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Ínsula 693 Ínsula

La biblioteca folletinesca: Una tentación permanente

por Laureano Bonet
Ínsula nº 693, septiembre 2004

Número de páginas: 3
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¿Un nuevo folletín electrónico?

Incluso hoy -y en el plano de la comunicación por internet o por la telefonía móvil- parece asomar un cierto revival del (micro)relato folletinesco que haría posible, además, que la escritura y su recepción pudieran coincidir en el tiempo real. ¿Podríamos hablar, en consecuencia, y a la altura del 2004, de unos primeros asomos de narrativa cibernética? Recientemente -y la noticia es harto reveladora- refería Antonio Astorga en ABC que «regresa el relato por entregas», pero no por obra del clásico procedimiento de Gutenberg sino mediante el «teléfono de bolsillo» y «a golpe de click». Para añadir que «Un ciberespacio llamado Ciberpunk ( imode.ciberpunk.com ) ofrece relatos, novelas y microcuentos escritos exclusivamente para teléfonos móviles» por algún premio nacional de literatura como Suso de Toro [ 19 ] . Precisamente a este escritor -quien tiene ya en su morral tres microcuentos para tales móviles - le recuerda dicho modelo los clásicos usos folletinescos, pero sustituyéndose ahora las hojas periódicas por las nuevas redes de comunicación electrónica: «Volvemos [pues] al principio, a la novela por entregas en un mundo en el que la cultura es el libro, pero en el que no se pueden olvidar los nuevos cambios culturales» [ 20 ] . ¿Prosperará esta novísima modalidad comunicadora, reestructurando en parte, además, la enunciación narrativa, conforme aconteció con las serpientes de papel, los episodios fílmicos, el serial radiofónico, o el culebrón televisivo? Como fácil resulta observar, en una secuencia de doscientos años a esta parte los «soportes» pueden variar pero, afortunadamente, la pertinaz curiosidad del hombre por espiar a sus semejantes, eso es, el poder contar relatos y leer/oír/contemplar tales relatos se mantiene tan fresca como antaño: de acuerdo con la leyenda china, estamos una y mil veces tentados por introducirnos en el lienzo pictórico y, allí, extraviarnos por sus sendas, aldeas, montañas sin ansias, casi siempre, por volver a la realidad cotidiana, una realidad por lo general poco apetitosa... Continúa, por tanto, vigente la viñeta que ofrece Galdós en Misericordia, donde el sagaz Almudena dosifica sabiamente sus relatos ante un corrillo de «mujeres embobadas, mudas, fijos sus ojos en la cara del ciego», quienes si -al comienzo de la historia- no se hallaban dispuestas a creer, «acabaron creyendo, por estímulo de sus almas, ávidas de cosas gratas y placenteras» [ 21 ] .
Resta sólo decir que el presente «Estado de la cuestión» pretende poner encima de la mesa, y en un tiempo como el actual donde el canon (pese a los desvelos de algún crítico) parece zozobrar en la literatura viva, ese viejo contar fragmentado tan propio de la sociedad urbana surgida a principios del xix y que se ha ido canalizando -reiterémoslo- por diversos regatos mediáticos. A saber, el relato popular, la novela por números, la entrega periódica, en suma, lo que la conciencia literaria de estos últimos dos siglos ha concluido por resumir con el calificativo de folletín: calificativo a todas luces incorrecto, como bien avisa Romero Tobar. Aunque, en descargo de tal error, podamos decir una vez más que, para muchos letraheridos, en la idea originaria de lo folletinesco han ido tomando gran fuerza «los matices significativos secundarios» de un relato ante todo «melodramático», o «dotado de una intriga ingenua y complicada artificiosamente», con la mira puesta en apresar, o enredar, al lector [ 22 ] . Atentado, qué duda cabe, contra el «núcleo significativo originario» del término aunque esa inexactitud descubra, por cierto, el nervio más secreto del hecho narrativo: la simulación de realidades ausentes en nuestro existir pero que, a la par, pueden absorberlo, condicionarlo -acaso trastornarlo.
Asimismo, y como advertirá el lector, los artículos impresos en estas páginas de Ínsula exploran con singular precisión algunos de los puntos que, muy a vuela pluma, he ido anotando en esta «Presentación»: sobre todo las tan recurrentes impregnaciones folletinescas en la novela literaria, los paralelos -o afinidades- entre la narrativa serializada y el melodrama escénico, o los mecanismos de articulación de un discurso ideológico a no dudarlo primario, pero siempre efectivo, que encerraba tal modalidad. Una modalidad, no se olvide, que significó un primer síntoma de democratización de lo literario entendido como texto, mercancía y consumo por parte del público inserto, especialmente, en la nueva ciudad «industrial» [ 23 ] . Hemos creído igualmente muy útil componer entre todos nosotros una bibliografía que recoja algunos de los más puntuales estudios aparecidos estos últimos cincuenta años: bibliografía tanto en torno al «núcleo duro» de la cuestión como acerca de aquellas otras experiencias que sugieren, a su vez, una particular retórica folletinesca al modo de la novela gótica angloamericana, la ghost-story o el relato a lo E. A. Poe: un sesgo narrativo que incidiría con cierta fuerza en nuestras letras del xix , como lo demuestran, entre otros, P. A. de Alarcón, J. M. de Pereda, el hoy tan olvidado Luis Alfonso -cuyos Cuentos raros sería útil recuperar- o, en la onda ya del modernismo, algunas de las Historias de locos concebidas por Miguel Sawa.
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NOTAS
  • [ 19 ] Antonio Astorga, «De Gutenberg al SMS: literatura por entregas a través del teléfono móvil», ABC, 6 de marzo de 2004.
  • [ 20 ] Ibíd .
  • [ 21 ] Benito Pérez Galdós, Misericordia, París, Nelson, s. a. [1913], p. 129.

    22Op . cit . en n. 1, pp. 53-54. María Moliner ofrece con gran tino la acepción originaria de la voz folletín -recogida asimismo por Romero Tobar- y sus derivaciones semánticas que, vuelvo a repetir, se han ido imponiendo con el tiempo. Dice al respecto que «Como las novelas que se acostumbraban a publicar en esa forma [folletinesca] eran de intriga, con sucesos y coincidencias muy dramáticos, sorprendentes e inverosímiles, se aplica también el nombre a una novela de esas características» ( s. v., Diccionario de uso del español, t. I, Madrid, Gredos, 1975).
  • [ 23 ] Zola reconoció sin ambages esa democratización de la literatura que conllevaría la irrupción del relato serializado en el siglo xix : sus autores -sostiene- «han logrado crearse un público especial que sólo consume folletines; ellos se dirigen a estos lectores nuevos e iletrados, incapaces de saborear una obra bella. Por lo tanto, debiéramos testimoniarles nuestra gratitud, dado que roturan tierras [hasta hoy] incultas». Y, poco antes, aseveraba el propio autor que «la influencia de los salones literarios desaparece» mientras, por el contrario, «crece el asentamiento de la democracia en las letras», puesto que «la obra nace en la y para la muchedumbre» (Émile Zola, «L'argent dans la littérature», en Le roman expérimental , Oeuvres Completes , Henri Mitterand, dir., vol. X, París, Cercle du Livre Précieux, 1968, pp. 1.279 y 1.277, respectivamente).

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