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Ínsula 694 Ínsula

Compromiso y deserción: El problema del mal en la literatura del siglo XX

por Begoña Souvirón López
Ínsula nº 694, octubre 2004

Número de páginas: 3
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Compromiso y deserción [ 1 ] es el título de una colección de ensayos que José María Souvirón publica en Madrid, pocos años después de su regreso a España, tras una larga estancia en Chile donde desempeñó tareas docentes en la Universidad Católica de Santiago. En estos ensayos el autor recaba experiencias y juicios críticos sobre la literatura y arte del recién pasado siglo. Sus opiniones nunca exentas de una profunda reflexión invitan a conocer las obras más significativas de la literatura europea.
Sin abandonar el tono confidencial Souvirón avanza exponiendo determinadas hipótesis y subsiguientes apreciaciones de las cuestiones que para él son decisivas. Una y otra vez requiere la complicidad del lector ante el que se muestra sumamente respetuoso. Esa delicadeza manifiesta su excelente calidad humana, así como el sentido común que gobierna su pensamiento.
Quizá fue el afán por ser honesto consigo mismo y con los demás lo que le llevó repetidamente a situarse casi estratégicamente en la frontera de las situaciones más conflictivas, en las atalayas desde donde no se enturbiaba una visión de la realidad que se pretendía ecuánime. No en vano advierte con la melancolía del visionario que sus juicios son el fruto tanto de la lectura como de la observación durante muchos años de trabajo [ 2 ] .
Entre el miedo y la esperanza
En este primer volumen de ensayos parte de la base de que en la sociedad coetánea en metamorfosis; como en cada nuevo estado que implica transformación, el espíritu humano -el calificativo de humanista no le agrada- se debate entre el miedo y la esperanza. Confeso cristiano y convencido apela a la necesidad de cultivar la fe con la seguridad de estar ante un misterio cuyo conocimiento infunde la esperanza en los corazones. La esperanza descubierta en las manifestaciones artísticas más insospechadas es la luz que permite al hombre en medio de un mundo que amenaza caos y destrucción apostar por el Bien y por la alegría que su práctica conlleva.
Ese denodado intento de buscar el verdadero sentido a la vida supone el reconocimiento del Mal que afecta gravemente a sus contemporáneos, padecido ya desde la Edad Media por el rey sabio Alfonso X, que murió -como dice José María Souvirón- de «pasión de ánimo» [ 3 ] . El peligro acecha a los que tienen la inclinación de abandonarse al desencanto y naufragar en el aburrimiento. En el instinto destructor de los hombres se detecta una tendencia hacia la disolución, y aunque esa actitud haya estado presente en la historia de la humanidad, combatiendo los intentos civilizadores a base de revueltas, debe ser afrontada desde la superación de la crisis; mediante el establecimiento de un compromiso humano y artístico con la realidad.
No han sido pocas las veces, a juicio del autor, en las que determinados agentes modificadores del pensamiento, como fueron las corrientes utópicas, la revolución francesa con el terror, o la luz cegadora de la Ilustración, junto ciertas conclusiones positivistas, acrecentaron la confusión y la desesperanza De ahí que sorprenda la especial intuición del autor para captar dentro de manifestaciones artísticas, que van desde el Apocalipsis de San Juan a Las flores del mal de Baudelaire, el predominio de un sentimiento que habría definido Unamuno como el agónico brillo de la esperanza.
Recordando las ideas del jesuita Teilhard de Chardin, se cuestiona en estas páginas si la obra de la creación perpetuada en la génesis humana no llegará a tener un fin inesperado por culpa de la excesiva confianza del hombre en sí mismo. Adelantándose a su tiempo, a la hora de establecer las posibles consecuencias de una absoluta globalización con la visión del mundo de Orwell, apuesta por la espiritualidad, la vuelta a la trascendencia y a la religión en el sentido original de religo, vínculo con los orígenes de la creación y el Creador, como preconizaba Zubiri.
