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Ínsula 694 Ínsula

Compromiso y deserción: El problema del mal en la literatura del siglo XX

por Begoña Souvirón López
Ínsula nº 694, octubre 2004

Número de páginas: 3
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Las críticas del autor a los escritores europeos, franceses, ingleses, rusos o italianos, transmiten en su conjunto una amplia panorámica de literatura comparada desde una visión interdisciplinar que indudablemente lo sitúan en la vanguardia de la crítica literaria practicada en las universidades francesas y alemanas en una España que a finales de los cincuenta en general sólo se miraba al ombligo. Se aventura a desenmascarar el contenido de mentiras que tenían los personajes de Proust, la razón de la sinceridad de André Gide y la presencia oculta pero soberana del Mal en la obra de Henry James, conociendo bien a Joyce, Cocteau, Giradoux o Kafka, entre otros.
Su teoría aboga por una novela que más allá de la consabida especularidad, responda al concepto de obra poética con una visión personal del mundo, visión subjetiva que le asegure su individualidad En cuanto al teatro, constata que la soledad le ha ganado la batalla al sueño El protagonista del teatro del siglo xx se encuentra arrojado de sí, no se ama, no ama... Por lo que atañe a la poesía, admira sobre todo aquella que permanece en la memoria cordial. Se muestra severo con la social, refugiada en los salones, y expresa su favores por Góngora y García Lorca, avisando del temor que le invade al ver la poesía tan alejada de la realidad, convertida en una especie de bella durmiente, desconectada, absorta, lejos de la expresión del sentir humano.
El carácter heterodoxo de este malagueño, a quien le llamaban profesor, se manifiesta cuando leemos sus impresiones sobre pintura. Le apasiona Tintoretto que, junto a Roualt, revelaba el oficio en la materia pictórica. René Magritte o Henry Moore, así como George Morandi, son alabados en distintos lugares del ensayo.
Pero la idea que se hace sitio y que conducirá sus pasos en adelante es la certidumbre de que después de Nietzsche el hombre ha resultado endemoniado. Las huellas del demonio son identificadas en la pintura de El Bosco y en los trazos de Durero reconoce el genio diabólico, que empieza a cobrar terreno al Bien sembrando su estrategia de discontinuidad caótica y rebelión; produciendo belleza subversiva, antiarmónica. Doquiera que reine la contradicción se sentirá saciado el príncipe de lo deforme y lo heterogéneo.
El príncipe de este siglo. La literatura moderna y el demonio, publicado por Ediciones Cultura Hispánica en Madrid en 1967, se lleva a cabo desde el convencimiento absoluto de la redención cristiana. A partir de ahí José María Souvirón despliega una estrategia ensayística en la que se va combinando el avance ligero y decidido para plantear las bases desde las cuales se lleva a cabo su análisis de la realidad literaria, con el repliegue, en un estilo pausado, fruto de la reflexión sólida y apasionada donde domina la interpretación moral y la ética cristiana. Comprometido y con esa estrategia, apela a la conciencia de cada cual para considerar hasta qué punto somos partícipes del reinado del príncipe de este siglo y dedica emocionadas reflexiones a la ejemplaridad de Cristo cuando en el Huerto de los Olivos sufrió las tentaciones más fuertes.
Para José María Souvirón las manifestaciones del maligno son numerosas y adquieren en cada uno de los autores analizados diferentes formas. No sólo la aparición de una de sus figuraciones delata la presencia del maligno en una obra o la inspiración satánica de su autor; sino que, a menudo, la ausencia, el desdoblamiento, el predominio de la extrañeza inquietante, por ejemplo, son entendidas como tributos de la obra al príncipe de las tinieblas.
