A Roger Wolfe
La novela parece hoy aprisionada. A la cadena que arrastra a perpetuidad,
la historia literaria, se suma la impuesta por los editores y por la prensa,
y la debida a la corta vida del libro en las librerías. Ningún
lector se escapa al pernicioso triple efecto, a través de la permanente
destilación en artículos y libros de texto de saberes enlatados
y mediante la propaganda comercial.
Un canon flexible
La historia literaria ha conseguido con su escaso nivel discursivo, honrosas
excepciones son la veterana de Ángel del Río o la historia
de la narrativa de Gonzalo Sobejano, hacer de la lectura un asunto de la
memoria, que no una recreación del inventarse humano. La mayoría
de tales historias resultan perniciosas porque enjaulan las obras en marbetes
que estrechan la significación de las mismas e incluso les roban
el poder de sugerencia. A su vez los críticos actuales, hay excepciones,
juzgan los textos de acuerdo a unos criterios que excluyen el poder de seducción
de la obra literaria, y suelen temer las que atraen al lector, y gustan,
sobre todo, de sancionar, excluir, su manera de imponer una necia autoridad,
diciendo ésta es una obra maestra, los demás deberían
tomar ejemplo, etcétera. Las razones que motivan tales palabras suelen
ser de índole personal, llámese engreimiento, conveniencia
o simple ignorancia. Necesitamos un canon, desde luego, para que el lector
interesado o los jóvenes sepan orientarse, y adquieran una cierta
inmunidad contra los horrores de la cultura de masas, pero flexible, no
un corsé que exprima la vida del texto; y a los críticos y
profesores atañe aplicarlo.
La novela en lengua española tiene una trayectoria impresionante,
desde el XIX, cuando surgieron genios como Galdós y Clarín,
que representaron en sus textos todo el universo de los deseos del hombre
enfrentado con el poder de la iglesia (de Doña Perfecta
a Electra, y La Regenta), apoyada en una sociedad ñoña
y timorata, hasta el siglo XX, donde desde Pío Baroja a Juan Benet
(o a Carlos Fuentes por la otra orilla, da lo mismo), no cejaron de plasmar
la búsqueda de las identidades personales nacidas al albor de la
vida moderna (Camino de perfección, Volverás a Región,
La muerte de Artemio Cruz), qué riqueza, y todo ello acaba siendo
reducido en el caso de los primeros a su realismo, y en los segundos ensalzado
por su alto grado de literariedad. Cuando su valor es infinitamente superior,
e inagotable en una condensación crítica. Esta cadena roba
al lector, estudiante o mero aficionado, la posibilidad de leer por encima
del tópico, de lo supuesto, y poner frente a sí mismo el espejo
literario, para ver que siente él, en que se diferencia de lo que
experimentan los personajes. Utilizar el texto no como un espejo estático,
sino como un espejo vivo.
Dónde estamos y qué rumbo llevamos
La novela española actual parece además flotar en un estado
gaseoso. Nadie sabe en verdad dónde estamos ni el rumbo que llevamos.
Los editores mantienen las calderas encendidas y los títulos se suceden
con celeridad en las librerías. La crítica parece limitarse
a lo que Fernando Valls denomina primeras lecturas, es decir, las reseñas
hechas a pie de publicación. Nadie exige más; los profesores
universitarios siguen anclados en el anticuarismo. El lector típico
escoge los libros como las prendas de vestir, por la marca -deme, por favor,
un Javier Marías, un Dan Brown, y así-. Tamaña liviandad
contrasta con el peso del producto hecho de papel, el que lleva el código
de barras como insignia. Este es un producto comercial más, que se
vende uno a uno en las librerías de novedades o al peso en las de
saldo.
El hilo que une el libro, sus autores, editores, prensa y lectores, está
hecho de plata amonedada, no de problemas reales ni ideologías o
mundos imaginarios y demás ensueños decimonónicos.
La década final del siglo XX auguraba este futuro, y los comienzos
del siglo XXI lo han confirmado. El cambio parecía inevitable, lo
triste es que las consecuencias del mismo socavan la libertad que garantiza
su existencia. La evidencia de potencial literario, y hablo de novela, el
buen estilo, la calidad de la exposición narrativa y el tema, hoy
van subordinados a una serie de consideraciones ajenas a la calidad literaria
o relevancia social del texto, si el autor es una marca o no. Lo inaceptable,
sin embargo, es la connivencia entre los editores y la prensa. Ésta
ha dejado de ser la encargada de proteger al lector de la invasión
de la propaganda editorial y se ha convertido en un aliado, formando así
una incestuosa amistad, de editores y prensa, para conseguir que el producto
libro se venda bien, aceitado por reportajes sobre presentaciones de libros
favorables y reseñas que dicen lo que tienen que decir, y sólo
critican a los que carecen de marca reconocida. Hemos pasado de la censura
de la posguerra a la presentación de información filtrada
por los intereses comerciales. Con razón Jorge Herralde se queja
de la situación (El Cultural, 15-21 de enero, 2004) y apunta
a la levedad de la actuación de la mayoría de sus colegas
editores, incapaces de organizar un catálogo con personalidad propia,
porque tienen que caminar mirando al abismo, la inapelable exigencia de
las ventas de los grandes grupos.
La prensa encargada de crear opinión se ha enmaridado, pues, con
las editoriales para vender productos y no para ejercer la labor que les
compete, y por ello comparten responsabilidad por la situación actual.
Lo que no sé es qué artículo de la ley se les debe
aplicar, pero la manera en que bastantes desempeñan su función
resulta inaceptable, y si actuaran así en secciones no culturales
de un periódico, su negativa a la hora de reportar los hechos de
una manera objetiva llamaría más la atención. Por encima,
la cultura de masas ha entrado a saco en el campo de la literatura, y con
ella la vulgarización del gusto. O sea, los libros aparecen en las
librerías precedidas de un orquestado proceso comercial, en la mayoría
de los casos totalmente ajenos a los principios de calidad estética
o relevancia social, destinados a un público lector que los reconocerá
y comprará, en buena medida en las grandes superficies, gracias a
la propaganda, y por ello las novelas, las de mayor venta, tendrán
que acercarse a los gustos y demandas de un público que compra para
consumir, que compra algo que hay que adquirir, por la marca que lleva.
Listas de los libros más vendidos
Y en tercer lugar, la paranoia que crean en lectores y libreros las listas
de los libros más vendidos, que dicen de números y nada de
calidades, tanto que las librerías desaparecen y son reemplazadas
por librerías-almacén, donde sólo es posible adquirir
lo más vendido, las novedades y los restos de naufragios editoriales
que sestean en las estanterías. La desilusión de miles de
lectores que compran un libro y en seguida saben que la propaganda y la
crítica les ha vuelto a decepcionar ofrecen una cierta esperanza
a que las librerías en algún momento reencuentren su camino.
La rapidez con que los libros se suceden unos a otros en las estanterías
es asimismo la última expresión de la literatura mercantilizada,
el devenir de novedades equivale al permanente circular de capitales, insaciable
en su búsqueda de revalorización del dinero invertido.