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Ínsula 694 Ínsula

Compromiso y deserción: El problema del mal en la literatura del siglo XX

por Begoña Souvirón López
Ínsula nº 694, octubre 2004

Número de páginas: 3
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La novela de la alemana Gertrud von le Fort El papa del Ghetto o Las siete columnas de Wenceslao Fernández Flórez son también objeto de reflexión en este ensayo que cita la ejemplaridad de los versos del poeta malagueño Alfonso Canales arraigado en la tierra de la esperanza: «Ahora el olvido te hace fuerte. / No hay ya necesidad de los caballos / para trillar la parva de las flores, / porque el yermo ya es yermo» [ 5 ] .
La tesis de José María Souvirón radica en que el Cristianismo debe recuperar un mundo que ha perdido la fe. La Iglesia tiene que avanzar y dejarse de conservadurismo. Debe asumir el papel de madre y maestra de la vida intelectual en el mundo moderno, lejos de la teología y la sacralización que han alejado al hombre del verdadero mensaje cristiano.
La negación del hombre a creer en la trascendencia cede terreno a una concepción del mundo tenebroso en el que reina la soledad y la falta de esperanza auspiciada por modelos literarios del siglo pasado que niegan cualquier resquicio de esperanza. Camus, pero sobre todo Sartre, especializado en el perfeccionamiento de la negatividad, centran el objetivo de su crítica. El sentido de culpa de la existencia de Heidegger, las obras de Proust y Sade describen igualmente estados de conciencia propiamente infernales.
La literatura, que favorece la libertad de elección de la palabra, propicia a su vez que esta palabra sea enunciada en el sentido original del Verbo o materializada, hecha objeto del comercio, desvirtuada, mentira. Mentira, una desviación del mundo de la Redención que Souvirón enfrenta a Verdad sentida por la Gracia o Verdad de Dios.
Además de los autores europeos a los que dedica su atención, los poetas españoles Cernuda y Guillén encuentran también un lugar en esta obra. De Cernuda selecciona Invocaciones a las gracias del mundo y La Noche del hombre y su demonio; demonio abatido. De Jorge Guillén elige Luzbel desconcertado, donde el ángel caído expresa su amor por el hombre.
A lo largo de todo su análisis la intervención directa del autor busca, como decía al principio, una complicidad o pacto tácito con su lector, que revela después de muchas páginas dedicadas al tema, que quizá él mismo esté cayendo en la trampa del que merodea demasiado. Observemos la cita a pie de página, cuando refiriéndose a la duplicidad de Poe -más mago que demonio-, dice:
«Téngase en cuenta que cuando usamos expresiones como "condenado" no nos referimos sino a estados transitorios. Incluso la aplicación de la palabra demoníaco a un escritor no tiene más alcance que el referente a una parte determinada de su obra en la mayoría de los casos. Rara vez se pude usar con carácter perdurable. Aunque...» [ 6 ] .
Las consideraciones sobre la figuración plástica del diablo aparecen a propósito de obras como Le Baphomet de Klosowsky, o el Moby Dick de Melville, figuraciones imaginativas del diablo que datan de la tradición bíblica y medieval, y que, después de Bosch, fueron adaptadas en la literatura moderna por Borges, provocando un vértigo inquietante como también lo hiciera Roger Callois. Ambos son exponentes para Souvirón de una cultura esotérica en la que los jeux de l'esprit acercan peligrosamente a la frontera de lo infernal.
En el ámbito de referencias literarias que hace José María Souvirón aparecen nombres como los de Michael Leiris o Gilles Deleuze, Mircea Eliade o Renato Pogioli, lo que evidencia el conocimiento profundo por parte del autor, no ya de las obras capitales de la literatura del pasado siglo, sino también las opiniones de los críticos coetáneos, aun cuando no fueran de su misma opinión. Esto nos da la certeza a la postre de estar en presencia de la obra de un «librepensador». Una obra reflexionada y madura de factura intelectual ecléctica.
Sobre el universo de Kafka destaca la problemática del condenado, el sufrimiento de quien no puede acogerse a la esperanza de la redención porque no reconoce a Cristo Salvador. André Gide aparece como el escritor que se recluye, y aunque se relaciona con el maligno apenas lo nombra. La Iglesia era para el escritor francés, que declaraba su familiaridad con Satán, un hospital de almas.
La relatividad moral es la idiosincrasia de los personajes de Marcel Proust, que son mentiras literarias interesantes. En cuanto a Henry James, pone de relieve su inteligencia peculiar al adoptar una técnica demorada que en The Turn of Screw socava con experiencia de psicólogo el sentido del Bien.
Al concluir el libro encontramos un «Epílogo» muy significativo donde el ensayista se encomienda a Dios para rogar la llegada de su reino salvador y expresa el deseo de hallar la libertad que dé una respuesta en la «patria» con Él, en Él y por Él. Esta opción, declaradamente cristiana y ratificada con fórmula de trisagio, le aseguraba a José María Souvirón el beneplácito de las autoridades políticas y eclesiásticas en una España que se concebía como reserva espiritual de Occidente, gobernada por un militar Jefe de Estado. Si bien el autor había manifestado repetidas veces el ideal de cristianismo que animaba su obra, no debe obviarse la crítica implícita a la suntuosidad y la ceremonia que caracterizaban a la Iglesia durante el régimen de Franco. No eran tiempos en los que la disidencia interna fuese bien recibida, pero también es cierto que a finales de los sesenta Europa vivía una revolución sociológica que necesariamente condicionó la tolerancia ante una oposición engendrada dentro de la propia dictadura y acaparada por el ideal cristiano.
* * *
Después de esta lectura nos quedamos con la sensación de que José María Souvirón fue un hombre de letras situado voluntariamente en la frontera para respetar actitudes y opiniones ajenas. Desde su sincero cristianismo supo apreciar la calidad de las obras literarias coetáneas y, aunque no fuera, como diríamos hoy «lo políticamente correcto», consiguió aprovechar las fisuras del sistema totalitario y ocuparse de un tema tan peliagudo como el del Mal. Así alumbra su crítica, convertido sin querer en «abogado del diablo» frente al proverbial: «con la Iglesia hemos topado».
A la «España, grande y libre», al «por dios, por la patria y el rey...», al laicismo republicano de «Libertad, Igualdad y Fraternidad», contrapone la ética social más primitiva y original, la Iglesia de Cristo como él la concibió: una comunidad de almas redimidas, que luchan porque impere el modelo de entrega y de amor al prójimo...
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NOTAS
  • [ 5 ] Ibíd., p. 186.
  • [ 6 ] José María Souvirón, El príncipe de este siglo. La literatura moderna y el demonio , Madrid, Cultura Hispánica, 1967, p. 187.

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