Puntualiza con detenimiento y agudeza -lo que demuestra un profundo conocimiento de los autores escogidos- que la aparición del demonio en la literatura moderna, disimulado o encarnado, implica la aceptación del mal por parte de los autores y recomienda una actitud de celo y vigilancia así como de cultivo de la fe para detectar su presencia del mal y combatirla. Una idea elevada de Dios permitirá hacer frente a la argucia más frecuente del demonio: hacer creer que no existe.
A José María Souvirón le parece que cuando el hombre abandona la idea de Dios, empieza a sentir la soledad, mera consecuencia del dominio diabólico. Entonces el individuo debe estar más atento al diablo a fin de evitarlo ya que de otra manera Lucifer se instalará en el corazón y será difícil arrojarlo de donde ha hecho su aposento.
Mitos como los de Prometeo o Sísifo, personajes como Fausto, revelan que el infierno particular es generado por la ausencia de Dios en un mundo ateo, donde ha desaparecido la relación gracia-pecado. Abandonado el catolicismo, surgen la teosofía, el demonismo, la negación del mal y la muerte definitiva de Dios. En la medida en la que avance el poder de la Iglesia de Cristo, como parece ser el deseo y la misión de esta obra, el mal dejará de estar oculto y saldrá a la luz arriesgándose a ser derrotado.
Algunos autores como Alistair Crowley optaron, a juicio del poeta malagueño, por posiciones satanistas declaradas, mientras que otros como Hölderlin o Rimbaud prefirieron librarse de la dialéctica del Bien y el Mal para ir en busca del demiurgo en el poeta. De igual modo afirma que a Victor Hugo, para quien el mal acababa con la Revolución francesa, su concepción pansexualista le llevaría al final de su días a confesar la visión de «la luz negra». En las obras de Dostoyevski el demonio se cobra sus piezas a través de crímenes y suicidios.
Son muchos los caminos que alejan al escritor del Bien. León Bloy, queriendo borrar las huellas del pecado original, niega la redención. Baudelaire, en su afán de búsqueda de la Belleza, se ve arrojado a los dominios de Satán, al abismo del vacío y la nada.
El demonio se hace evidente en aquellas situaciones de «pacto» como las que se dan en Balzac en virtud de la seducción económica o en Thomas Mann debido al influjo que ejerce en determinados individuos el ansia de conocimiento.
Avanzando en el siglo José María Souvirón recala en el caso de Samuel Beckett para poner en evidencia el intento denodado del ateísmo moderno al combatir la existencia de algo que previamente ha sido negado, queriendo echar tierra sobre las verdades. Reacciones tan desaforadas como las de James Joyce delatan su excatolicismo. Pero a Dios no se le mata tan fácilmente, por eso a menudo los autores recurren a la bufonada, el cinismo, la carcajada, o la mueca como hace Bertold Brecht en Mahagony . También los intentos de «echar abajo a Dios» de Paul Valéry encuentran su lugar dentro de la historia del infierno que pretende derrotar la soberanía de Dios en la tierra.
La tentación, la falsa inocencia, la usurpación del reino, la magia, la esclavitud de la belleza, el desorden de los sentidos, la rebeldía, los humillados y poseídos, los pactos, las negaciones y el vacío, las herejías intelectuales, el demonismo práctico como el de las misas negras de Huysmans, o la didascalia diabólica que contradice la Verdad de Dios... Todas estas instancias son identificadas aquí como espacios, o ámbitos de competencias del maligno en su incesante batalla contra las fuerzas del Bien por ganar el alma humana.
La Esperanza
Frente a esta estrategia, la Esperanza. Esperanza de autores católicos como Bernanos, que gracias a la lucidez puede penetrar en los aspectos maléficos para destacar los del Bien. León Bloy, Mauriac o Graham Greene también se dejaron llevar por una actitud convencional propiciando la pérdida del espíritu del Evangelio y desembocado en ocasiones en un verdadero campo de batalla. La lucha final de Julien Green no vence en «la Noche Oscura» de fogonazos y hogueras porque él mismo afirma ser todos los personajes del Leviatán.
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