milana bonita», o Región,
o Celama.