Imposible como resulta ofrecer un panorama completo de la mejor narrativa española del año, todavía más complejo es el de la narrativa latinoamericana, por la cantidad, la calidad y la diversidad y por la ignorancia de la crítica española, fruto tanto de la inercia como de la soberbia, como si nos bastase la innegable vitalidad (que con demasiada frecuencia se confunde con la calidad) de la narrativa española.
Inevitable celebrar la publicación de la novela inédita de Guillermo Cabrera Infante (Gíbara, 1929-Londres 2005) La ninfa inconstante (Círculo de Lectores/Galaxia Gutenberg), con la que completa la trilogía iniciada con lo que son ya dos clásicos de la literatura latinoamericana, Tres Tristes Tigres y La Habana para un infante difunto. Regresamos así a la Cuba de Fulgencio Batista, a las aventuras y fracasos amorosos («nos encontramos para perdernos»), a los paseos por La Habana, al cine, al bolero, a los amigos, a la imaginación verbal y a un continuo sentimiento de felicidad perdida.
Jorge Edwards (Santiago de Chile, 1931), en La Casa de Dostoievski (Planeta) regresa con renovada vitalidad a un Chile que nos es familiar, centrado ahora en la figura de un excéntrico poeta. Leyenda que no puede ocultar la ruina y la derrota, crónica y parodia de una época que se mueve entre Santiago y La Habana, es una novela divertida, accidentada y con situaciones conmovedoras. Una escritura inmediata que contrasta con la complejidad de Mario Levrero (Montevideo 1940-2004). Su inédita La novela luminosa (Mondadori) es inabarcable, voluntariamente irregular, tan llena de defectos como de virtudes, de iluminaciones como de reiteraciones, esencialmente fragmentaria, con una unidad que se nos escapa de las manos. La voluntad autobiográfica es obvia: su vida, su escritura, sus sueños, una mente atormentada, un carácter minuciosamente obsesivo, una voluntad destrozada por las adicciones. Novela dentro de una novela que no llega a serlo, inteligente, llena de situaciones tan absurdas como divertidas, ejercicio de sensibilidad e inteligencia que nos sumerge en un rompecabezas de infinitas piezas, en un laberinto onírico y en la luminosidad del caos.
Como Rodrigo Rey Rosa, Horacio Castellanos Moya (Honduras, 1957) se ha ido afirmando como uno de los valores más sólidos de la novela centroamericana. Tirana memoria (Tusquets) representa otro triunfo del dominio del relato. La novela se desarrolla como un contrapunto que muestra dos aspectos de una misma situación: la historia de dos fugitivos -la parte más ágil del relato, dominada por los diálogos, con escenas de tensión y otras abiertamente divertidas- y el retrato de una familia durante los últimos meses de la dictadura del general Maximiliano Hernández Martínez, escrito en forma de diario por doña Haydée. La novedad del relato es que los protagonistas son personas de la alta burguesía sin una ideología concreta, esencialmente religiosas y conservadoras, pero defensoras de los principios democráticos. De este modo, la novela evita el panfletarismo y se interesa tanto por el testimonio político como por el retrato de una clase social. Una tercera parte, el diario de Mingo escrito veinte años más tarde, subraya la dignidad humana frente a la falta de valores éticos de las clases dirigentes.
En Casi nunca (Anagrama), XXX Premio Herralde, se unen las dos vertientes de la escritura de Daniel Sada (Mexicali, México, 1953): la del cronista de los pueblos del desierto mexicano, con una prosa densa, de naturaleza poética, y la del inventor de situaciones melodramáticas, dominadas por la parodia, en torno a una historia amorosa. Los continuos desplazamientos y la variedad de las situaciones producen una extraña sensación de vitalidad que contrasta con una sociedad adormecida por el retraso, el aislamiento y el convencionalismo.
Con El mar de todos los muertos (Lumen), Javier Argüello (nacido en Chile en 1972, crecido en Buenos Aires y residente en Barcelona) regresa a los principios de la narración pura, con una novela de aventuras, fantasmagórica, misteriosa pero que tiene mucho de metaliteratura -el mar de Conrad y de Melville, el mundo de los muertos de Juan Rulfo- y de metaficción, con el pirandelliano enfrentamiento entre el escritor y sus personajes. Tal vez la carga de irrealidad y el efectismo resultan a veces excesivos, pero el relato no pierde en ningún momento su poderosa fuerza de atracción y de originalidad.
En los ocho relatos que integran Los amantes de Todos los Santos (Alfaguara), Juan Gabriel Vásquez (Bogotá, 1973), apoyándose en una cita de Tobias Wolff («un libro de relatos deber ser como una novela en la que los personajes se conocieran entre sí»), crea un hilo conductor que se apoya en maestros del género como Chejov, Kafka, Joyce o Raymond Carver y en un paisaje común, las Ardenas, en Bélgica, donde el autor pasó un año, para sumergirnos, también aquí, en la extrañeza, la soledad, los desencuentros amorosos, la vulnerabilidad, el miedo al abandono o el miedo compartido a estar solos. La sencillez expresiva y la contención de los sentimientos hacen más punzante la intensidad del fracaso.
Si en Vásquez es el distanciamiento sentimental el que intensifica la desolación, en Pétalos y otras historias incómodas (Anagrama), de Guadalupe Nettel (Ciudad de México, 1973), lo es la extrema delicadeza. Los escenarios son aquí muy variados, pero más que para ambientar sirven para intensificar la sensación de desazón, de extrañeza y de ausencia, de algo etéreo que nos seduce y se nos escapa de las manos, para sentirnos atraídos por una malsana o malherida «voluptuosidad desquiciante». No podría haber mejor broche para este tortuoso recorrido de la narrativa en lengua castellana de un 2008 que ha dejado tantas puertas abiertas.