Si hay un poeta que haya atravesado todas las corrientes y acontecimientos literarios de los tres primeros cuartos del siglo xx , es, sin duda, el chileno Pablo Neruda (1904-1973). Desde su inicial posmodernismo, pasando por el vanguardismo, la poesía del compromiso y de la crónica histórica, hasta el canto épico emprendido en el Canto General (1950) y la denodada persistencia en la difícil sencillez, en aras del realismo solidario, de sus Odas elementales (1954) -líneas con tantas recurrencias en sus títulos posteriores-, la poesía de Neruda alcanza numerosos tonos y registros, pero no deja nunca de mostrar su marca, de interesar, de inquietar y de sorprender. En su persona reúne diversas facetas: el poeta ensimismado y angustiado de ecos finiseculares y de la modernidad vanguardista; el inquieto diplomático que recorre desde temprano lejanos continentes y recala en Europa por largos años; el beligerante activista en pro de la República en la guerra civil española y luego en la segunda guerra mundial; su dimensión pública al incorporarse a las tareas políticas al volver a su tierra, y como culminación de una vida, el Premio Nobel en 1971 que completa su dimensión internacional hasta lo inconmensurable, al proyectarlo hacia todos los rincones e idiomas. Dos años después su trágica desaparición en los mismos días del golpe de estado contra el presidente Salvador Allende, en los inicios de la dictadura de Augusto Pinochet, erige también un muro de separación en la vida chilena y aun del continente.
La obra de Neruda, oceánica, desmesurada, con inquietas desigualdades que la crítica no ha dejado de señalar, no ha sufrido sin embargo la crisis que todo autor padece a partir de su muerte, pues gran parte de sus títulos siguen imprimiéndose con éxito y sus versos encuentran la receptividad de los lectores. Desde la destacada popularidad de los Veinte poemas de amor y una canción desesperada (1924), al acrisolado clasicismo de Residencia en la tierra (1935), que cada día consolida su valor, a la eficacia narrativa del Canto General , todos ellos, junto con otros conocidos títulos, son hitos indiscutibles en una obra de gran aliento y de una personal conciencia poética. Es obvio señalar que la poesía de Neruda arraiga de modo personal en el simbolismo finisecular del xix , para continuar elevando a la altura de su siglo los elementos recibidos, procesándolos con las técnicas e ideologías de la vanguardia, del existencialismo y del compromiso que emergen a mediados de siglo para preparar y proyectar la poesía venidera. Por esta razón es momento oportuno el del centenario de su nacimiento para abordar algunos aspectos de su producción, cosa que pretende este número con la participación de especialistas de diversas procedencias, críticos que en su totalidad han contribuido con sus estudios, artículos y monografías, al conocimiento de la poesía del chileno.
Temas de tipo general
Los trabajos que se recogen son de diverso carácter. Unos tratan temas de tipo general o recurrente en su poesía, como es el caso de las aportaciones de Jaime Concha, Selena Millares y Alain Sicard. El primero se centra en el tema del simbolismo nocturno de Residencia en la tierra, colección considerada cada vez más a la altura de un clásico de vanguardia. Para el crítico la Noche es consustancial al libro, le infunde unidad, y ofrece con ella una especie de estética del manto nocturno, por lo que considera necesario revisar el proceso de ese simbolismo a partir del «prenocturno» Crepusculario de 1923 hasta penetrar en la «plena visión residenciaria de la Noche» que se prolonga en la imagen de la mujer como emanación crepuscular. Selena Millares, por su parte, aborda la controvertida relación, patente en sus Odas elementales, que, con la imaginación libresca mantuvo el poeta, para señalar que, sin embargo, sus versos habrán de acoger la vertiente mitopoética, secretamente, como «una indispensable fuente nutricia». Lecturas, actualizaciones y resemantizaciones de los mitos del universo grecolatino pueden encontrarse en su poesía como bien se demuestra en un ejercicio de mestizaje en el que se conjugan el Arte de amar de Ovidio y las imágenes oscuras y palpitantes que rinden tributo al pensamiento mágico de los antepasados. En la aportación de Alain Sicard, las notas y elucubraciones sobre su escritura comienzan por referencias a la segunda Residencia con motivos que se combinan con la proximidad y la amistad de Miguel Hernández; la herencia de Quevedo, del que capta el tono metafísico del viaje y de la riqueza inagotable de la muerte; la búsqueda de la semilla de la infancia, tan decisiva en su poesía; la reflexión acerca del momento cenital de la ascensión a Macchu Picchu y su dialéctica de la enumeración, todo ello elaborado con otras asociaciones, recurrencias y recuerdos personales que iluminan su obra.
Canto General
Dos trabajos revisan el Canto General en su perspectiva épico narrativa, lo que concuerda con la importancia que este título está cobrando en nuestros días. Teodosio Fernández aborda la configuración del mundo americano que ofrecen las partes cosmogónicas del libro, encontrando que la concepción maravillosa de América, que tiene sus ecos en las Meditaciones suramericanas (1933) de Keyserling y que se prolonga en otros muchos autores coetáneos de los que Neruda tuvo noticia en México y Guatemala hacia 1940, como Fernando Benítez o Alfonso Reyes, quienes ya habían elaborado la imagen de un continente nacido entre la realidad y la fábula, o Miguel Ángel Asturias, que ya había publicado Leyendas de Guatemala (1930), libro en el que proyectó un americanismo renovado que le permitiese recuperar la riqueza de las culturas indígenas. De este modo el poeta estaba preparado para la visita a Macchu Picchu, momento a partir del cual elaboró la «visión de una América primordial, caracterizada con mucha frecuencia por elementos minerales y vegetales», habitada por «hijos de arcilla». Por su parte, Antonio Melis también dedica su trabajo a este mismo libro pero concretándose en uno de los apartados, el Canto IV, «Los Libertadores», para fijarse en el tratamiento de la epopeya del pueblo mapuche en defensa de su identidad contra el invasor conquistador, lo que significa trazar un recorrido para concluir la centralidad de la metáfora que sintetiza naturaleza e historia como centro de comprensión de su poesía. Porque para Melis la naturaleza juega un papel decisivo al ejercer una dialéctica con la historia en la que se conjuga el pasado de los conquistadores y el presente de lucha contra la invasión de sus tierras, pero aún más, este vínculo entre indígenas y naturaleza «tiene un valor epistemológico» fundado en imágenes que presentan las distintas manifestaciones del mundo natural y el mundo histórico; la conquista y la resistencia en perfecta simbiosis natural, instrumentos con los que el poeta chileno penetraría en la realidad profunda de este pueblo confirmada por la historiografía y la antropología.