Dentro de la programación del Convivio de los Cursos de Cultura Católica, entidad ligada a Criterio, pronunció Diego su conferencia- recital «Confesiones de aprendizaje» el día 4 de septiembre, acto que fue presentado por Atilio Dell'Oro Maíni y por Francisco Luis Bernárdez. Por cierto que en ese ciclo había participado el 12 de junio anterior María Teresa León, por entonces de viaje en Argentina como Sra. de Sebastián Alfaro, con una conferencia-recital sobre la poesía popular española, que una Circular informativa y bibliográfica de los Cursos de Cultura Católica resumía así en octubre de 1928: «recitación de romances religiosos, fronterizos, carolingios, villancicos, etc. De las formas cultas de esa poesía el recital comprendió el romance de La Colmeneruela de Don Luis de Góngora; las Coplas del Alma de San Juan de la Cruz, maravillosamente recitadas; y el romance de los niños de la Mariana Pineda de García Lorca» (p. 55).
La vinculación, en fin, entre Gerardo Diego y este grupo de escritores e intelectuales católicos tuvo su plasmación pública en el banquete que le ofrecieron el 19 de septiembre, miércoles, en el Salón Español del Hotel Jousten los redactores y colaboradores de la revista, encabezados por su director. La convocatoria de este homenaje fue suscrita por un nutrido grupo de figuras de la vida literaria, entre los que merece la pena destacar los nombres de sus amigos Bernárdez, Jorge Luis Borges, Ricardo E. Molinari y el de Baldomero Fernández Moreno, el poeta argentino oriundo de la provincia santanderina, a quien Diego conoció en este viaje, y a quien dedicó poema, estudio y homenaje muchos años después. Gerardo Diego conservó como recuerdo de aquella noche un menú firmado por algunos asistentes. Gracias a él sabemos que la cena, que tuvo un precio de 10 pesos el cubierto, constó de «Hors d'oeuvres Jousten/ Crème d'argenteuile/ Cazuela de merluza à l'española [sic]/Vol au vent à la Toulouse/ Pechuga de Pavo à la broche/ ensalada mixta/ Omelette surprise/ Café», con vinos Barón de Río Negro, blanco y tinto, y «likores [sic]».
En el número de la revista aparecido un día después se recoge una breve noticia del banquete: «Púsose de relieve en esta ocasión la intensa y cordial simpatía que el poeta español ha suscitado entre nosotros» (Criterio, núm. 20, 20 septiembre 1928: 358). Y en el siguiente se publica una amplia reseña del acto, por la que sabemos que el homenaje fue ofrecido a los postres por Tomás de Lara, el responsable de la sección de crítica, que habló también el director Atilio Dell'Oro y que leyeron poemas Rafael Jijena Sánchez, Osvaldo Horacio Dondo, Miguel Ángel Etcheverrigaray, además del propio Gerardo Diego, que contestó a todos con un poema en pareados alejandrinos escrito para la ocasión («Buenos Aires, estribo para el que va con prisa, / la mirada obstinada, la voluntad decisa...»), que con el título «A mis amigos de Criterio» incluyó luego en la sección «Epístolas y retratos» de su libro Hasta siempre (1949). La publicación posterior del poema y su inclusión en su Poesía completa (Gerardo Diego, 1989: 596-597) hizo conocida en España su relación con ese grupo y el homenaje, pero no fue éste el único banquete que le ofrecieron los poetas argentinos, ni ése el único poema con que él lo agradeció.
Es menos sabido que, recién llegado, un amplio grupo de escritores bonaerenses le dio pública bienvenida en iniciativa encabezada por Pulso. Revista de Arte de Ahora, dirigida por el poeta peruano Alberto Hidalgo. La revista Pulso sacó sólo seis números, entre julio y diciembre de 1928. Por la nómina de colaboradores que enseguida se cita fue una de las más representativas de la polémica existencia de la vanguardia poética argentina. Diego conservaría también toda su vida un volante impreso con la convocatoria a la «comida de acogimiento» fechada el 30 de julio y firmada, entre otros, por Macedonio Fernández, Leopoldo Marechal, Raúl Scalabrini Ortiz, Alberto Hidalgo, Homero M. Guglielmini, Francisco Luis Bernárdez, Augusto Mario Delfino, Guillermo de Torre, Ricardo E. Molinari, Roberto Arlt, Raúl y Enrique González Tuñón, Alfonso Reyes, Eduardo González Lanuza, Nicolás Olivari, etc., lo más granado de la creación poética del momento en Buenos Aires. La cena se celebró el jueves 2 de agosto en el Restaurante Tegernsee a las 20,30 horas. Era el primer banquete organizado por la revista, cuyo número inicial acababa de aparecer en julio.
En las contratapas del segundo número de Pulso se ofrece una crónica del banquete, que pondera la abundante concurrencia, pues asistieron sesenta y cuatro comensales. La única ausencia notable, en convocatoria y acto fue la de Jorge Luis Borges, enemistado con el director de la revista, que es ninguneada con intención: «No se advirtió la ausencia de ninguna persona visible en el panorama de las letras argentinas modernas [...] La única persona decente que faltó fue Alfonso Reyes», quien se había excusado por tener una actividad oficial como embajador de México ante el ministro de Relaciones Exteriores. En el transcurso del acto intervinieron Leopoldo Marechal, Raúl Scalabrini Ortiz, Macedonio Fernández y Amado Villar, quien leyó unos versos contestando a otros de agradecimiento leídos por Gerardo Diego que reproduce la revista. El poema se titula «A los muchachos de Buenos Aires» y no sería después recogido en libro ni recopilado en las Poesías completas que preparó Diego al final de su vida, por lo que podemos afirmar que se trata de un poema desconocido del santanderino.
A los muchachos de Buenos Aires
Vedme aquí cordialmente en vuestra casa
bien preso entre los círculos de los abrazos nuevos
que por multiplicados y lentos y opresores
opresores se entiende dulcemente,
hasta el límite justo de la cadena holgada,
me parecen aquellos, los ya viejos, medidos,
que nos ciñen el pecho sin la cinta del sastre.
Vedme aquí respirando los mismos Aires Buenos
que me sabía de memoria,
que entraron y salieron por dentro de nosotros
a cumplir el destino marea de las cosas.
Yo miré el mapa y dije: Allá qué azul tan lindo
y qué luz de gris plata en ese río abierto,
esa herida sin límites que le sangra agua dulce.
Diez y seis singladuras, diez y seis banderitas