Para José María Souvirón los sistemas de fuerzas, ya sean de signo ideológico, como sucede en el caso de Marx, como psicológico, en el modelo de análisis freudiano, significan la negación del espíritu. El primero porque mira hacia fuera, el segundo por hacerlo hacia dentro. Para combatir el pesimismo que siembran en el corazón humano apela a la sencillez, la compasión y la gracia. El existencialismo, a su parecer, nace igualmente del cansancio, del aburrimiento de no estar interesado (inter-esse). Denosta el execrable ejemplo literario de Sartre, pero salva a Camus y sobre todo a León Bloy, que defendía la necesidad de misterio para el ser humano.
Un arte redentor
El poeta malagueño se aferra a la realidad y evade el ilusionismo que lleva a la destrucción. En sus observaciones invita a gozar de la libertad intelectual forjada en la autodisciplina y propone acrecentar la conciencia de eternidad mediante el compromiso en las manifestaciones artísticas, el conocimiento del oficio y el trabajo, garantizando así la función liberadora del arte. Un arte redentor, más humano, cuyo receptor sean los hombres y las mujeres que desean armonizar lo humano con lo intelectual, hará crecer a la par inteligencia y sensibilidad. A tal efecto recomienda la concentración, el ensimismamiento, porque la evasión conduce a la muerte por cansancio. El modesto deseo expresado de enfrentarse a la modernidad desde su limitación no es tal porque Souvirón cree sinceramente en la gran Verdad de la Eternidad.
No sólo las revoluciones ideológicas son objeto de su crítica perspicaz, sino también aquellas manifestaciones literarias que provocaron una ruptura retórica y abismaron al caos con sus manifestaciones desestructurantes. Picasso o Paul Klee, los surrealistas, que se fueron hacia la burguesía y «pintaron para ella, manteniendo en reserva su originalidad y hasta un tono de payaso y vedette cómica...» [ 4 ] , son igualmente responsables de la desesperanza y el vacío que domina en su tiempo.
Souvirón desvela con precisión la vía de acceso a su concepción del mundo y a la figuración artística del mismo. Hallamos en este volumen lo que podríamos llamar su poética, su credo. Con inteligencia, emocionadamente, en busca de la magia y con la seguridad que da el conocimiento poético de la realidad, cultiva su estilo y permite a la luz de la fe concebir el significado de la Gracia, gracia del amor, como la que concedió Beatriz a Dante.
Recomienda la concentración, mirar por el tiempo, gozar del paso del tiempo, adueñarse de él... Ahí está el secreto según el autor para alcanzar la felicidad. De manera irónica se refiere a la fórmula con la que los iniciados se comunicaban sobre esta cuestión con la frase: «¿Avez vous recemment pratiqué Plotin?»
Encontramos a José María Souvirón en la senda de Proust: «a la búsqueda del tiempo...», rechazando la literatura del ennui, la de la miseria o la corrupción, la de aquellos poetas mezquinos que frecuentan burdeles llenos de piojos; y, por igual, la de aquellas pobrecillas niñas vestidas con los engorrosos trajes de comunión. Lo situamos a la búsqueda de lo razonable, del equilibrio, y el aprecio por la bondad del ser humano.
La influencia del Mal
Ya avanzado el libro aparece el que será tema definitivo de su obra posterior: la influencia del Mal en la literatura del siglo xx . Presenta los preliminares, disecciona y localiza sus atributos, determina los indicios de esa fuerza disolutoria y destructiva que va minando la voluntad alentándola a la sublevación, hasta ponerle alas al espíritu y precipitarlo en el vacío. Para el autor el problema del Mal radica en su contagiosa seducción; de ahí que avise contra el maniqueísmo práctico que se hace lugar cuando se afianza la capacidad de diálogo con el malo. Al demonio no hay que darle conversación porque -según José María Souvirón- debilita la esperanza enfrentándola con la miseria, la desesperación y la propia frustración.
Número de páginas: 3
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NOTAS
  • [ 1 ] José María Souvirón, Compromiso y deserción (el hombre actual y las artes), Madrid, Taurus, 1959.
  • [ 2 ] Ibíd., p. 201.
  • [ 3 ] Ibíd., p. 15.
  • [ 4 ] Ibíd., p. 65.

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